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Vamos a ver ahora si el momento más famoso, el más conocido, el que habla sobre los desaparecidos. Les pido, te pido que prestes particular atención a lo que dice Videla, ya el uso de los términos en la respuesta a la pregunta tan incómoda que le hace José Ignacio López. Y cómo este hombre habla, Videla habla en el tono de alguien que jamás va a tener que rendirle cuentas a nadie. Afortunadamente, la historia le demostró que no era así. Afortunadamente, Videla está preso y la sociedad argentina en su conjunto lo ha condenado, independientemente de la acción de la justicia.
Pero escuchen ustedes el tono de alguien que habla con absoluta impunidad. Nos habla en absoluta impunidad. Como presidente, quiero volver sobre algo que usted ya tocó el último domingo de octubre. El Papa Juan Pablo II se refirió a la Argentina en la Plaza San Pedro de distintas maneras, pero entre otras cosas habló de un problema que ya ha sido tocado aquí, como es el problema de los desaparecidos y de los detenidos sin causa, sin proceso. Le quiero preguntar si usted, que muchas veces se ha dirigido al Papa, le ha contestado reservadamente a esas expresiones de Juan Pablo II y si hay algunas medidas en estudio en el gobierno sobre ese problema, más allá de la del tiempo para que usted hizo mención reciente.
Por de pronto, el Papa cuando habla en esa circunstancia habla al mundo, no le habló a la Argentina, y habla en su condición de pastor y habla ejerciendo más que un derecho una obligación que tiene por ser cabeza de una iglesia que hace del amor el eje en el cual quiera su creencia, que es justamente el amor al prójimo fundado en la dignidad del hombre. No tiene otra forma más que decir que hay que preservar la dignidad del hombre. De no haberlo dicho en esa circunstancia, yo diría que está falta a su deber de estado. Y esa advertencia del Papa, en su condición de pastor, de instalar a la dignidad del hombre, no está ajena a nuestro sentir, porque justamente para defender la libertad y la dignidad del hombre, la Argentina tuvo que enfrentar este tremendo problema de una guerra en la que pagó precio de sangre, una guerra que no quisimos, que no declaramos, que nos fue impuesta. Y la Argentina, repito, los argentinos no tenemos nada que ocultar ni nada qué avergonzarnos en su sentido, porque justamente eso ocurrió en defensa de los derechos humanos del pueblo argentino, gravemente amenazados por una agresión del terrorismo subversivo que pretendía cambiar nuestro sistema de vida, de un sistema de vida inspirado justamente en una visión cristiana del mundo del hombre, en el que el hombre pueda realizarse en plenitud con libertad y con dignidad. Eso no querían ser quitado y para evitar que nos lo quitaran luchamos y pagamos sangre por los mismos derechos humanos que el Papa declaró.
Entonces, primero, no estaba en mí y era necesario que yo siguiera ningún tipo de contestación, porque ¿a quién hablo? Para el mundo, en cuyo contexto estamos colocados y participan dos ideales. Como gobernante, no tenía nada que decir, porque adhiero a eso. Y como católico, mucho menos, porque no es más que ratificar lo que yo como católico también pienso, salvo que voy a hacer una carta ratificatoria y de felicitación. Pero no se puede felicitar quién cumple con su deber, marcar a través de la luz del evangelio, iluminar las acciones de los hombres y la función del pastor y él a cumplir.
Quiero que quede una parte final de su pregunta, que además, ¿qué más se va a hacer? Si yo le preguntaba si había algunas otras medidas que pudiera estar teniendo el gobierno, porque el Papa en esa ocasión hizo algunas solicitudes más allá de la referencia que usted hizo al tiempo como factor para solucionar este grave problema. Sí, señor. Y con una visión así cristiana de los derechos humanos, el de la vida es fundamental, la libertad es importante, también los del trabajo, de la familia, de la vivienda, etcétera, etcétera, etcétera. Y la Argentina, aquí, de los derechos humanos en esa omnicomprensión que el término derechos humanos significa.
Pero siendo concretamente, porque sé que usted hace la pregunta, no a esa visión omnicomprensiva de los derechos humanos a la que hizo referencia el Papa en forma genérica, sino completamente al hombre que está detenido sin proceso, es uno, o al desaparecido, que es otro. Frente al desaparecido, en tanto este como tal es una incógnita. Al desaparecido, si su nombre apareciera, bueno, tendrá un tratamiento equis, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento zeta. Pero mientras sea desaparecido, no encuentra ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está muerto ni vivo, está desaparecido.