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Se inicia la sesión del juicio oral de la causa número 2 de 1989 contra los acusados general de división José Abrante Fernández.
Durante décadas en los pasillos silenciosos del Palacio de la Revolución y en las casas de la seguridad del estado en La Habana existía una regla no escrita, pero que todos conocían dedillo: quien guarda los secretos del César eventualmente termina pagando con su vida el precio de su silencio.
José Abrante Fernández no era un simple ministro ni un guitar cualquiera. Fue durante mucho, muchísimo tiempo la sombra, el hombre que decidía quién se acercaba o quién no al comandante, el arquitecto de un imperio de inteligencia que funcionaba como un estado dentro del propio estado. Pero cuando el sistema necesitó una víctima para limpiar su imagen ante el mundo y sobre todo ante Washington, la lealtad perruna de Abrantes no fue suficiente para salvarlo.
Quédate conmigo porque en los próximos minutos vamos a destapar la caja de Pandora de la causa número dos de 1989 en Cuba. Y te voy a contar cómo, según testigos presenciales y fuentes de la cúpula, se orquestó el supuesto —supuesto, hay que decirlo— asesinato perfecto dentro de una prisión para Katar, al único hombre que podía señalar con el dedo, o uno de los pocos, al verdadero y mayor responsable del narcotráfico en Cuba.
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Para entender la magnitud de lo que sucedió aquel enero de 1991 en la celta de una prisión de máxima seguridad en Guanaja, primero tenemos que entender quién era realmente José Abrante, porque a diferencia del general Arnaldo Choa, que era una especie de héroe popular o hombre de sonrisa fácil y guerrero cubano triunfante en África, Abrantes era un hombre un poco más misterioso. Imagínate a un individuo que durante años no tuvo vida propia, cuya existencia se definía únicamente por la respiración y por los pasos de Fidel Castro.
Antes de ser ministro [carraspeo] del Interior, Abrantes, fue el jefe de la escolta personal del máximo líder cubano. Eso significaba que él era el filtro. Nada ni nadie llegaba a Fidel sin que Abraham te diera en okay. Esa cercanía le dio un poder que iba mucho más allá de los rangos militares.
Durante los años 80, bajo su mando, el Ministerio del Interior, el temido Minint, se transformó. Dejó de ser solo un organismo de represión y espionaje para convertirse en una corporación casi con tintes multinacionales. Y aquí es donde entra el famoso departamento MC, eh, moneda convertible. Tienen que entender entender el contexto.
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Cuba estaba asfixiada económicamente y la orden de arriba era conseguir dólares como fuera. Abrantes, con su mentalidad de operador eficiente, creó una maquinaria para burlar el embargo estadounidense, las sanciones. Pero esa maquinaria, diseñada para en lo fundamental supuestamente importar tecnología y medicinas, el mundo capitalista desarrollado pronto empezó a mover otras cosas. Bajo la protección de Abrantes, el Minín tenía barcos, aviones, empresas fantasmas en Panamá y cuentas en Suiza, por ejemplo.
Los oficiales de alto rango del minín vivían en un mundo aparte, a toda leche, con acceso a lujos que el cubano de a pie ni soñaba y que incluso los oficiales del ejército regular de la FAR, de las fuerzas armadas, miraban con recelo y con hasta envidia, digamos. Y ese es un punto clave que a veces se nos escapa cuando analizamos la historia. Había una guerra silenciosa entre el Ministerio del Interior de Abrantes y el Ministerio de las Fuerzas Armadas de Jen de Raul Castell. Raúl, un hombre de orden, de estructura soviética, como te contamos en un video anterior en este canal, veía con muy malos ojos el estilo de vida liberal, casi occidental, digamos, de los muchachos de Abrante. Los veía como un peligro, como una fuerza que se estaba saliendo de control.
Abrante se sentía intocable a su vez porque su jefe directo en la práctica no era el Consejo de Estado ni Raúl, sino Fidel en persona. Él le reportaba a Fidel. Él cuidaba a Fidel. Él era el perro guardián de Fidel y creyó erróneamente quizás que esa correa, ese hilo directo con el Olimpo, con Fidel lo protegería de cualquier caída.
Pero llegó, mi gente, el año 1989. Y 1989 no fue un año cualquiera, fue el año en que el mundo, tal y como lo conocían, se venía abajo. El muro de Berlín estaba a punto de caer. La Unión Soviética se tambaleaba y lo más peligroso para La Habana, el gobierno de Estados Unidos, supuestamente tenía pruebas satelitales y testimonios de que Cuba se estaba usando como trampolín para nada más y nada menos que meter cocaína en la Florida.
Incluso el periódico oficial cubano Brahma publicó en su momento un mapa de la llamada Conexión Cubana en julio de 1989. Este mapa parecía ser un cálco, una copia casi exacta de los mapas que el Servicio de guardapostas de Estados Unidos, la DEA y el Departamento de Estado habían entregado al gobierno cubano como prueba de las operaciones de narcotráfico que se estaban realizando en Cuba.
Mientras tanto, fiscales federales en la Florida y en otros sitios de Estados Unidos llevaron casos en los que se describía el uso de aeródromos, aeropuertos y aguas cubanas como puntos de escala para cargas de cocaína del cártel de Medellín de Colombia hacia Estados Unidos, incluyendo por supuesto el territorio de la Florida. Un ejemplo notable es el conocido como caso Reinaldo Ruiz. Se trata de la investigación y proceso penal en Estados Unidos contra un contrabandista cubano estadounidense llamado Reinaldo Ruiz y su hijo Rubén. Entre 1987 y 1988, ambos, padre e hijo, utilizaron el territorio e instalaciones cubanas como escala dentro de una red de tráfico de cocaína hacia Estados Unidos.
Lo relevante es que las declaraciones que hicieron en 1988 y 1989 comprometieron directamente a altos mandos del Reo. Ruiz y su hijo confesaron ante el gran jurado, un gran jurado en Miami, que utilizaban el aeropuerto de Baradero para reabastecerse de combustible tras lanzar la droga y que embarcaciones en patrulleras cubanas les brindaban protección contra los guardacostas norteamericanos. Para La Habana, el caso era especialmente peligroso porque aportaba un relato concreto de uso de instalaciones militares cubanas en el tráfico de cocaína en plena ofensiva antidroba de Washington y en medio de crecientes tensiones bilaterales.
Poco después de la condena de Ruiz, el régimen cubano abrió la famosa y conocida causa número uno de 1989, en la que fueron juzgados con fusilados el general Arnardo Choa y el coronel Antonio Tony de la Guardia, vendió otros acusados de autorizar operaciones de narcotráfico y otros delitos. Algunos análisis sostienen que la causa interna sirvió tanto para cortar cabos sueltos como para presentar a los implicados como traidores que actuaban de espaldas al liderazgo cubano, tratando de desvincular directamente a Fidel y a Raúl Castro de lo revelado en el caso Luis en Miami.
Otro caso importante fue el de Jaime Guigop Lara un poco antes, en 1982. En este caso, el fiscal Stanlin Marcus acusó a cuatro altos funcionarios cubanos, entre ellos se encontraba el vicealmirante Aldo Santa María, que era en jefe de la marina. La acusación se basó en testimonio sobre el tráfico de armas a cambio de ¿qué? De drogas.
Por otro lado, en el caso de Carlos Leder, miembro de Cártel de Medellín, él mismo testificó sobre su viaje a Cuba. Dijo haberse reunido con el mismísimo Raúl Castro en dos vocaciones entre 1981 y 1983. El motivo de estas reuniones era, dijo, negociar el impazo de drogas por Cuba.
Finalmente está el caso de Robert Vesco en 1989. A Bisco se le opusó de conseguir autorizaciones para que aviones con drogas sobrevolaran el espacio aéreo UA. Estas autorizaciones contaron con la aprobación de las autoridades de la isla. Supuestamente estas pruebas respaldaron las declaraciones oficiales de Estados Unidos como las de Ronald Rean. El presidente el 6 de mayo de 1983, Regan, declaró tener evidencias sólidas, strong evidence, de que altos funcionarios del gobierno cubano estaban involucrados, dijo, en el contrabando de drogas hacia los Estados Unidos. Posteriormente, el 20 de mayo de 1983, Willan cuestionó públicamente si estas acciones eran política oficial o actos de oficiales denegados. "Castro officials are involved in the drug trade, pedling drugs like criminals, profiting on the misery of the addicted. I would like to take this opportunity to call the Castro regime for an accounting. Is this drug officials?"
Una frase que Fidel Castro adoptaría años después para construir la narrativa de la causa número uno y culpar exclusivamente a Ochoa y de la guardia. Pero en fin, mi gente, que me lío con tantos detalles.
En 1989, la administración de Bush, de Bush padre, estaba presionando presionando duro y existía un miedo real, pánico, diría yo, en la cúpula cubana de que los norteamericanos usaran la excusa del narcotráfico para invadir la isla, tal como harían meses después con el Panamá de Nurieca. Fidel necesitaba cortar por Lozano. Corta cabezas. Necesitaba demostrarle al mundo que él no sabía nada de nada, ni Papa, que todo era culpa de un grupo de oficiales corruptos que actuaron a sus espaldas.
En la causa número uno de 1989 en Cuba, un tribunal militar especial emiguió sentencia el 7 de julio contra 14 acusados principales. Las penas impuestas oscilaron desde la pena de muerte hasta décadas de prisión y fueron ratificadas luego por el Consejo de Estado presidido por Fidel Castro un par de días después de aquello. Cuatro de los acusados recibieron la pena de muerte y fueron fusilados el 13 de julio de 1989. Entre ellos se encontraba el general de división Arnaldo Ochoa Sánchez, condenado por la alta traición a la patria y a la revolución, el coronel Antonio Vaguardia, el mayor amado padrón Trujillo y el capitán Jorge Martínez Valdés.
Otros acusados se recibieron largas penas de prisión. El coronel Patricio de la Guardia, hermano gemelo de Antonio, fue sentenciado a 30 años de privación de libertad. Varios oficiales de la unidad Moneda Convertible McD recibieron 30 años de cárcel por narcotráfico y corrupción. Tres miembros adicionales de la unidad MC fueron condenados a 25 años cada uno. Otros seis acusados recibieron penas de 10 a 20 años por tráfico de drogas, diamantes y marfil y actos htiles contra estados extranjeros. Según la sentencia.
Es importante señalar algunas particularidades del proceso. El delito de narcotráfico, según el Código Penal Cubano de 1989, el artículo 190, no contemplaba en ese momento la pena de muerte y sí una sanción máxima de 15 años. No obstante, se aplicó la figura de alta traición para justificar las ejecuciones de Ochoa y de los demás. Curiosamente, años más tarde, en 1999, el gobierno cubano aprobaría una modificación de la ley para endurecer la sanciones contra el narcotráfico, incluyendo la pena de muerte, [música] lo que se interpretó como una admisión implícita de que en 1989 no existía el marco legal adecuado para las ejecuciones realizadas.
Los abusados en la causa número uno se auto culparon en un tribunal de honor previo compuesto por 47 generales sin una defensa real. Además, el juicio fue televisado a medias, pero con por supuesto edición previa de las declaraciones. La ejecución se llevó a cabo en un potrero cercano a la base aérea de Baracoa, al oeste de Loana, utilizando fusiles cargados con balas reales, lo que supuso, en este caso, una ruptura con el protocolo habitual de incluir una bala de fogueo. Según el escritor Norberto Fuentes, contrario al procedimiento militar y esto es una cita, todos los fusiles estaban cargados con balas vivas. Habitualmente en los pelotones de fusillamiento se incluye una bala de fobeo al azar para diluir la responsabilidad individual entre los tiradores, permitiendo que cada uno crea que no pudo haber disparado el tiro letal, el tiro de gracia. En este caso, se aseguró que todos los disparos de ese pelotón fueran reales.
Pero tras la caída de Ochoa, Tony de la Guardia y de los otros, la mirada se volvió hacia el jefe de todos ellos. ¿Cómo era posible que el ministro del Interior, el hombre que lo sabía todo o que debía saberlo todo, no supiera que sus subordinados estaban traficando toneladas y toneladas de droga? La respuesta lógica era que sí sabía.
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Y si sabía, ¿por qué no lo detuvieron? Aquí es donde comienza la causa número dos del 89. También a diferencia de Ochoa, Abrantes no lo acusaron ni de traición a la patria ni de narcotráfico directo en un principio. La estrategia fue más sudi, más humillante si se quiere: abuso en el cargo, negligencia en el servicio, uso indebido de recursos financieros y materiales, cohecho, portación y tenencia ilegal de armas y apropiación indebida. Lo pintaron como un ministro incompetente y vano que se dejó cegar por el poder y permitió que el crimen floreciera bajo sus narices. Se le acusó de dejarse seducir por el poder, de importar autos de lujo como los famosos Mercedes-Benz y Alfa Romeo y de permitir que la corrupción se enraizara en el Ministerio del Interior en [música] el Min.
que va a ser muy difícil explicárselo al pueblo, ¿no? Lo que pasa que hay una como ministro del interior eficiente que lo informa todo, que tiene acceso al comandante en jefe, que siempre está al lado del comandante en jefe, que lleva 30 años velando por la seguridad del comandante en jefe y ocurre en la increíble barbaridad increíble de borrar de su mente un elemento que podía poner en peligro la estabilidad de esta revolución. Fue por supuesto degradado. Le arrancaron las estrellas de general, lo expusieron ante sus propios subordinados y finalmente en agosto de 1989 lo condenaron a 20 años de prisión.
El caso Ochoa se caracterizó por su sorprendente rapidez. Ochoa fue fusilado en cuestión de días. Solo transcurrieron 6 días entre la sentencia dictada el 7 de julio y su ejecución el día 13. De hecho, desde su arresto el 12 de junio de 1989 hasta su ejecución pasaron únicamente 31 días. Este ritmo vertiginoso es descrito por los críticos con bastante acierto, diría yo, como un juicio sumario. Pero a Abrantes lo mandaron para la cárcel. ¿Por qué? ¿Por qué, mi gente, esa diferencia?
Muchos analistas y gente que estuvo dentro dicen que Fidel tenía una debilidad por abrantes. Después de todo, era el hombre que le había cuidado las espaldas durante 30 años. Fidet pensó quizás que podía mantenerlo guardado, controladito, engavetadito allí, que con el tiempo la cosa seguiría pasando, se olvidaría. Además, existía en la relación una carga emocional que tiene sus raíces en la lucha revolucionaria pruant. Fidel Castro se comprometió con Juan Cocó Abrantes, quien fue un mártir de la revolución y hermano de José Abrantes, a que velaría por el bienestar de su hermana. Te recuerdo que Abrantes pasó a formar parte de la escolta de Fidel Castro en el verano de 1959. Esto ocurrió como parte de un pacto con el directorio revolucionario 13 de marzo y con un gesto de Fidel tras la muerte del hermano de Coco Abrantes.
Incluso cuando fue nombrado ministro del Interior en 1985 como sustituto de Ramiro Valdés, cargo que ocupó Abrantes hasta su destitución en el 89, Abrandel mantuvo el control sobre la seguridad del comandante en jefe. A diferencia del trato inmediato y letal que se le dio al general Arnaldo Choa, la fuente sugiere que en un principio Fidel Castro intentó proteger a José Orantes del escándalo de la causa número uno. Se menciona, por ejemplo, que el 27 de junio de 1989, Fidel visitó a Tony de la Guardia en la prisión de Villav Barista y le pidió directamente que no implicara a José Abrantes, a quien Fidel se refería cariñosamente como Pepe, durante el juicio, aleando que no deseaba involucrar a una persona tan cercana a él en ese asunto.
Sea como fuere, Abrantes fue a parar a la prisión de Guanajay. Y aquí entramos en la parte más oscura de esta historia, la que por supuesto no salió en el Gran M en el noticiero. Abrantes no era, por supuesto, un preso común. Fue recluido en la prisión de Guanajay, como te dije, en unas instalaciones diseñadas específicamente para aislar a los condenados de las llamadas causas uno y causa dos y someterlos a una vigilancia militar extrema. Para alojar a estos presos de alto perfil, se construyó de urgencia un edificio aislado dentro del recinto de Guanait con medidas de seguridad excepcionales. La estructura interna estaba dividida en dos bloques de celda separados por un sendero de ronda vigilado por guardias con Belos Doberman. A un lado se alojó a los oficiales del departamento MC, los de la causa 1, donde estaba Patricio de la Guardia y al otro lado Abrantes y a los oficiales del Minín encausados en la causa dos. Además, la custodia no estaba a cargo de guardias de prisión comunes, sino de efectivos de los buenas rojas, tropas especiales del Ministerio de las Fuerzas Armadas del MINFÁ.
A pesar de que el edificio estaba aislado del mundo exterior, las fuentes indican que Abrantes no se encontraba en una celda de aislamiento total. De hecho, compartía su celda con Diocles Torralba, el exministro de transporte, que también fue destituido y condenado a 20 años de prisión. El ambiente en esa prisión era detención pura. Abrante, según cuentas quienes lo vieron, estaba devastado, triste, no tanto por la cárcel, sino por la traición, lo que él consideraba una traición. Él sentía que el poder, es decir, Fidel Castro, lo había traicionado. Sentía que había cumplido órdenes, que había hecho lo que se esperaba de él para proteger la revolución y conseguir divisas y que ahora lo estaban tratando como un delincuente común.
Pero ahora antes cometió un error fatal, un error que el código de la mafia y de las dictaduras se paga con la muerte: abrió la boquita. se fue de lengua. Según la cronología y los detalles expuestos por Norberto Fuentes en su obra narcotráfico y tareas revolucionarias, el 18 de enero del 91, un viernes, ocurrió un evento policial dentro de la prisión de Buenajay [música] que precipitó la suerte del exministro del Interior de José Abres. Ese día Abrantes coincidió con el general Patricio de la Guardia, hermano gemelo de Tony, el que fusilaran en la causa número uno. Y mientras ambos trabajaban cuidando supuestamente hortalizas, legumbres en un pequeño invernadero hidropónico del penal, pasó lo que pasó.
Imagínate la escena. Dos generales caídos en desgracia y encerrados entre rejas con el peso de la muerte de sus compañeros encima. Patricio de la guardia dolido por el fusilamiento de su hermano gemelo. Increpó a Abrantes, quería saber la verdad. Y Abrantes, quizás roto por la presión, quizás buscando espiar su culpa, no sabemos qué, pues soltó la bomba. Patricio, por supuesto, quería saber la verdad última sobre las operaciones de narcotráfico por las que habían sido hugados y Abrantes admitió que sobre la droga Fidel lo sabía todo. Decía que yo le informaba sin entrar en muchos detalles.
Esta revelación implicaba dos puntos devastadores: confirmaba que Fidel Castro estaba al tanto y autorizaba las operaciones del departamento MC y confirmaba ante Patricio que su hermano Tony había sido fusilado cumpliendo órdenes superiores y sacrificado para cubrir a la púpula cuando el escándalo estalló por Ros Aires. La discusión entre ambos prisioneros de alto nivel fue reportada esa misma tarde a Raúl y a Fidel Castro. Según Norberto Fuentes, esta indiscreción fue el detonante final que selló el destino de Abrantes. Al admitir que el comandante conocía los hechos, es decir, el tráfico de drogas, Abrante se convirtió en un testigo que no podía seguir respirando.
"Sobre la droga, Fidel lo sabía todo", dijo Abantes. "Yo le informaba sin entrar en muchos detalles". Esa frase era dinamita pura. Abrantes estaba confirmando lo que todos o muchos sospechaban, pero nadie se atrevía a decir: que el narcotráfico no era una operación de oficiales renegados, sino una política de estado autorizada desde la oficina principal.
Abrantes explicó que él asistió al juicio de Ochoa al Tribunal de Honor junto a Fidel y Raúl Castro viendo la transmisión en circuito cerrado. Al finalizar, Abrante se dirigió a Fidel y le dijo directamente, supuestamente, "todo lo que ha sido dicho en el juicio ya te lo había yo informado". Fidel, dicen, ignoró eso y se lavó las manos. Según Abrantes y como lo cuenta Norberto Fuentes, nada pasó inmediatamente después de ese recordatorio a Fidel. Parece ser que el punto de quiebre ocurrió cuando Abrante protestó contra la decisión de aplicar la pena de muerte a Ochoa y a los otros condenados en la causa 1. Fue esa protesta la que seó su suerte y precipitó su caída en Jaraet. Al confarle esto a Patricio de la Guardia, Abrantes firmó literalmente su sentencia de muerte. Se acabó de complicar literalmente la vida y nunca mejor dicho la vida.
En una prisión como esa en la que estaban, las paredes tienen oídos, los micrófonos están hasta en las almohadas, hasta en la sopa que le daban de de almuerzo. Y si no había micrófonos, también hay de Tores. Esa discusión, conversación entre Abrantes y Patricio fue, por supuesto, reportada esa misma tarde a la cúpula. La información llegó a Raúl y a Fidel.
Ponte en el lugar del régimen cubano en 1991. La Unión Soviética ha dejado de existir y con ella un gigantesco subsidio. La economía cubana está entrando en barreno, en caída libre, en lo que llamarían luego periodo especial. La posición de Fidel es muy frágil en ese momento. Lo único, lo último que necesitan es a un exministro del Interior, un hombre con toda la credibilidad del mundo gritando desde la cárcel que el comandante en jefe es un narcotraficante. Abrante se había convertido en un pasivo. Ya no era el perro fiel, era un perro rabioso y peligroso. Y a los perros rabiosos y peligrosos se le sacrifica.
La versión oficial, la que salió en una nota escueta en el periódico, dijo que José Abrantes falleció. Oigan, esto de un infarto agudo del miocarpio. Fue el 22 de enero de 1991. El periódico oficial Granma publicó una nota breve en una esquina de la segunda página informando que el exministro Abrantes, de unos 58 años, había fallecido de un infarto en la prisión de Wanaha. La nota tenía que leerse como una muerte natural lamentable provocada por el estrés [música] y la hipertensión. Caso cerrado.
Pero los detalles que han surgido después apuntan a algo mucho más siniestro, algo calculado con la frialdad de un laboratorio. Fuentes, Norberto y otros investigadores sostienen que Abrantes lo empezaron a matar poco a poco, mucho antes del día 21 de enero. Y no usaron una pistola ni una cuerda, usaron la medicina. Abrantes, que supuestamente sufría de ansiedad y nervios por su encierro. Los que lo conocieron bien dirían que era el tipo más hipocondriaco del mundo. Los médicos del Ministerio del Interior, esos mismos médicos que antes le saludaban con respeto, comenzaron a suministrarle un cóctel de fármacos y medicinas.
Entre noviembre de 1990 y enero del 91 se reportó que dos psiquiatras atendían a Abrantes para tratarle un cuadro de ansiedad y estrés provocado por el encierro. Bajo esta justificación médica le administraban supuestos calmantes y ansiolíticos en grandes cantidades para que pudiera dormir y estar tranquilito ahí en la prisión. Pero según las denuncias, lo que realmente le estaban dando eran digitálicos, especialmente, específicamente digoxina, combinado con diuréticos potentes. Le provocaron una intoxicación digitálica o acumulativa. Lo estaban envenenando día tras día bajo la excusa de cuidarlo. Esto es una teoría que se ha manejado mucho.
El 21 de enero de 1991, la bomba estalló. Abrantes empezó a sentir los síntomas del infarto: el dolor en el pecho, la falta de aire, la angustia de la muerte inminente. Y aquí es donde la crueldad alcanza su punto máximo. Según los testimonios de otros prisioneros como Diistor Ralba, que escucharon los gritos, Abrantes pedid auxilio, se estaba muriendo, pero los guardias no abrieron la celda. Durante más de una hora y media, los custodios permanecieron inmóviles. Alegaron que tenían órdenes terminantes de no abrir la reja sin autorización superior. Imagínate la desesperación, los gritos resonando en el pasío de la prisión, mientras el hombre que una vez fue el dueño de la seguridad de todo un país, se retorcía en el suero sin que nadie moviera un dedo. Fue una desatención deliberada. Dejaron que el infarto hiciera su trabajo.
Tras más de una hora y media, como te conté, de espera y giringos de auxilio ignorados por los guardias, finalmente apareció el director de la prisión. En ese momento, Abrantes yacía inconsciente en el suelo de su celda. Norberto Fuentes narra que tres guardias lo colocaron en una camilla para llevarlo a una calle interior de la prisión. Mientras trataban de meterlo en el asiento trasero del moscois azul del director de la afición, el cuerpo de Abrantes se contraba hacia delante. Según esta versión, acababa de morirse en ese momento.
La versión oficial dice que Abrante murió en el hospital de Guanajay a las 6:25 de la tarde, pero fuente sostiene que esto fue una cuartada para encubrir que ya había fallecido dentro de los muros de la cárcel debido a la desatención deliberada y a la intoxicación farmacológica. Hay varias versiones del hecho. Se dice que Abrante murió allí mismo en la prisión o en el trayecto, quizás rematado, según algunas versiones, ahogado con una almohada para asegurar que no llegara vivo a ninguna sala de urgencias donde un médico ajeno a la conspiración pudiera quizás salvarlo. En cualquier versión no oficial, se trata de un asesinato de estado limpio, sin sangre visible, justificable en un papel médico como muerte natural por infarto agudo del miocardio.
Pero, ¿por qué llegar a este extremo tan duro? ¿Por qué no dejarlo pudrirse en la cárcel por 20 años? Porque Abr antes había roto el código del silencio. Al hablar con Patricio, al discutir con él, demostró que no estaba dispuesto a comerse la culpa él solo para siempre. Y un Abrantes vivo era una amenaza constante. Podía escribir, podía hablar con otros presos que eventualmente saldrían, podía convertirse en una bandera para los descontentos dentro del régimen, que eran muchos en ese momento. Su muerte, [música] el procedimiento por el que llevó a la muerte, fue diseñado meticulosamente para evitar dejar rastros evidentes de violencia externa como disparar o golpes, lo que facilitaba justificar la muerte como natural en los documentos oficiales. Para ello se prescindió de una autopsia forense pública o independiente que pudiera haber detectado los niveles tóxicos de sustancias administradas como posibles digitálicos o potasio. Además, se impidió que la familia viera el cuerpo antes del entierro, eliminando la posibilidad de que verificaran visualmente cualquier signo de aficia o de maltrato.
Además, hay un trasfondo de pjilato político que no podemos ignorar y estamos hablando de la purga del vinint, de la que te hablé también en otro video anterior. Con la caída de Abrantes, Raúl Castro logró lo que siempre había querido: el control total de los servicios de seguridad cubanos. El Ministerio del Interior fue desmantelado por completo. Todos los hombres de confianza de Abrantes fueron rápidamente separados de sus puestos. Algunos fueron expulsados, otros se vieron obligados a jubilarse. Un grupo más fue encarcelado. Inmediatamente el Minín fue ocupado por oficiales de las fuerzas armadas revolucionarias por la FARP. Abelardo Colomé y Barra, conocido como Furri, tomó el mando del ministerio. Él era un hombre de absoluta confianza de Raul Castro. También se nombró al general Carlos Fernández Jondin como viceministro. Primero Fernández Jondin poseedía de la contrainteligencia militar. Él era igualmente un hombre de la total confianza de Raúl Castro. Su nombramiento sirvió para imponer una estricta disciplina militar en el Ministerio del Interior. Cientos de oficiales del minín fueron arrestados, jubilados anticipadamente o transferidos, como te estoy contando. Supuestos fueron ocupados o supuesto por oficiales de la FAR, que según testimonios a veces sabían muy poco o nada acerca del espionaje, pero garantizaban, eso sí, lealtad a Raúl Castello.
La muerte de Abrantes fue el clavo final en el ataú de aquel viejumín que moría, que intentó tener luz propia. Fue el fin de una era y el comienzo del dominio absoluto de la estructura militar sobre la inteligencia civil. ¿Y por qué te digo esto de inteligencia civil? Pues te lo explico. Hasta finales de los años 80, el Ministerio del Interior, el Minín, era la institución que albergaba la inteligencia civil y política de Cuba, diferenciada de la inteligencia militar que pertenecía a las fuerzas armadas revolucionarias, a la FAR. Sin embargo, tras los sucesos del 89, esta distinción se desdibujó al ser el minín absorbido y militarizado por la FARP. Antes no era como ahora que están puntos y revueltos. Aunque el minín bajo José Abrantes contaba con oficiales con grados militares, su funcionamiento estaba centrado de ser un aparato de seguridad política y civil diferenciado de la estructura de combate del ejército. En este rol, sus responsabilidades se dividían principalmente en dos áreas claves. Una de las funciones esenciales era la inteligencia política a través de la Dirección General de Inteligencia, la DGI y la Seguridad del Estado, el conocido como G2. Su misión abarcaba el espionaje, la contrainteligencia política, el control de la disidencia dentro del país y la ejecución de operaciones encubiertas en el extranjero. La otra área fundamental era la seguridad interior, que le otorgaba el mando de la Policía Nacional Revolucionaria a PNR, la gestión del sistema de prisiones, la dirección de los bomberos y el control de las tropas guardafronteras. Por eso hablamos de inteligencia Civil.
Pero retomando el tema que me vuelvo a hacer un mocho otra vez, hay otro aspecto de la personalidad de Abantes que molestaba a Fidel y que pudo contribuir a su caída más allá de las drogas. Poco antes de su arresto, en marzo del 89, Abrantes había dado un discurso [música] que dejó a muchos con la boca abierta. Fue en el acto por el 30 aniversario de los órganos de la seguridad del Estado. Había hablado de no poner etiquetas políticas a todos, de estar abiertos al diálogo, de entender a la juventud. Algunos dicen que Abantes estaba coqueteando con la idea soviética de la perestroica, con las ideas de apertura de Orbachov, que a Fidel no le gustaban ni un poquito. La frase que más irritó a la vieja guardia fue su declaración de amnistía ideológica implícita. "Estamos, y esto es bu una cita, estamos y estaremos abiertos al diálogo. No me refiero solo a los compañeros que tienen relaciones de muchos años con el ministerio, sino también aquellos que tengan ideas distintas o que vean los problemas con otros matices o enfoques."
Para Fidel, que estaba atrincherándose en ese momento en el socialismo muerte, ver a su jefe de seguridad personal hablando de apertura era una herejía, una completa herejía, era una falta de respeto, era una señal de debilidad ideológica. Y en el manual de Fidel, la debilidad se paga y se paga a cada. Es irónico si lo piensas. Abrantes construyó la maquinaria que nuevo lo trituró al mismo. Él diseñó los métodos de vigilancia, perfeccionó el sistema de lealtades absolutas. Él ayudó a crear ese monstruo que no admite disidencias y al final el monstruo se volvió contra él mismo. Murió víctima de su propia obra, traicionado por el hombre al que le dedicó la vida entera.
La historia de José Abrantes es una elección brutal sobre la naturaleza del poder en los regímenes totalitarios. No importa cuánto poder creas tener, no importa cuán cerca estés del sol, si tu sombra empieza a molestar al líder, vas a ser eliminado. Abrante pensó que era indispensable, pero en la lógica de la revolución cubana, nadie es indispensable, excepto el líder supremo y ni siquiera él.
Como hemos visto hoy, más de 30 años después de aquello, la tumba de Abrantes es un recordatorio silencioso de esos secretos. Nunca se hizo una autoscia independiente. Su familia tuvo que aceptar la caja cerrada y la versión oficial y estarse quietos. Pero los testimonios que han salido a la luz, las piezas del rompecabeza que hemos ido armando gracias a gente como Norberto Fuentes y otros exoficiales que lograron escapar y coptar su verdad, no permiten ver o al menos vislumbrar la imagen completa. No fue un corazón cansado que mató a José Abrantes, fue probablemente, muy probablemente la verdad que guardaba en ese corazón y en su cerebro.
La causa dos no fue un juicio a la corrupción, fue una operación de limpieza para burrar las huellas del narcotráfico del estado. El capítulo 2 de la causa número uno. Y la muerte de Abantes no fue un accidente médico. Muy probablemente fue la última medida activa de esa operación. Silenciaron al testigo principal para que la historia oficial pudiera mantenerse en pie, pero la verdad tiene la mala costumbre de salir a flote, aunque tarde décadas y décadas.
Ahora te pregunto a ti que estás escuchando esto, viendo esto y que quizás viviste esos años en Cuba o has escuchado, leído las historias de tus padres. ¿Crees que fue posible que un ministro del calibre de Abrantes, tan cercano a Fidel, moviera toneladas de droga sin que Fidel lo supiera? ¿Crees en la versión del infarto casual justo tres días después de confesar que Fidel [música] sabía todo dito? Oye, déjame de verdad saber tu opinión en los comentarios porque este es uno de esos temas que todavía levanta ronchas y divide opiniones en Cuba y fuera de Cuba.
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