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Hermanos, como la Cuaresma es un tiempo de purificación, pues hoy vamos a hablar sobre el daño que causa un pecado, del cual necesitamos desprendernos, creo que todos. Vamos a hablar de la arrogancia y de los daños que trae.
Porque es que el evangelio de hoy, tomado del capítulo séptimo, nos muestra un episodio de auténtica arrogancia de aquellos que se creían puros, eh, justos, eh, obedientes a la ley; es decir, de aquellos de los que Cristo dijo: "No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos." Pues esta es la gente que se creía sana y que por eso se había llenado de arrogancia. Pero la arrogancia trae grandes daños y de eso tenemos que hablar.
El primer punto es la imposición del propio criterio y, por lo tanto, la incapacidad de escuchar. ¿Cómo vas a crecer en la verdad? ¿Cómo vas a encontrar la sabiduría si no es escuchando? Pero el arrogante no sabe escuchar. El arrogante no se abre a otro argumento ni a otra, ni a otra posibilidad que no sea lo que ya ha contemplado. De uno de los antiguos herejes del tiempo pasado, por allá de comienzos del siglo Vto, un hombre llamado Nestorio. De uno de esos herejes decía un escritor, un biógrafo contemporáneo suyo, decía: "Es que Nestorio solo leía los libros que él mismo escribía." Eso es lo que causa la arrogancia. Es como una prisión, como una jaula para tu cabeza. Y ojalá fuera para tu cabeza, es una jaula para tu mente que impide que aprendas, que impide que escuches. ¿Estás tan demasiado seguro de lo tuyo que no crees que tengas nada que aprender?
¿Cuál es el remedio? Lo hemos mencionado muchas veces. El remedio se sintetiza en esta frase: ¿en qué tiene razón el que no piensa como yo? Así que el primer daño que trae la arrogancia es una especie de sordera voluntaria que mete a tu mente en una prisión.
Segundo daño, la arrogancia llevó a estos hombres, los del tiempo de Cristo, los llevó a despreciar a la gente humilde. Fíjate qué expresión tan absolutamente falta de toda caridad. "Esos que no conocen la ley..." Completa tú la frase. ¿Qué habría que decir de aquellos que no conocen la ley? Esos que no conocen la ley, lo que habría que decir es: son unos necesitados. Hay que hacer algo por ellos. A ver cómo podemos servirles. Pero, ¿sabes cómo termina la frase que dicen los arrogantes en el evangelio de hoy? "Esos que no conocen la ley son unos malditos." Es decir, la arrogancia priva de la caridad. La arrogancia crea un muro, porque en el fondo el arrogante quiere ser distinto y necesita que los otros estén bien abajo con la pretensión, con la idea triste de que eso le va a ayudar a subir a él. Error terrible. Esa falta de caridad, esa falta de empatía, esa falta de compasión, ¿a dónde puede llevar esa dureza? ¿A dónde puede conducir? ¿Será que Dios puede estar de acuerdo con semejante dureza? Por eso, apartándose del amor al prójimo, indudablemente se apartan del amor a Dios.
El tercer daño que trae la arrogancia es el imperio de los prejuicios. Cuando Nicodemo, el que había hablado con Cristo y que tenía ciertamente ya unos cuestionamientos y quería hacer las cosas bien, cuando Nicodemo les dice: "Oye, pero es que nuestra ley va a permitir que condenemos a alguien sin escucharlo." Mira lo que le responden a Nicodemo: "¿Qué? ¿Tú también estás engañado? Estudia." Claro, porque ellos son los estudiosos, ellos son los que creen que tienen la llave del saber. "Estudia y oye la frase: 'Y verás que de Galilea no salen profetas'." O sea, ya ellos sabían no solamente que no había habido profetas de Galilea, sino que no podía haber profetas de Galilea. Si tú miras el Antiguo Testamento, te das cuenta que en efecto ningún profeta vino de Galilea, de la región que corresponde a Galilea, que es el norte de la Tierra Santa. En eso tenían razón. No tenían razón en que ellos creían que Jesús era galileo. Jesús en realidad había nacido en Belén de Judá. Pero lo que yo quiero destacar aquí es que estaban tan absolutamente convencidos de su conocimiento que decían: "De Galilea no vienen profetas." Repito, no es solo que no han venido, sino que no pueden venir. O sea, ellos creen que su manera de pensar ya es norma para Dios. O sea, ya Dios no puede mandar profetas que vengan de Galileo, de Galilea. O sea, mira hasta dónde llega esa ceguera.
Esos son los tres grandes daños que trae la arrogancia. Nos vuelve sordos y, por lo tanto, cierra la puerta hacia la sabiduría. Nos vuelve duros y, por eso, cierra la puerta hacia la caridad. Y nos llena de prejuicios y, por eso, cierra la puerta a la comunión y a la fraternidad.
Pero se puede salir de ahí. Claro que sí. Hay que empezar por preguntarse: ¿en qué tiene razón el que no piensa como yo? Luego hay que darse cuenta que la ignorancia o el error del prójimo es precisamente la oportunidad para servirle. Y luego hay que darse cuenta que los prejuicios van exactamente en la dirección opuesta al querer de Dios. Y yo no puedo oponerme a Dios y pretender que soy su discípulo.
Rogamos hoy ser liberados del pecado de la arrogancia. Logremos hoy ser liberados de ese pecado y de todos los que le rodean. Llámalo soberbia, orgullo, vanidad, petulancia, pedantería. Que seamos libres de todo ello, que podamos caminar con humildad tras las huellas de Jesús de Nazaret y que esta Cuaresma traiga un cambio profundo en nuestras vidas. Amén.