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TEMA 11 - La Guerra Civil (1936-1939)

Maraldi21:50

Transcription

La rebelión militar que el general Mola lleva meses preparando estalla el 17 de julio en Melilla. El 18 de julio, Franco, frente a su guarnición, tras dejar el control de Las Palmas en manos de los insurrectos, vuela hacia Tetuán en el Dragon Rapide para ponerse al mando de las tropas de Marruecos. Franco ha sido uno de los últimos generales en sumarse al golpe en la Península. La primera ciudad en caer en manos de los sublevados es Sevilla; luego van cayendo, una tras otra, las capitales andaluzas.

La noticia del éxito de la sublevación en varias provincias llega a Madrid en la tarde del 18 de julio. La alarma se instala en la población. Los sindicatos obreros exigen al gobierno el reparto de armas; el gobierno acaba cediendo. Examinar la situación creada por el alzamiento del ejército marroquí. Como protesta por la actitud falaz de los rojos del ejército rebelde, las organizaciones sindicales obreras CNT y UGT han declarado la huelga general en toda la Península; que han ofrecido sus contingentes de afiliados para salvaguardar la paz interior. En los sindicatos y centros oficiales se reparte armamento a los frentes populistas, quienes de momento mantienen a raya, con su valor, a los traidores a la República. ¡Viva la República! ¡Viva! ¡Viva la República!

En Barcelona, los miembros del sindicato anarquista CNT, muy fuerte en Cataluña, que llevan tiempo preparándose para hacer frente a una posible sublevación derechista, se echan a la calle el día 19 de julio y consiguen reducir a los golpistas. En Madrid, miles de obreros recién armados asaltan el Alcázar; los asaltantes consiguen la victoria después de una matanza. En Pamplona, el general Mola se ha sublevado con éxito y con el entusiástico apoyo de los carlistas, que se suman en masa al levantamiento. También caen las Palmas. Cades de Sjo. Estar. Los golpistas pierden a su jefe. Pasados los primeros días, los sublevados controlan solo la tercera parte del país. Madrid y las ciudades industriales de España se han opuesto al levantamiento. El golpe, por tanto, ha fracasado. Los generales Mola y Franco comprenden entonces que solo por medio de una larga guerra de conquista podrán alcanzar la victoria. La guerra civil ha comenzado. España queda rota entre dos extremismos políticos; en una parte del país estalla la revolución, en la otra la contrarrevolución; no hay terrenos intermedios.

En la zona republicana, el gobierno pierde la autoridad y el poder, que pasan a manos de las organizaciones obreras a través de los comités populares. Hacer la Revolución y ganar la guerra son sus dos objetivos. El ejército, que ha quedado desmantelado tras la sublevación, es sustituido por milicias populares de sindicatos y partidos. Este es el ejército popular que va a luchar contra los militares sublevados. En la zona rebelde, los generales constituyen una junta de defensa que asume todos los poderes. El 1 de octubre, la junta militar elige al general Franco jefe supremo del ejército y del gobierno; pasa a ser el Generalísimo. Los sublevados restauran inmediatamente el culto católico en las zonas bajo su dominio. La Iglesia recupera la posición de poder que la República le había arrebatado. Los obispos agradecidos redactan una carta colectiva dirigida a los católicos de todo el mundo, otorgando a la contienda un carácter religioso. La guerra civil se convierte en Cruzada. La protección de la religión católica amenazada es uno de los grandes argumentos utilizados por los rebeldes para legitimar ante el mundo el alzamiento militar y la guerra. En la zona republicana ocurre lo contrario; iglesia católica. Ese país Vasco, donde poco después de empezada la guerra, las Cortes han concedido el estatuto de autonomía al País Vasco y se ha constituido un gobierno de nacionalistas y republicanos; allí la iglesia y sus representantes son plenamente respetados por el gobierno presidido por el nacionalista José Antonio Aguirre.

Durante los primeros meses de la guerra, el ejercicio masivo del terror se impone en los dos bandos. Es entonces cuando se hace trágicamente famosa la modalidad del paseo, por el que se saca a las víctimas de sus casas durante la noche y, tras ser paseados en camiones hasta las afueras de pueblos y ciudades, son finalmente asesinados. Unos 150.000 españoles son asesinados a lo largo de la guerra en ambas retaguardias. En la zona republicana, los comités revolucionarios inician una represión feroz e incontrolada contra sus enemigos políticos, los llamados fascistas; miles de ellos son detenidos y, en la mayor parte de los casos, fusilados. La represión es especialmente dura con la Iglesia, que sufre la persecución más sangrienta de su historia. En la zona sublevada, el terror se ejerce con idéntica contundencia; con una diferencia: es un terror controlado por las autoridades militares. Los frentes populistas, llamados rojos, son detenidos, juzgados sumariamente y fusilados. Además, y al margen del control cerreo que los militares ejercen en la zona franquista, existe un terror extraoficial que practican los grupos de extrema derecha; como en el otro bando, los falangistas dan el paseo durante la noche a miles de sospechosos de ser rojos. El poeta Federico García Lorca es una de sus víctimas; es fusilado en Granada al comienzo de la guerra.

Desde el primer momento de los enfrentamientos se hace evidente la importancia de la ayuda militar exterior para poder ganar la guerra. Hitler y Mussolini son los dos grandes proveedores de material de guerra a los sublevados. Italia colabora además con 40.000 hombres. La República sufre, desde el primer momento, serios problemas para adquirir material de guerra. Francia e Inglaterra deciden no suministrar armamento a ninguno de los dos bandos combatientes. La política de no intervención que siguen los gobiernos de París y de Londres es un intento de impedir que la Guerra Civil Española se convierta en el detonador de un conflicto a escala mundial; eso perjudica seriamente al gobierno republicano. En el otoño del 36, el líder comunista Stalin decide abandonar su política de neutralidad y acude en ayuda de los republicanos. A lo largo de toda la guerra, la República no va a recibir otra ayuda exterior importante que la que recibe de Rusia. La Internacional Comunista, que también apoya a la República, envía a su vez a las Brigadas Internacionales. Alrededor de 60.000 voluntarios, en su mayoría comunistas procedentes de 60 países, llegan a España para combatir en las filas republicanas. La guerra civil se convierte en una guerra de desgaste que dura tres largos años. Los republicanos, lastrados por sus profundas divisiones, por todos los medios de resistir, no abandonan la esperanza de que si en Europa estalla la guerra contra el fascismo, los gobiernos democráticos acudan por fin en ayuda de la República. Por su parte, Franco, que parece no tener prisa en acabar la guerra, lo que busca es aniquilar a la República y a sus seguidores hasta eliminar para siempre su influencia en España. Desno providencial, como en otras épocas, derrama ahora su sangre en defensa de la civilización; el mundo, en un mañana próximo, comprenderá la magnitud del sacrificio y entonará cánticos de agradecimiento.

Después de casi 3 años de guerra, el avance lento y metódico del ejército franquista se demuestra imparable. Poco a poco, tras duras batallas, se hace con la totalidad del país. El 27 de marzo de 1939, la República abandona definitivamente el campo de batalla. Parte oficial de ter en el día de hoy: cautivo y desarmado, el ejército rojo. Han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Final de estos años de guerra civil extendido por el país hasta límites insospechados; la herida de la guerra permanecerá abierta durante varias generaciones en el corazón de los españoles.

A mediados de julio de 1936, España está dividida en dos zonas tras la sublevación de parte del ejército contra el gobierno republicano. Fracasadas las negociaciones entre ambos bandos, comienza la guerra civil. El primer paso es el traslado a la Península de un fuerte contingente militar al mando de Franco. Más tarde, columnas de sublevados marcharon desde Sevilla hacia Badajoz, buscando enlazar con los rebeldes de Cáceres. El 11 de agosto, las tropas franquistas entran en Mérida, mientras que en el norte las de Mola toman Tolosa. El 14 de agosto, Yahvé toma Badajoz, mientras en Cataluña las columnas anarquistas de Durruti se dirigen hacia Aragón. La ofensiva republicana en Andalucía, comenzada el 29 de julio, se da por fracasada el 20 de agosto ante la imposibilidad de tomar Córdoba. Igualmente resultan fallidos los intentos de recuperar las Baleares. El 3 de septiembre, las tropas sublevadas toman Talavera y avanzan hacia Madrid. Dos días más tarde, Mola ocupa Irún, y el día 28 Varela entra en Toledo. En octubre, Madrid es bombardeada por la aviación. El 7 de noviembre, los sublevados al mando de Varela fracasan en su intento de tomar la capital, pese a lo cual el gobierno republicano decide trasladarse a Valencia.

El 14 de enero de 1937 comienza la ofensiva rebelde sobre Málaga, que caerá el 8 de febrero. En el centro, las tropas franquistas intentan estrangular Madrid, produciéndose las batallas del Jarama y Guadalajara; en esta última, el contraataque republicano obligó a las tropas franquistas a retirarse. El 31 de marzo de 1937, Mola inicia la ofensiva en el País Vasco con fuertes bombardeos aéreos que, el 26 de abril, arrasarán Guernica. El 19 de junio, Dávila, sustituto del fallecido Mola, toma Bilbao. Entre el 6 y el 24 de julio, una ofensiva republicana para romper el cerco de Madrid da inicio a la batalla de Brunete. Hacia el 13 de julio se detuvo el empuje republicano, dando lugar al contraataque de las tropas franquistas de Varela. El 24 de agosto de 1937 comienza la ofensiva republicana en Belchite para distraer el ataque franquista que se estaba produciendo en Santander; pese a ello, el 21 de octubre las tropas sublevadas toman Gijón y, hábiles, desapareciendo el frente Norte. El 15 de diciembre, los republicanos atacan Teruel, que cae el 7 de enero de 1938, que se pierde el 22 de febrero. El 10 de marzo, los sublevados atacan en el frente de Aragón, reconquistando Belchite. Ocho días más tarde, Barcelona comienza a ser bombardeada; la ofensiva franquista ya parece imparable. El 3 de abril cae Lérida, y el 14 llegan al Mediterráneo, rompiendo en dos el territorio republicano.

El 25 de julio de 1938, los republicanos lanzan una ofensiva en el Ebro; también en Extremadura en agosto, para cortar la penetración de Queipo de Llano sobre Almadén. En el frente del Ebro, agotada el 1 de agosto la ofensiva republicana, Yahvé inicia la respuesta franquista, que obliga a los republicanos a replegarse. A finales de 1938 comienza la ofensiva sublevada sobre Cataluña. Paralelamente, en enero del 39, los republicanos atacan en Extremadura, pero serán neutralizados a comienzos de febrero. En Cataluña, el día cae Barcelona, siendo ocupada toda la región. El bando republicano se descompone a marchas forzadas. Azaña, en Francia, renuncia a la presidencia de la República, mientras que en marzo se subleva la guarnición de Cartagena. El 28 de ese mes cae Madrid. Entre el 29 y el 1 de abril se desploman los últimos reductos republicanos, principalmente Alicante y Valencia. La guerra civil ha terminado. En vez de reagruparse, los republicanos se desgarran. En mayo estallan motines en Barcelona; los anarcosindicalistas y los revolucionarios antiestalinistas del POUM, uno de cuyos consejeros por entonces se llama Willy Brandt, abren fuego contra los comunistas, contra los republicanos moderados que intentan devolver el poder al gobierno central. Los comunistas son los que resultan vencedores de la pugna de intereses. José Díaz, La Pasionaria, Santiago Carrillo; el Partido Comunista Español se ha vuelto indispensable para la República. Será un gran burgués, pero que cuenta con su confianza, Juan Negrín, quien se convierta en nuevo jefe de gobierno.

En abril de 1937 se da un paso decisivo para la configuración del Estado franquista. Fracasados los planes de conseguir una rápida victoria militar, el Generalísimo aborda una decisión de gran trascendencia: suprime todos los partidos y organizaciones políticas que aún existían en la zona y unifica la Comunión Tradicionalista y la Falange, así como sus milicias. Culmina de esta forma un proceso de concentración progresiva del poder en la persona de Franco. El lema: "Una patria, un estado, un Caudillo", de claras resonancias nazis, lo resume gráficamente. El nuevo estado requiere una organización y cuadros idóneos para administrarlo. Hombre clave de este proceso es Ramón Serrano Súñer, que llega a Salamanca en febrero de 1937, huido de la zona republicana. Abogado del Estado, vicepresidente de la minoría parlamentaria de la CEDA en las Cortes del Frente Popular, cuñado de Franco, amigo de José Antonio Primo de Rivera y buen conocedor de las doctrinas e instituciones fascistas, da forma jurídica a las decisiones de crear una organización que unifique todas las fuerzas adheridas al alzamiento. La unificación es una necesidad sentida desde los primeros meses de la guerra, no solo por razones de eficacia, sino también por la aversión de los militares sublevados hacia los partidos políticos. Sin embargo, dirigentes carlistas de Renovación Española, de la CEDA e incluso algún prohombre de la Lliga Catalana participan de la misma idea antes de la unificación. Franco ya ha dictado disposiciones de carácter simbólico: el 27 de febrero de 1937 establece como himno nacional la antigua Marcha Real. Al mismo tiempo declara cantos nacionales el Cara al sol de Falange y el Oriamendi de la Comunión Tradicionalista y el himno de la Legión. La organización del nuevo estado es incompatible con la competencia de partidos y organizaciones políticas. Lo que se crea, según reza el decreto, es un enlace entre el Estado y la sociedad. Esta entidad se llama, de momento, afirma el texto, Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas. A sus militantes se les considera exponentes auténticos del espíritu del alzamiento nacional. La organización queda sometida a la autoridad suprema del Jefe del Estado, que nombra a los miembros de sus dos órganos de dirección: el Consejo Nacional y la Junta Política. De esta manera, Franco, que ya es Generalísimo de los ejércitos de tierra, mar y aire, jefe del gobierno y del Estado, lo es también del partido único. En su uniforme figuran la camisa azul con el emblema del yugo y las flechas de la Falange, así como la boina roja de los carlistas. Aunque a las milicias combatientes se les permita mantener sus distintivos tradicionales.