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A continuación, tenemos la conferencia a cargo de María Fernanda Heredia. Ella viene del Ecuador. Es escritora, ilustradora y diseñadora gráfica. Ha ganado en cinco ocasiones el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil de su país. En el año 2003, recibió en Colombia el Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma Fundalectura por su novela "Amigo se escribe con h". Y en el 2004, en Estados Unidos, el Premio Beni en honor a Benjamín Franklin por su obra "Por si no te lo he dicho". En el 2012, María Fernanda obtuvo el Premio Mujer del Año en la categoría Literatura, entregado por la revista Hogar en Ecuador.
Entre sus obras tenemos: "Por si no te lo han dicho", "Se busca Papá Noel", "Se busca príncipe azul", "Hola Andrés, soy María otra vez", "Bienvenido Plumas", "El club limonada", "Hay palabras que los peces no entienden", "El puente de la soledad", "Yo nunca digo adiós", "Patas arriba", "300 km con Rebeca", "Cupido es un murciélago", "¿Dónde está mamá?", "La literatura infantil Más allá de emociones".
Recibamos con un fuerte aplauso.
Hola, buenas noches. Al tiempo, mi presentación tiene únicamente 39 páginas. ¡Qué susto! No, no vamos a ser corto. Muchas gracias, Santillana. Gracias a ustedes. Soy, tengo una, una pequeña presentación para contarles quién soy yo y luego vamos a entrar en la ponencia.
Vengo de Quito, Ecuador. Nací el primero de marzo de 1970. Saquen cuentas, 35 años. Mi, mi cédula de identidad dice que soy escritora, escritora feliz, sin duda. Tengo intolerancia a la lactosa e intolerancia a las arañas y no me gustan las fiestas en las que la gente baila haciendo trencito.
Cuando fui niña, fui muy asustadiza. Me gusta, me asustaban los aviones, la oscuridad, los fantasmas, los animales peludos, los animales pelados. Además, fui una niña muy fea. Mi mamá decía que no, porque pues ese es el pap, el papel de las mamás, ¿verdad? Decir que no, que no somos feos. Estaría muy mal que dijeran: "Sí, hija, eres feo". Pero uno tiene espejo en la casa y, y yo fui una niña, una niña muy fea. Y además, fui una niña, niña temerosa, una niña tímida, una niña a la que le quedaba difícil relacionarse con el mundo. Eh, fui una niña enamoradiza. Mi primer amor fue un pecoso que vivía cerca de la casa. No me correspondió el muy canaya. Pero ahí va. Tan tímida era que un día mi papá llegó y me hizo un regalo. Me dio un diario. Él pensaba que a través de ese diario yo podría aprender a relacionarme mejor con el mundo. Me dijo: "Escribe ahí lo más interesante que te pase cada día". E, yo intenté hacer eso que mi papá me, me había dicho. Escribí: "Querido diario, hoy no me pasó nada interesante". Los tímidos tenemos eso, que, que no nos pasa nada, nada divertido. Al día siguiente volví a intentar y puse: "Querido diario, hoy tampoco". Y el tercero, el cuarto y el quinto puse que tampoco, y que tampoco, y que tampoco.
Pero un día, cuando estuve a punto de cerrar ese diario y de olvidarme para siempre de, de eso de escribir, de contar, e, decidí que a ese diario le contaría de un viaje. A los 11 años comencé a hacer un viaje en ese diario, un viaje en el que decidí contar puras mentiras. Ya que tenía una vida tan aburrida, me inventaría otra vida. Me inventaría un personaje que se iba a llamar como yo, María Fernanda Heredia, que tenía 11 años como yo. Ella no era tímida, ella no era fea, era un bombonazo. De hecho, tenía novio guapo. Ya que me lo inventaba, no me lo iba a inventar feo, no. Y inventé ese primer personaje que yo creo que fue el que me salvó, el que me permitió reconciliarme con, con la vida. Y a través del papel, e, encontré que podía contactarme con las emociones, con la alegría, con, con, con el dolor, con el amor, con el odio, con la incertidumbre, con la, a veces, con los deseos de, de venganza y todo eso que le pasa al ser humano como un y corriente, como, como un y corriente.
Soy yo. Puse este "gracias" aquí para que se emocionen y piensen que ahí termina todo, pero no. Gracias por estar aquí. Gracias por, gracias a Santillana, mi editorial, por invitarme. Gracias por, por permitirme compartir, eh, esto que para mí es lo fundamental en mi tarea como escritora. Entender este trabajo maravilloso, más allá de las emociones. Hasta ahí los dibujitos, porque pues en los libros, sí, en la parte bonita tiene dibujitos, pero luego hay un momento en que la palabra tiene que defenderse sola. Y eso es lo que intentaré.
Y les voy a hablar de un viaje inolvidable. Eh, les he dicho que nací en Quito, en la montaña, en medio de los Andes. Y debieron pasar casi 7 años para que mi papá pudiera comprar su primer auto. Fue un Mini Austin del 75. Y en ese Mini Austin nos llevó a las cuatro hijas y a mi mamá a conocer el mar. La emoción era doble porque estábamos inaugurando auto y estábamos inaugurando también, estábamos estrenando ojos. Íbamos a conocer el mar. Recuerdo yo con claridad ese día. Descendimos 2800 metros por una carretera serpentina, llena de peligros y casi sin señalización. De vez en cuando, una cruz con flores nos anunciaba lo que a veces nos anuncian en la vida, ¿no? Que hay otros que no van con la misma suerte que, que la que estamos viendo nosotros, al menos hasta ese momento. Fueron 6 horas de trayecto de embrague y de canciones de Roberto Carlos y de José José, repetidas 10,000 veces en la casetera de ese Mini Austin. Mi papá, eterno adolescente, cantaba que quería tener un millón de amigos y así, más fuerte, poder cantar. Mi mamá, más sensiblera, cantaba que "Amar y querer no es igual, amar es sufrir, querer es gozar". Y tanto duró ese viaje que, bueno, alcancé a dormir y despertar varias veces con distintos paisajes. En 6 horas, en el Ecuador, te recorres eso, desde los Andes hasta, hasta el nivel del mar. Un montón de, de pisos climáticos, una, una topografía totalmente diversa.
Y por fin llegamos. El primer encuentro con el mar me dejó sin palabras. No había música de fondo. Tragué en seco y sentí que tenía tan abiertos los ojos como dos platos voladores. Estaba aterrorizada, estaba feliz, con ganas de acercarme a toda carrera, que es lo usual, lo que nos suele ocurrir a los niños. En ese momento, sin embargo, yo creo que en ese instante, cuando vi por primera, por primera vez el mar, nació la emoción, nació el amor y nació el miedo, nació la curiosidad y nació el respeto, nació la fascinación y el susto. Recuerdo la sensación de poder que experimenté y también la sensación de pequeñez. Sensación de "todo esto para mí solita" y, al mismo tiempo, la sensación de "esto me podría devorar de un bocado". Fui hasta la espuma, toda carrera, llegué a la orilla y cuando toqué con el pie el agua, grité: "¡Está fría!". Y mi mamá me dijo: "Entonces no te metas". Y yo dije: "Mejor si me meto, nomás, y me aguanto el frío". Entonces, yo creo que también ahí descubrí es, esa sensación que seguía repitiendo varias veces en mi vida: tocar eso que, que provoca en un primer momento una conmoción, pero que luego nos gusta y que no, no queremos salir de ahí. Mi mamá se dio cuenta de que había nacido ese flechazo, un primer amor. El primer contacto con el mar fue como otros flechazos que me, me acompañaban en la vida. Ninguna advertencia te detiene cuando, cuando, cuando sientes ese flechazo. No hay un manual, o no debería haberlo, que nos explique las emociones que se experimentan la primera vez que vemos el mar, o la primera vez que vemos la nieve, o la primera vez que subimos a un avión, o la primera vez que nos enamoramos. No hay un manual, o prefiero decirlo, no debería haber un manual. El descubrimiento de la emoción es un camino que nos corresponde a cada uno de nosotros, a cada ser humano, y es una tarea absolutamente individual. Debería hacerlo y por eso es tan extraordinario sentir, enamorarse, odiar, sentirnos capaces de, de los extremos. Sentimos que a partir de lo que experimentamos en la piel, en el alma, somos capaces de entender que el otro también siente. Nos emocionamos y eso nos da pautas de que también el otro puede sentir cosas. El otro es susceptible de emocionarse. Un pisotón me duele. Eso me hace suponer que si le doy un pisotón a otro, él también va a sentir dolor. A partir de las emociones y las sensaciones, de alguna manera aprendemos a relacionarnos con el mundo. Y eso ocurre incluso antes de que llegue el lenguaje, cuando aún no hemos aprendido a hablar ni tenemos experiencia de, de vida. Las emociones comienzan a darnos claves que son fundamentales, eh, y que no vamos a olvidar jamás. Por ejemplo, un niño, antes de saber hablar, sabe interpretar un abrazo de su madre. Sabe lo que ese abrazo significa. Sabe que es calidez, seguridad, es amor. Eso lo tiene con una certeza natural. No necesita una explicación. Ese abrazo se traduce solo, lo traduce solo él.
Cada uno de nosotros tenemos una caja imaginaria donde guardamos nuestras emociones más memorables, las que nos rehusamos a olvidar porque son las que nos definen. Es como un álbum fotográfico donde cada uno conserva momentos que ha elegido congelar en el tiempo. Todos tenemos esa caja. Es personal, es íntima, no debería estar marcada por, por la mano de otro. Es esa caja, es nuestro propio universo, eh, y la tenemos ahí para cuando, a lo largo de la vida, se hace necesario abrir y sacar esa emoción, ese recuerdo, esa imagen que nos va a salvar de seguro. Si ustedes tienen en sus casas, eh, un álbum fotográfico, como todos tenemos, eh, guardan ahí fotos de cuando eran niños. Esas fotos, en mi caso, suelen hacerme odiar un poquito a mi mamá. No digo, "¿Y esta ropa tan horrible y este peinado, mamá?". Pero al mismo tiempo, esa, esa, esas imágenes y esos recuerdos son los que te devuelven a un lugar de, de un profundo amor. El álbum fotográfico es una, es un, es un salvavidas emocional. Creo que ahí no solo están los buenos momentos, están las promesas, las que hemos cumplido, las que aún tenemos pendientes, está, están momentos que vale la pena regresar, analizarlos, volver a, a ponerlos sobre la mesa, quizá para tratar de entenderlos hoy. Supongo que tienen en ese álbum en su casa una foto en la playa, una foto en la montaña, una foto en los tiempos felices con los abuelos, la foto con los amigos en la adolescencia. Esas fotos donde uno está con copete, sí, con, con los papás, siempre con patillas, unas patillas enormes como de "Brev de la Independencia", en fin. También hay fotos de la boda. Cada uno elige si ese es un recuerdo feliz o triste. Pero en fin, en esa caja arbitraria que llamamos la memoria, conservamos las emociones que nos sostienen. Las alegrías, las satisfacciones que nos permiten justificar que hemos pasado por aquí, por la vida, y que ha valido la pena pasar por aquí. Y claro, también guardamos lo otro en la memoria. En esa caja que es la memoria, guardamos la ira, la tristeza, el miedo, la decepción. Emociones que también nos configuran.
Ante el revuelo que provocan en el cuerpo y en el alma, las emociones, las palabras, las palabras casi siempre resultan, eh, se quedan pequeñas y resultan, eh, incapaces de, de traducirlo todo. Está hablando una escritora que trabaja todos los días con las palabras y soy consciente de que las palabras no me permiten contar exactamente con la dimensión que una emoción, eh, la podemos vivir cada uno de nosotros. Las palabras no nos ayudan a contar, por ejemplo, con, con total transparencia, precisión y lucidez, una mirada. Podemos utilizar, eh, adjetivos, podemos calificarla, podemos decir que es un cruce de miradas poderoso, electrizante, inolvidable, subyugante, perturbador, apasionado. Sí, y podemos seguir con un diccionario de sinónimos buscando más y más, eh, adjetivos, eh, que nos, que nos permitan acercarnos de alguna manera a eso. Pero, pero la mirada, si les pido a ustedes que piensen en una mirada que les cambió la vida, las palabras se quedan cortas. Esa mirada, siempre, ese recuerdo de esa mirada, siempre va a ser más poderoso.
Yo lo tengo claro. Yo odiaba a los niños, no se lo cuenten a nadie. Y hace 20 años nació mi sobrino. Y mi principal temor fue: "Caray, es el primer niño que nace en mi familia y lo voy a odiar, porque está claro que yo odio a los niños, lo voy a odiar". Y, y cuando lo vi en el, en el hospital, me lo mostraron por la ventanita esta de la, del, de la sala de neonatos, lo vi. Era un niño horrendo. Era, era enorme, rojo, peludo. Era, eh, al lado había uno que estaba mejor. Yo decía: "Que sea el de al lado, que sea el de al lado, pero no el mío, era el feo". Y, y lo vi. Dije: "Efectivamente, no, no siento nada. No siento nada". Entonces, mi cuñado me lo mostraba y yo decía: "Sí, sí, ya le vi, ya le vi". Pero nada, no, no me movía un pelo, nada. Entonces regresé a mi casa con una sensación horrible porque decía: "Pues eso que te, que te lo han repetido tantas veces que es, es parte de ti, sangre de tu sangre, es el hijo, el primer hijo de mi hermana, caray". No pude dormir. Al día siguiente fui a, a visitar a mi hermana, que ya estaba en su casa, y, y en un momento me dejaron sola con el niño. O sea, el niño, esta cosa fea y peluda y roja que era mi sobrino, y estaba dormido. Y decía: "Dios, que no se despierte, que no se despierte, que no se despierte". Y se despertó. Y, y nos miramos. Bueno, no sé, porque luego dicen que los niños los primeros días son como los perros, que no ven nada, qué sé yo. Pero, pero nos vimos. Yo, yo sentí que me miró. Yo lo miré a él y creo que ese día nació el amor más bonito que yo he descubierto hasta hoy. Creo que mi currículum, que cada vez es más breve, cada vez voy recortando más cosas y más cosas, sobre todo lo de la edad, pero mi currículum, si hay algo que me enorgullece es decir que soy, soy tía. Esa mirada me cambió la vida para siempre. 22 o 23 libros después, escribo para niños, yo que decía que los odiaba. Esa mirada nunca voy a poder describirla con, con las palabras suficientes para que yo misma diga: "Pues esto me deja satisfecha, así fue, satisfecha, así fue". No, no existen.
E, ahí precisamente, cuando, cuando las palabras no alcanzan para describirlo todo, yo siento que ahí comenzamos a hablar de literatura. Suena paradójico, pero yo creo que es ahí. Porque el papel de la literatura, lo siento, no como, eh, no como una, una, una tarea de encontrar esas palabras que, que emocionen. No, yo creo que la literatura cumple su papel al crear un camino, ese, ese surco que no nos conduce a encontrarnos con eso que es íntimo y personal nuestro recuerdo y nuestra decisión de, de cómo sentimos, de cómo percibimos las cosas y la vida. El papel de la literatura no es el de describir emoción, sino crear ese surco para que el lector fluya, para que se deje llevar, para que se abalance como una cascada y que esa sensación le permita recordar, acaso, o experimentar eso que en la piel le pertenece solo a él. En la capacidad de vernos reflejados es donde más cobra magia la lectura. En este, en ese segundo en el que sentimos que "esta historia me está hablando a mí, no a otro", "me está sacudiendo a mí", "me está provocando", "me está suscitando". No está diciendo lo que yo no he podido decir. Nada más. Es, es mucho más poderoso. Es que me está dando a mí la capacidad, está poniendo en mí el poder para ser dueña de esa emoción como nadie más.
Pero hay una mujer, una trampa que nos han tenido estos tiempos. Decía hace un momento que el descubrimiento de las emociones es personal y que, y que no hay manuales o no debería haberlos para que nos enseñen cómo sentir. Sin embargo, eh, sin intentar satanizar a ningún, ningún tipo de medio, creo que nos habrá pasado a todos que nos hemos dado cuenta. Si encendemos la tele o la computadora, el internet, una revista, un periódico, lo que sea, la publicidad, la vía pública, lo que encontramos en el entorno urbano más cercano que tenemos. Yo he tomado como ejemplo algo que me ocurrió hace unos meses. La decepción. Algo que es, que es muy habitual. Sientes el televisor, ves un, un noticiero cualquiera. En la pantalla aparece una presentadora a, comentando un caso de, de bullying. Un niño que ha sufrido acoso en la escuela. Da paso al periodista que, el reportaje en el propio, en la propia casa del, de, de la víctima, de quien ha sufrido, de, de acoso en su colegio. La cámara apunta a los padres preocupados, tristes, por supuesto, indignados, y también al niño. Como música de fondo hay unos violines, o a veces puede haber también un poco de piano. Eso ya nos pone la piel de gallina. Cuando nos ponen piano, nos están, nos van a contar una historia de la que esperan lágrimas. E, de hecho, a veces la cámara apunta las lágrimas de los personajes, de esos seres que, que le están pasando mal. "Señora, ¿qué le parece el hostigamiento que ha vivido su hijo?", pregunta ociosa. ¿Qué mamá va a decir que le parece bien? Eh, la madre se larga a responder lo indignada, lo triste, lo preocupada que puede estar. De vez en cuando vemos imágenes del niño, muchas veces ese, ese rostro del niño sin ningún tipo de protección. Luego la pregunta va hacia el niño: "¿Cómo te sentías cuando se burlaban de ti? ¿Qué te decían?". El niño responde tímidamente: "Que le decían, bueno, a mí me decían gordo y otras cosas y me dejaban a un lado", dice. "¿Y tú sufrías? ¿Te sentías mal?". "Aquí". Me detengo. Cambio de canal. De pronto me voy, me voy a otro espacio, al internet o a la calle, y, y lo que encuentro, pues es otra vez algo que está indicando cómo debo sentir o qué es lo que debo sentir. E, debo sentir pena ante esto, debo sentir irritación con respecto a esto otro, debo sentir indiferencia con respecto a esto.
Entonces, me preocupa seriamente que en la sociedad que nos toca vivir, eh, tenemos guías, aparentemente, de cómo, cómo debemos experimentar las, las emociones y qué es lo que nos debe emocionar. Y eso me da que pensar a veces en que no solo nos guían como debemos pensar, sino cómo debemos reaccionar ante una, una provocación de emociones, sino que también nos dicen qué es lo que ya no debe llamarnos la atención, qué es lo que debe pasar por normal, por habitual. Estas cosas pasan, eh, no debería haber un manual, pero a veces creo que, que hay quienes están induciendo, diciéndonos a los adultos y, bueno, nosotros que, por experiencia vital, podríamos tener más capacidad para, para elegir, para seleccionar, para descartar, pero también a los niños, que quizá tienen menos elementos y son mucho más vulnerables. Reality shows, publicidad, donde vemos lo que debe ser la belleza, eh, lo que debe ser el humor. Debemos reírnos cuando alguien hace el ridículo. Entonces vemos muchísimos programas. Yo, eh, hablo por lo que conozco, no por lo que veo más de cerca en, en mi medio más próximo. Si alguien aparece en televisión haciendo el ridículo, alrededor hay gente que tiene que reírse de eso. Y luego nos quejamos del bullying. Hay una, hay una incoherencia enorme en eso. Apago el televisor, me quedo pensando en todos los que continúan encendidos. Cierro los ojos ante la publicidad y sigo pensando en todas las exposiciones impresionantes a las que nuestros niños están, que nuestros niños están viviendo en, en distintos medios. En esta capacidad sorprendente que pueden tener estos, estos medios, los medios de comunicación y de publicidad, para, para convencernos de que existe un manual, un manual que marca o que debería marcar nuestra manera para sentir y para vivir de determinada manera. Es donde yo quiero alguna reflexión en ustedes.
Ustedes tienen una suerte maravillosa. E, a ese sobrino que yo, del que les, del que les he hablado, eh, tuve la oportunidad de estar ahí cuando aprendió a decir sus primeras palabras. Y eso es una, ese es un momento que tampoco olvido porque es, el punto de partida, es el detonante de, de muchas cosas. Y ustedes, como maestras y como maestros, e, tienen la oportunidad de vivir en su trabajo de fomento a la lectura, esa aproximación mágica del niño, del joven, que está descubriendo sus emociones a través de ese surco que son las palabras, que lo van a llevar como una cascada a sentir lo que nadie más siente, lo que solo él puede experimentar en esa historia.
Somos una sociedad que habita entre lo cursi y la anestesia, entre el llanto fácil y el silencio glacial. Niñas con traje de princesita y niñas que están vagando solas por las calles. Intento reivindicar cada día el derecho a recuperar las emociones reales, auténticas, las propias, aquellas que no han sido contaminadas por nadie, por ningún manual. Defiendo el derecho a leer una literatura, una buena literatura, que es el motor para conectarnos con nuestra parte más esencial. La literatura no enseña nada, eso ya lo sabemos, pero es un innegable detonante para entender el mundo desde la experiencia íntima. La literatura infantil es la primera mirada frente a la Inmensidad del mar con el corazón latiendo a mil por hora. Es el flechazo con la vida. Es el escalofrío que nadie nos ha impuesto. Es un escalofrío propio. La literatura es la vía para comenzar a encontrar respuestas y para plantearnos nuevas preguntas propias. Que nadie se pierda ese derecho, que nadie nos quite el derecho, que no quitemos a los niños y a los jóvenes su derecho para esa fascinación íntima. Y como dije al inicio, que nadie nos quite la ilusión de este viaje inolvidable.
E, para terminar, les voy a contar un cuento. Es un cuento que se llama "Por si no te lo he dicho". Eh, lo escribí hace como 10 años, eh, cuando un día que se me acabaron las palabras. Se lo escribí a alguien que yo le decía: "Esto te he dicho que tienes ojos de sapo, te he dicho que hay un monstruo horrible debajo de tu cama, te he dicho que nunca crecerás, te he dicho que los marcianos vendrán por ti, te he dicho que cuando cumplas ocho te saldrá bigote, te he dicho que fuiste encontrada en un basurero". Bueno, solo me queda una cosa por decirte y esta sí es verdad: me gusta mucho que seas mi hermana y que nadie se atreva a molestarte porque tendrá que vérselas conmigo. Y que nadie te diga nana porque me convertiré en un gigante, iré a salvarte. Y que nadie se atreva a asustarte porque si alguien se atreve a asustarte, yo tomaré tu mano y huiremos las dos. Y aunque te haya dicho cosas horribles en la vida, esta es la verdad: me gusta mucho que seas mi hermana.
Muchísimas gracias. Esto sí es de verdad. Gracias.
Agradecemos a María Fernanda Heredia por su conferencia. Pati le hará entrega de un presente como recuerdo de este congreso. Con ustedes, muy buenas noches. Mañana nos reencontramos a las 16 horas. Gracias.
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