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Yo no sé ustedes, pero desde que era niño algo no me cuadraba en las historias de la Biblia. Había pasajes que parecían extraídos de relatos de ciencia ficción: carros de fuego, voces en las montañas, dioses que caminaban entre los hombres, que comían, que bebían, que se enojaban, casi como nosotros o como algo muy parecido a nosotros, pero no humanos.
Fue entonces cuando descubrí el trabajo de Mauro Viglino y lo que encontré me cambió para siempre. Viglino no es un teólogo convencional; fue traductor oficial del Vaticano, experto en hebreo antiguo, griego y arameo, un erudito, pero también un hereje para muchos, porque él afirma con convicción que la Biblia no habla de Dios. La Biblia fue manipulada, reinterpretada, adaptada para servir a intereses teológicos y de control. Pero si la lees tal cual fue escrita, sin filtros, sin dogmas, la historia que cuenta es otra. Una historia de seres llamados Elohim, de un comandante llamado Yahvé, de una humanidad intervenida, guiada, manipulada.
Hoy, en Narraciones Extraordinarias, te contaré esa historia. Desde el principio, desde antes del Edén, dicen que hay secretos que duermen entre las páginas de los libros más sagrados y que algunos ojos, al leerlos, ya no pueden volver a cerrarse.
Esta es la historia de Mauro Viglino, un nombre que para muchos sigue siendo desconocido, pero que para otros representa uno de los episodios más incómodos en la relación entre la Iglesia Católica y los misterios ocultos en su propio legado. Mauro Viglino es italiano, un hombre serio, meticuloso, estudioso del hebreo bíblico. Durante años trabajó como traductor profesional especializado en textos antiguos. No era un rebelde ni un conspiranoico, era simplemente un lingüista, un experto que un día recibió una oferta que cambiaría su vida para siempre.
A finales de los años 90 fue contratado por Ediciones San Paolo, una de las editoriales religiosas más importantes de Italia que trabaja directamente con el Vaticano. Su labor: traducir, palabra por palabra, fragmentos del Antiguo Testamento, directamente del hebreo masorético, el texto original, al italiano moderno. Pero lo curioso no es que lo contrataran, lo curioso es por qué lo despidieron.
Biglino cumplía con lo que le pedían, no interpretaba, no opinaba, solo traducía. Pero muy pronto empezó a notar que el texto original no decía lo que por siglos se había enseñado en los púlpitos. Había expresiones, palabras y referencias que simplemente no cuadraban con la versión teológica tradicional. Y entonces cometió su pecado: empezó a hablar, primero con colegas, luego en conferencias. Más adelante se atrevió a publicar sus propias observaciones.
No afirmaba haber descubierto la verdad absoluta, pero sí decía algo peligroso: "Yo traduzco lo que dice el texto, nada más. Si eso contradice lo que nos enseñaron, no es culpa mía". Al principio, desde Roma solo levantaron las cejas, pero cuando sus ideas empezaron a circular en medios alternativos, cuando sus libros comenzaron a venderse entre jóvenes curiosos, investigadores y buscadores de respuestas, la incomodidad se transformó en decisión.
Mauro Viglino fue despedido sin escándalos, sin titulares, simplemente dejaron de contar con él. El contrato se disolvió como se disuelven los problemas molestos: en silencio. Pero para Mauro, la verdadera traducción ya no era solo del hebreo al italiano, era del dogma a la duda, del silencio a la palabra. Desde entonces ha seguido publicando por su cuenta, fuera de los márgenes de la iglesia, atrayendo tanto seguidores como detractores. Y aunque no fue excomulgado ni perseguido, porque oficialmente nunca dijo nada herético, en los pasillos de Roma se aprendió a evitar su nombre, como si nombrarlo fuera darle poder, como si admitir su trabajo fuera abrir una puerta que nadie quiere que se abra del todo.
¿Y tú te has preguntado alguna vez qué diría la Biblia si pudiéramos leerla sin filtros? Me pregunté, como quizá tú ahora: ¿Quién es este hombre para desafiar siglos de interpretación? Pero cuando escuché sus argumentos, no pude evitar dudar.
Biglino sostiene que el Antiguo Testamento no fue escrito para hablar de Dios, sino para narrar la relación entre un grupo de personas, el pueblo de Israel, y su líder, un ser físico de carne y hueso llamado Yahvé, y los Elohim, plural, seres, entidades, no un solo Dios, sino varios. El término Elohim en hebreo es plural, literalmente significa "los poderosos" o "los que vinieron del cielo". Pero la teología lo convirtió en singular. ¿Por qué? Porque no encajaba con la idea de un único Dios.
Biglino invita a leer la Biblia sin interpretaciones, como si todo lo que allí se narra fuera cierto, literal, un relato histórico, no alegórico. En Deuteronomio 32, por ejemplo, se describe cómo Elion, el Altísimo, reparte la tierra entre los hijos de los Elohim. A Yahvé le asigna un territorio, Israel y otros lugares; a otros Elohim: Chemosh, Milcom, Dagón, Astarte, dioses o comandantes regionales. Es en el Salmo 82 donde se muestra una escena insólita: Yahvé de pie, rodeado de otros Elohim en Asamblea Divina, no uno, varios, como si de un consejo interplanetario se tratara. Y entonces surgen preguntas: si Yahvé es el único Dios, ¿con quién habla en esa asamblea? ¿Por qué hay otros? Biglino responde: porque Yahvé no es el Dios creador, es uno más, uno entre muchos, un Elohim local.
El relato del Génesis también cambia radicalmente bajo esta óptica. En la traducción literal, "Bereshid Elohim" no significa "en el principio creó Dios", sino "en el principio de esta historia, los Elohim". No hay creación ex nihilo, no hay universo de la nada. Según Biglino, los Elohim habrían intervenido en nuestro planeta, no para crearnos, sino para modificarnos, como los dioses sumerios, como los Anunaki, como los Devas, los Æsir o los Viracocha. Y el Edén, un recinto cerrado, un laboratorio, un lugar donde se experimentó con la genética. Adán no fue creado, sino tomado, modificado, trabajaba, cuidaba, obedecía. Luego, Eva fue generada de su costado, tal vez una referencia a clonación o manipulación genética. Y el símbolo de la alianza, la circuncisión: ¿por qué una marca física en el cuerpo si el vínculo fuera espiritual?
El "cabot" de Yahvé, ese resplandor o gloria, no sería una luz mística, sino una máquina, un artefacto con poder destructivo. En Éxodo, Moisés pide ver el "cabot" y se le advierte que podría morir si lo mira directamente. Cuando baja del monte, su rostro está quemado: ¿radiactividad, energía, un vehículo de los Elohim? La historia de Sodoma y Gomorra también cobra matiz. Yahvé necesita verificar personalmente cuántos justos hay en la ciudad. Si fuera omnisciente, ¿por qué no lo sabe ya? Viglino sugiere: porque Yahvé no es omnisciente, necesita ver, tocar, comprobar. Y cuando destruye las ciudades, lo hace con fuego, humo, explosiones, como armas, como una advertencia.
Pero claro, estas ideas no se aceptan fácilmente. Las críticas no se hicieron esperar. Teólogos lo tildaron de irresponsable. Científicos lo acusan de falta de método. Historiadores señalan que no hay pruebas de visitas extraterrestres. Otros lo comparan con teorías como las de los raelianos.
Y sin embargo, ahí están los textos, los pasajes, las traducciones, y también está el misterio. ¿Por qué todos los pueblos antiguos hablan de visitantes de las estrellas? ¿Por qué comparten mitos de dioses que bajaron del cielo, que enseñaron, que modificaron, que se fueron? ¿Y si la Biblia fuera uno más de esos libros? ¿Y si Yahvé fuera un viajero, un ser de otro lugar, que tomó un grupo de humanos y los condujo a su manera hacia una misión?
Biglino no dice que todo esto sea cierto. Dice: "Leamos sin filtros. Leamos como si fuera verdad, como si todo fuera literal. Y veamos qué historia nos cuenta la Biblia". Una historia de encuentros, una historia de manipulaciones, una historia de guerra, de control, de pactos, pero también una historia humana, muy humana. Porque esos seres, los Elohim, se parecen demasiado a nosotros: se cansan, se equivocan, se enfadan, comen, aman y mueren. ¿Son dioses o son nuestros ancestros?
Desde aquella primera lectura no he vuelto a mirar la Biblia igual. Ya no veo un texto sagrado, sino un registro antiguo, un eco de algo que ocurrió o que quisimos registrar de la forma más cercana que conocíamos, con símbolos, con metáforas, con temores. Quizás la historia de la humanidad no sea como nos la contaron. Quizás fuimos visitados, quizás fuimos creados, o quizás solo queremos creerlo porque nos hace sentir menos solos en este universo inmenso.
Sea como sea, lo que Mauro Viglino plantea no es solo una interpretación, es una provocación, un llamado a la duda, a la investigación. ¿Y tú te atreves a volver a leer la Biblia con otros ojos?
Esto fue Narraciones Extraordinarias. Gracias por escuchar. Hasta la próxima historia.