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HISTORIAS DE TERROR CORTAS VOL. (RELATOS DE HORROR)

Relatos de Horror40:27

Transcription

Comunidad de relatos horror. ¡Excelente día, tarde o noche, según sea el momento en el cual nos estén escuchando! En esta ocasión tenemos una pequeña recopilación de varias historias cortas. Espero que sean de su total agrado. No olviden dejar un comentario y un me gusta, eso nos ayuda bastante. Ahora, sin más, comenzamos con relatos horror.

Trabajo de velador desde los 21 años. Ya llevo 12 y he cuidado bodegas, hospitales, plazas comerciales. Me considero una persona tranquila, de las que no se asustan tan fácilmente. Lo que me pasó en la fábrica de San Martín, Tesmelucan, todavía no lo entiendo. Me contrataron para cuidar una planta textil que llevaba cerrada desde del 2019. El dueño quería evitar robos mientras tramitaba la venta del inmueble. Trabajo sencillo: entrar a las 10 de la noche, salir a las 6 de la mañana, hacer rondines cada hora y no dejar entrar a nadie. Las primeras dos semanas fueron normales. Silencio, frío, el ruido de mis propios pasos en los pasillos. La tercera semana empezó a escucharse las máquinas. No era un ruido fuerte, era un traqueteo rítmico o mecánico, como cuando una máquina de coser coge velocidad. Venía del área de producción, una nave enorme con filas de máquinas industriales cubiertas con lonas grises. La primera vez lo atribuía al viento. Las instalaciones eran viejas y habían corrientes por todos lados. La segunda vez salí al pasillo y escuché mejor. El ritmo era demasiado regular para hacer viento, demasiado constante. No entré esa noche y la tercera vez, sí entré. Empujé la puerta de la nave con la lámpara en alto y las máquinas estaban donde siempre, cubiertas con sus lonas e en filas ordenadas. El ruido venía del fondo de la última fila. Caminé despacio. La lámpara alumbraba apenas 3 m adelante. Cuando llegué al fondo, el ruido se detuvo. Todas las máquinas estaban cubiertas, todas quietas, pero la luna de la última máquina de la fila estaba caliente, no tibia, caliente, como si llevara horas trabajando. Salí de la nave y esa noche no hice más rondines. Al día siguiente le pregunté al encargado si alguien más tenía llave del lugar. Me dijo que no y le pregunté si las máquinas podían encenderse solas por algún problema eléctrico. Me miró un momento y me dijo que la instalación eléctrica estaba cortada desde el cierre. Terminé renunciando esa semana. El encargado no preguntó por qué. Voy dentro de mí, creo que ya sabía perfectamente el porqué.

Llevo 14 años manejando taxi de ruta, la Cuernavaca, Ciudad de México. La conozco de memoria. Cada bache, cada curva, cada tramo donde la señal se cae. El kilómetro 48 es recto, bien iluminado, sin colonias cercanas. No hay razón para que nadie espere ahí. Era martes, casi medianoche. Bajaba hacia la ciudad e iba sin pasaje. Pensaba en llegar en casa cuando la vi. Estaba parada en el acotamiento con la mano levantada. Mujer, unos 30 años, ropa oscura, sin bolsos, sin maletas, nada. Frené porque así me enseñaron. Si alguien necesita ayuda en la carretera, paras. Después puedes arrepentirte, pero paras. Subió sin decir a dónde iba y se sentó atrás, en el centro, no recargada en ninguna ventana. Le pregunté su destino y me dijo mi nombre, no mi nombre de pila, mi nombre completo, incluyendo el segundo apellido. Le pregunté cómo lo sabía. No respondió de inmediato y miré por el retrovisor y me estaba mirando fijo, sin parpadear, con una expresión que no era amenaza ni amistosa. Era como si estuviera esperando que yo dijera algo específico. Luego me preguntó si recordaba el accidente. Yo no he tenido ningún accidente, se lo dije. Ella sintió despacio. Todavía no, dijo. Volteé a verla de frente y ya no por el espejo y el asiento estaba vacío. Revisé los espejos, la carretera atrás, larga, recta, desierta, y no había nadie. No había frenado, no había abierto ninguna puerta, la había visto en el espejo retrovisor 3 segundos antes. Manejé los siguientes 40 km sin detenerme, sin bajar la velocidad, con las manos apretadas en el volante que me dolieron hasta 3 días. Eso fue hace dos años. Sigo manejando la misma ruta porque necesito el trabajo, pero desde esa noche nunca paro en el kilómetro 48 y siempre reviso el asiento trasero antes de subir. Siempre.

Me mudé al edificio de Portales en enero, cuarto piso, departamento 4a. Precio razonable, buena ubicación, vecinos tranquilos, según me dijo el casero. La primera semana escuché al niño, llantos de madrugada entre la 1 y las 3. Venían de arriba, del 4B, directo sobre mi cuarto. Llantos largos, sin pausa, del tipo que desespera cualquier padre. Esperé una semana pensando que se calmarían, pero no se calmaron. Subí a tocar y nadie abrió. Volví dos veces más con el mismo resultado. Le pregunté al casero por el vecino del 4B. Me miró raro. Ese departamento está vacío. Ya vacío desde el 2022. Subí yo mismo a verificar. La puerta tenía el sello de desocupado. Por la rendija no se veía luz ni se escuchaba nada. Esa noche decidí que era el edificio, las tuberías, alguna resonancia extraña. Me convencí de eso porque era la única explicación que me dejaba dormir. Funcionó tres días. La cuarta noche, los llantos no vinieron de arriba, venían de mi cuarto, de adentro, del rincón, junto al armario, donde nunca llega la luz de la ventana. Un llanto suave y casi susurrado, como si no quisieran despertar a nadie más que a mí. Prendí la luz y silencio. Revisé el armario, debajo de la cama, el baño, nada. Apagué la luz. 30 segundos después, el llanto nuevamente del mismo rincón. Dormí esa noche con todas las luces prendidas, con la televisión a volumen alto y con los audífonos puestos. A los 15 días me cambié de departamento. El casero no me preguntó por qué me iba, solo me devolvió el depósito sin decir nada, con una prisa que me pareció en ese momento bastante elocuente.

Cuando mi abuelo enfermó, fui a cuidar su parcela mientras se recuperaba. Dos semanas. Él me dijo: "Regar, vigilar y espantar animales, nada que no hubiera hecho de niño a su lado." La parcela quedaba 20 minutos del pueblo, sola en el monte, con una casita de adobe para dormir y una milpa de temporal que era el sustento de toda su vida. Las primeras dos noches, tranquilo. La tercera noche encontré el daño, un surco completo aplastado, las plantas dobladas hacia adentro en círculo perfecto, como si algo muy pesado hubiera girado sobre ellas. No era animal. Ningún animal hace eso. No era viento. Las plantas alrededor estaban intactas. La cuarta noche pasó lo mismo, mismo surco, mismo círculo, más grande. Llamé a mi abuelo y le describí el daño. Hubo un silencio largo antes de que respondiera. Me preguntó qué ahora ocurría y le dije que no lo sabía, que amanecía así. Me dijo que esa noche cerrara bien la puerta y que pusiera sal en el umbral, que no saliera por ningún motivo después de las 11. Le pregunté qué era. Otro silencio de por medio. "Ya sé lo que anda por ahí," me dijo. "Por eso me enfermé. He estado esperando que yo me fuera." Le pregunté qué era. "No te lo digo porque si lo sabes vas a querer verlo y no debes verlo." Esa noche no dormí. Escuché desde adentro, con la puerta cerrada y la sal en el umbral, como algo caminando despacio entre los surcos. Un peso sordo sobre la tierra húmeda, regular, sin prisa, dando vueltas. Nunca salí. Al amanecer revisé la milpa, el círculo ahora rodeaba la casita completa. Recogí mis cosas y me fui al pueblo. Mi abuelo se recuperó ese mismo día y no me ha vuelto a hablar del tema. Y yo no le he vuelto a preguntar tampoco, pero sé que él sabe exactamente qué andaba en la parcela y sé que tiene razones para no decírmelo.

Reparto comida en moto desde hace 3 años. Conozco Guadalajara de noche mejor que de día. Sé qué colonias evitar, qué calles no tienen salida, qué direcciones probablemente son falsas. La dirección esa noche no existía en el mapa. Calle Sauce 114, colonia Lomas. Google Maps la encontró sin problemas, pero cuando llegué, el número 114 había un loteo, pasto crecido, barda derrumbada, sin construcción. Marqué al cliente sin respuesta. Iba a cancelar el pedido cuando la puerta apareció. No había una puerta cuando llegué. Juro que revisé el lote vacío, sin estructura, pero ahí estaba. Una puerta de madera vieja, parada sola en el centro del terreno, sin paredes a los lados, y estaba abierta. Antes de que pudiera procesar lo que estaba viendo, alguien la cruzó desde adentro. Un hombre mayor, delgado, con camisa blanca, caminó directo hacia mí con una calma que no correspondía a nada de lo que estaba pasando. Extendió la mano para recibir la bolsa. Yo se la di, no sé por qué, ya que fue automático. Me dijo "gracias" con una voz que sonó demasiado lejos, como si viniera de otro lado y no de su boca. Luego regresó la puerta, la cruzó y la puerta desapareció. El lote quedó vacío nuevamente. Me quedé parado en la banqueta con el casco puesto, las manos temblando sobre el manubrio durante cuánto tiempo. En la aplicación, el pedido marcó entregado antes de que yo tocara la pantalla. Nunca volví a esa colonia y cada vez que me sale una dirección que no reconozco, la reviso dos veces en el mapa antes de aceptar. Dos veces mínimo.

Soy fotógrafo de bodas desde hace 8 años. Ese trabajo me llevó a hacer de todo. Quinceañeras, bautizos, primeras comuniones. Una vez hasta fotografía un velorio porque la familia lo pidió y el dinero estaba difícil. Lo que nunca había hecho era fotografiar un panteón de noche. Me lo pidió un colectivo de arte urbano de Oaxaca. Querían imágenes nocturnas del panteón municipal para una exposición sobre el Día de Muertos. Trabajo pagado, legal, con permiso del Ayuntamiento. Entré a las 10 de la noche con mi equipo, mi tripié y una lámpara de trabajo. Las primeras dos horas fueron bien. El panteón es hermoso de noche, si uno puede usar esa palabra. Las tumbas antiguas, las flores secas, las veladoras de algunas familias que dejan permanentemente. Tomé ciento y pico de fotos y estaba satisfecho con el material. Fui a revisar las imágenes en la pantalla de la cámara cuando lo noté. En varias fotos, detrás de las tomas del sector más antiguo, había una figura alta, delgada y móvil. En cada foto, en un lugar diferente, siempre al fondo, siempre mirando hacia la lente. Revisé las fotos en orden y la figura se movía entre toma y toma y se acercaba. En la última foto que había tomado estaba a unos 10 metros de donde yo estaba parado. Levanté la vista de la cámara y no había nadie. Recogí el equipo en 2 minutos y salí sin mirar atrás. Al guardia le dije que ya había terminado y me miró con una expresión que no era sorpresa. Al día siguiente revisé todas las fotos en la computadora. La figura aparecía en 19 imágenes. En la última, la más cercana, tenía el rostro levantado hacia la cámara. No entregué esas fotos al colectivo. Les dije que el material no había quedado bien y les devolví la mitad del pago. Nunca les expliqué el porqué.

Trabajo en el área de medicina interna desde hace 6 años, turno nocturno de 10 de la noche a 6 de la mañana. Uno se acostumbra a cosas que de día serían perturbadoras. Los quejidos, los monitores, el ruido de las ruedas de las camillas, los pasillos vacíos. Lo que no se aprende a ignorar es lo que no debería estar ahí. Pasó un martes de febrero a eso de las 2:30 de la mañana. El piso estaba tranquilo, siete pacientes internados, todos estables. Mi compañero había bajado a buscar algo en la farmacia y echó el recorrido de rutina por los cuartos. Al pasar frente al cuarto 14, vi luz. El cuarto 14 estaba vacío. Lo había estado toda la semana, pero había una luz encendida dentro. La luz de la cabecera de la cama, esa lamparita pequeña que los pacientes usan para no molestar a los compañeros de cuarto. Empujé la puerta y adentro había una mujer sentada en la cama, mayor o no, 70 años, cabello blanco, recogido, bata de hospital. Tenía las manos sobre las rodillas y miraba hacia la ventana con una tranquilidad que en ese contexto resultaba más inquietante que cualquier agitación. Le pregunté cómo había llegado ahí, si necesitaba algo, si me podía decir su nombre para revisar si estaba registrada en el sistema. Me miró y tenía unos ojos muy claros, casi grises, del tipo que parece que ven a través de las cosas más que hacia ellas. Me dijo que no necesitaba nada, que únicamente estaba esperando. "¿Esperando qué?", le pregunté. Me dijo un hombre, un hombre que yo reconocí de inmediato porque era el hombre del paciente del cuarto ocho, un hombre de unos 62 años, ingresado por insuficiencia cardíaca, que esa noche llevaba 4 días estable y en franca mejoría. Le pregunté si era familiar suya. Sonrió de una manera que no voy a describir porque no tengo palabras correctas. Luego volvió a mirar hacia la ventana como si la conversación hubiera terminado. Salí del cuarto y fui directamente a llamar a mi compañera por radio y le pedí que subiera de inmediato. Cuando regresamos el cuarto 14 juntas, estaba vacío. La luz de la cabecera estaba apagada y la cama no tenía ninguna marca de uso. Esa misma madrugada a las 4:17, el paciente del cuarto 8 entró en paro cardíaco. El equipo de urgencias trabajó 22 minutos y no pudieron recuperarlo. Nunca le conté esto al médico jefe. Se lo conté a mi compañera esa misma noche y no volvimos a hablar del tema. Pero del de febrero, cada vez que paso frente a un cuarto vacío con luz encendida, no entro sola y siempre rezo antes de empujar la puerta.

Llevo 20 años en la construcción. He trabajado en todo: casas, bodegas, naves industriales, un hospital una vez. Conozco los riesgos reales del oficio: caídas, cortes, problemas con la corriente. Nunca le tuve miedo a nada que no tuviera explicación física hasta que llegué al fraccionamiento "El Refugio". Era un desarrollo nuevo en las afueras de una ciudad que no voy a mencionar, unas 40 hectáreas en distintas etapas de construcción. Mi cuadrilla estaba a cargo de los acabados de la manzana 3. Aplanados, pisos, instalaciones de ventanas. Trabajo de 3 meses, bien pagado, sin contratiempos al principio. El problema empezó en la casa 34. Era una casa como las demás en plano y estructura. Pero desde el primer día que entramos a trabajar, algo estaba diferente. No en lo que se veía, sino en lo que se sentía. Un peso en el ambiente que mis compañeros notaron antes de que yo dijera nada. El Chato, que lleva 18 años en el oficio y es de los que no creen en nada, entró al cuarto principal el primer día y dio media vuelta y salió sin explicación. Cuando le pregunté me dijo que se le había olvidado algo en la camioneta, pero no regresó al cuarto en todo el día. Yo entré. El cuarto principal era igual al de todas las demás casas. Pared de block, piso de cemento crudo, ventanas al jardín trasero sin nada visible que justificara lo que se sentía dentro, que era algo difícil de nombrar, como si el cuarto tuviera menos aire que el resto de la casa o como si la temperatura bajara 2 o 3 grados al cruzar el umbral. No un frío de corriente, un frío quieto, sin origen. Trabajamos esa semana evitando el cuarto principal sin que nadie lo dijera abiertamente. Hacíamos todo lo demás primero y dejábamos ese cuarto para el final. Y para el final siempre se nos acababa el día. El jueves de la segunda semana, Masa, el más joven de la cuadrilla, entró solo al cuarto a sacar unas medidas. Salió tres minutos después, blanco como el aplanado fresco, con las manos temblando y sin decir nada. Se sentó fuera del jardín y no habló en lo que quedaba de la tarde. Esa noche, en la camioneta, de regreso le pregunté qué había visto. Me dijo que al entrar al cuarto estaba normal, que tomó las medidas de dos paredes sin problemas, que cuando fue a medir la tercera pared del fondo, vio que había una figura parada en el rincón. Le pregunté cómo era. Me dijo que era una persona o algo con forma de persona, pero que donde debería tener la cara tenía algo que le escribió así, como si alguien hubiera querido borrarla y no hubiera podido terminar el trabajo. Me dijo que lo que más le había asustado no era la figura, era que cuando la vio, la figura giró la cabeza hacia él despacio, como si lo hubiera estado esperando y le diera el susto que por fin hubiera llegado. Al día siguiente hablé con el contratista, le dije que mi cuadrilla no terminaba la casa y me preguntó el por qué. Le dije que problemas personales y que le conseguí a alguien más para terminar el trabajo. Nunca le dije la verdad. Sé que la casa 34 se terminó porque el fraccionamiento se entregó completo. Sé que alguien vive ahora ahí. Espero que el cuarto principal lo usen de bodega. Espero por su bien que no duerman en ese cuarto.

Manejo camión de larga distancia desde los 23 años. Ahora tengo 41 y he cruzado ese tramo de Mazatlán, Culiacán ciento de veces, tanto de día como de noche, con lluvia, con niebla, con el sol pegando de frente en las bajadas. Conozco cada túnel de esa autopista de memoria, por eso sé que el túnel donde ocurrió esto no existe. Era una madrugada de octubre, casi las 3. Carga de electrodomésticos, entrega en Culiacán para las 8 de la mañana. Ruta normal, sin contratiempos. Iba solo como siempre, con el radio a volumen medio y el café del termo todavía caliente. Llevaba como 40 minutos de camino cuando apareció el túnel. No es que me hubiera distraído o perdido. Conozco ese tramo. Hay dos túneles cortos seguidos y luego varios kilómetros de autopista abierta antes del siguiente. Donde apareció este túnel no hay ninguno. Lo sé porque he cruzado cientos de veces y porque después busqué mapas también en todo lo que encontré en internet y no existe ningún túnel ahí. Pero esa noche estaba. Entré porque no tuve tiempo de reaccionar. A esa velocidad y con un camión de ese tonelaje no frenas en seco. Entré. Y dentro estaba oscuro como debería, con las luces del camión alumbrando el asfalto y las paredes curvas de concreto. Lo raro fue la duración. Los túneles en esa autopista son cortos, 30 segundos máximo cruzando a velocidad de autopista. Este no terminaba. Llevaba un minuto dentro, luego dos, luego tres. Reduje velocidad sin querer, instintivamente, como cuando algo no cuadra y el cuerpo reacciona antes que la cabeza. A los 4 minutos vi la figura. Estaba parada en el carril de acá, pegada a la pared, inmóvil. Con las luces del camión encima apareció una persona, altura normal, ropa oscura, pero no se movió cuando la luz la alcanzó. No levantó los brazos, no se echó a un lado, no reaccionó de ninguna manera. Me eché al carril contrario para no atropellarla. En el momento en que rebasé, miré por el espejo lateral y no había nadie. El carril donde había estado la figura estaba vacío y antes de que pudiera procesar eso, el túnel terminó y salí a la autopista abierta con el cielo negro arriba y el valle de Culiacán empezando a aparecer a lo lejos. Orillé el camión y estuve parado unos 10 minutos con el motor encendido y las manos sobre el volante sin poder soltarlas. Cuando me calmé suficiente para seguir, me di cuenta de que era el odómetro. Había recorrido más kilómetros de lo que correspondían al tiempo transcurrido, como si el trayecto dentro del túnel hubiera sido más largo de lo que el reloj marcaba. Llegué a Culiacán y entregué la carga. No le dije nada al despachador. Ese tramo lo sigo manejando porque es mi trabajo y no tengo otro. Pero de noche, en ese kilómetro donde apareció el túnel, siempre enciendo las luces altas y siempre miro el odómetro antes y después por si acaso.

Trabajo en hotelería desde los 17 años. Ahora tengo 34 y he limpiado cuartos en pensiones, en hoteles de tres estrellas, en un resort de playa una temporada. Uno aprende rápido que los cuartos de hotel guardan cosas: objetos olvidados, manchas sin explicación, a veces olores que no corresponden a nada visible. Nunca había encontrado lo que encontré en el 112. El hotel estaba sobre la carretera federal a unos kilómetros de Veracruz. Varias habitaciones, siempre con buena ocupación por los camioneros y los viajeros de comercio. Trabajo tranquilo, rutinario, con los mismos pasillos y los mismos carritos y así como el mismo olor a cloro y sábanas limpias todos los días. El cuarto llevaba tres días ocupado por el mismo huésped, un hombre solo de unos 50 años que, según excepción, pagaba en efectivo y no pedía nada: ni servicio de cuarto, ni cambio de toallas, ni llamadas de despertador. Solo llegaba, cerraba la puerta y no salía hasta la mañana siguiente. Al cuarto día no salió. A mediodía el gerente me pidió que tocara y toqué tres veces en respuesta y usé la llave maestra. El cuarto estaba vacío, el huésped, pero tampoco su maleta ni ninguna de sus pertenencias. La cama estaba tendida, sin usar, exactamente como yo la había dejado tres días antes, las toallas del baño dobladas sin tocar y el jabón sin abrir, todo como si nadie hubiera dormido ahí entre días. Pero en el espejo del baño había algo escrito, no con lápiz labial ni con jabón como uno lo ve en películas. Estaba escrito con el dedo directamente sobre el vidrio en la condensación con una letra apretada, regular. "Ya me fui. Gracias por no entrar." Le avisé al gerente. Revisaron las cámaras del pasillo. El huésped aparecía entrando el primer día con una maleta pequeña. Después de eso, no había ninguna imagen de él saliendo, ni esa noche ni los días siguientes. Las cámaras del pasillo del primer piso cubrían la única salida de ese lado del hotel. Nunca salió por ahí. El gerente llamó a la policía, revisaron el cuarto, tomaron fotos del espejo, hicieron preguntas y nunca encontraron al hombre. Nunca hubo reporte de desaparición que considerara con su descripción. Tres semanas después me pidieron limpiar el cuarto para volver a rentarlo. Lo limpié, cambié las sábanas, limpié el baño, restregué el espejo hasta que no quedó más. Pero esa noche, ya en mi casa, pensé en algo que no le había dicho a nadie. La frase en el espejo decía: "Gracias por no entrar. Yo no había entrado en tres días." Nadie había entrado. Entonces, ¿a quién le estaba agradeciendo?

Estudiaba Derecho en la Universidad de Guadalajara, quinto semestre, época de exámenes finales. El tipo de semana donde uno duerme 4 horas y tiene suerte y vive a base de café y fotocopias. La biblioteca central cerraba a las 10 de la noche, pero los que teníamos credenciales de posgrado prestadas podíamos quedarnos hasta medianoche. Yo no era de posgrado, pero un amigo me prestó su credencial ese semestre porque él ya no la usaba y yo necesitaba las horas extras. Esa noche éramos tres estudiantes en toda la biblioteca cuando usaron al público. A las 11 ya era uno solo. No me molestaba. El silencio de la biblioteca de noche es distinto al de cualquier otro lugar: denso, útil, del tipo que ayuda a concentrarse. Estaba en la planta alta, sección de Derecho Constitucional, cuando escuché los pasos. Pasos lentos, regulares en el pasillo de abajo. No eran los pasos del velador que conocía bien, porque los escuchaba cada media hora con su ronda rutinaria. Estos eran diferentes, más lentos, más deliberados, con un peso distinto sobre el piso mosaico. Los escuché recorrer el pasillo de abajo, de un extremo al otro. Luego silencio, luego otra vez y de regreso. Asomé la cabeza por el barandal de la planta alta. El pasillo de abajo estaba vacío, bien iluminado y no había nadie. Pero mientras miraba hacia abajo, los pasos empezaron de nuevo. Ahora en la planta alta, a mis espaldas. Me di vuelta y el pasillo de la planta alta era largo, con estantes a los dos lados y una iluminación que dejaban algunas zonas en la sombra. Al fondo, donde la luz no llegaba bien, había una figura parada entre dos estantes. No se movía. Me quedé paralizado unos 3 segundos, que se sintieron más largos. Luego recogí mis cosas sin apartar los ojos del fondo del pasillo y caminé hacia las escaleras sin correr, porque algo me decía que si corría iba a ser peor. Bajé, crucé la planta baja sin mirar atrás y salí por la puerta lateral que el velador dejaba abierta, inseguro para los que nos quedábamos tarde. Salí en la calle y estuve caminando rápido durante dos cuadras, antes de que me detuviera y me diera cuenta de que no había visto al velador en toda la noche, ni en su ronda de las 11, ni cuando salí. Al día siguiente pregunté en la biblioteca por él. La señora del mostrador me dijo que el velador de turno nocturno había llamado enfermo esa semana, esa semana completa. No había ningún velador en la biblioteca la noche que me quedé solo. Los pasos que escuché no eran suyos. Devolví la credencial a mi amigo al día siguiente y el resto del semestre estudié en mi casa. Reprobé dos materias por falta de concentración, pero créame que valió la pena.

Mi familia tiene un rancho en la sierra de Durango desde hace tres generaciones. Cada año en vacaciones de verano íbamos todos: tíos, primos, abuelos. Una semana sin señal, sin internet, con los caballos y el río y las montañas más oscuras que he visto mi vida. El verano que tenía 12 años conocí a la niña. La vi por primera vez en el lindero del rancho, donde el pasto termina y empieza el monte. Estaba parada entre los árboles, mirándose las casas. Tendría unos 8 o 9 años. Vestido blanco, cabello negro largo. Pensé que era hija de algún peón de los ranchos vecinos. La saludé con la mano, pero no respondió. La vi dos días seguidos en el mismo lugar, siempre la misma hora, al atardecer, siempre parada en el lindero sin moverse. El tercer día me acerqué. Cuando llegué al lindero, no había nadie, pero el pasto estaba aplastado donde ella había estado parada, como si alguien hubiera permanecido ahí por mucho tiempo. Le pregunté a mi abuela si había niños en los ranchos vecinos y me dijo que en el rancho más cercano estaba a 2 horas a caballo y que esa familia no tenía hijos pequeños. Esa noche le conté a mi primo Beto de la niña. Beto tenía 15 años y no creía en nada. Me dijo que al día siguiente iríamos juntos al lindero. Al día siguiente fuimos. La niña estaba ahí, puntual, en el mismo lugar entre los árboles. Beto la vio también y lo vi cambiar de expresión en tiempo real: de la incredulidad a algo en él que nunca mostraba nada. Era claramente miedo. Nos quedamos parados sin saber qué hacer. La niña levantó el brazo y señaló hacia el monte, hacia adentro, hacia donde estaban los árboles que se cerraban y la luz no llegaba. Luego bajó el brazo y se quedó quieta otra vez, mirando. Beto me agarró del hombro y me sacó de ahí sin decir nada. Esa noche le contamos a mi abuelo. Él los escuchó sin interrumpir, con esa calma que tienen los viejos cuando ya saben el final de la historia antes de que termines de contarla. Cuando acabamos nos dijo que esa niña la había visto él de joven y su padre antes que él. Le pregunté qué era. Nos dijo que no lo sabía con certeza, que lo único que sabía era lo que su padre le había dicho, que si alguna vez la habían señalado hacia el monte, no fuéramos. Le preguntamos qué había en el monte. Mi abuelo nos miró a los dos antes de responder. "Eso es lo que ella quiere que vayan a ver," dijo, y no añadió nada más al respecto. Ese verano fue la última vez que vi a la niña, pero mi primo Beto, que ahora tiene 38 años y un rancho propio en Sinaloa, nunca volvió a Durango. Nunca le he preguntado el por qué, pero creo que ya sé la respuesta.

Trabajo de guardia de seguridad desde hace 9 años. He cuidado tiendas, oficinas y estacionamientos. Desde hace 3 años estuve en una sucursal bancaria en Neza, turno nocturno de lunes a viernes. El trabajo de noche en un banco es aburrido, en el buen sentido. Las cámaras funcionan, las alarmas funcionan, los protocolos son claros. Uno hace su ronda, revisa monitores, toma café, nada que no sea rutina. Hasta el martes que las cámaras captaron a la señora. Eran las 2:40 de la madrugada cuando la vi en el monitor. Una mujer mayor, de unos 70 años, sentada en una de las sillas de la sala de espera. Ropa de diario, bolsa en las rodillas, postura recta como quien lleva rato esperando. El problema era que yo había cerrado con llave todas las entradas a las 10 de la noche y había hecho tres rondines desde entonces sin ver a nadie. Tomé la linterna y fui a la sala de espera. Estaba vacía. Las cuatro sillas en su lugar, el dispensador de turnos apagado y el piso limpio. Nadie. Regresé a los monitores y la señora seguía en la misma silla, en la misma postura. Estaba viendo en el monitor a alguien que yo acababa de confirmar que no estaba ahí. Llamé a mi supervisor por radio y me dijo que revisara las cámaras si había falla técnica. Revisé la grabación en tiempo real, sin cortes, sin anomalías técnicas visibles. La señora aparecía en la cámara de la sala de espera con total nitidez. Fui de nuevo a la sala y estaba vacía. Estuve 10 minutos yendo y viniendo entre los monitores y la sala. En los monitores la señora presente y en la sala nadie. A las 3:15, la señora se levantó de la silla. En el monitor la vi caminando hacia el área de cajas. Se detuvo frente a la caja tres y se paró ahí, de espaldas a la cámara, durante un momento. Luego se dio vuelta y miró directo a la cámara y se sentó de nuevo. En ese momento, en el monitor, pude ver su cara con suficiente claridad. No voy a describir lo que vi porque no tengo manera de hacerlo sin que suene exageración. Solo diré de que no era un rostro normal y que el instinto me hizo no volver a esa sala de noche. Fue el mismo instinto que por 9 años trabajando en este rubro me ha mantenido a salvo. A las 6 de la mañana, cuando llegó el personal, la sala de espera estaba vacía y limpia como siempre. Le reporté el incidente a mi supervisor con todos los detalles. Me dijo que revisaría las grabaciones. Al día siguiente me dijo que las grabaciones de esa noche no parecían ninguna anomalía. Le pedí que me mostrara el video y me dijo que ya había sido sobrescrito por el sistema automáticamente. Sigo trabajando en esa sucursal porque necesito el trabajo, pero desde esa noche nunca apago el monitor de la sala de espera.

Pesco en el lago de Camécuaro desde pequeño. Mi padre me llevaba los fines de semana y los veranos. Y lo que me enseñó se lo enseño ahora a mi hijo. Es un lago pequeño, tranquilo, rodeado de agüegüetes viejos, con las raíces dentro del agua, turistas en el día y silencio la noche. Yo pesco de noche porque es cuando los peces están. Lo que está en el lago de noche no son solamente los peces. Eso lo supe hace 4 años y no lo he olvidado desde entonces. Era una noche de marzo sin luna y el agua completamente quieta. Llevaba 2 horas pescando desde la orilla con buenos resultados. Solo lagos y más luz que mi lámpara de mano y el reflejo de las estrellas en el agua. Fue cuando apagué la lámpara para esperar, como lo hago siempre, cuando vi la luz dentro del lago. No era el reflejo de nada. Era una luz propia, suave, azulada, que venía desde el fondo en el centro del lago. El lago de Camécuaro es poco profundo, pero esa noche la luz venía de más abajo de lo que debería ser. La observé un rato sin moverme. La luz no era estática. Se movía lentamente, como si algo la llevara, describiendo círculos amplios bajo el agua. Luego se detuvo y empezó a subir. Recogí mi equipo sin hacer ruido, lo que en ese momento me pareció importante, aunque no supe por qué. Y caminé hacia la salida del lago sin apresuramiento, pero sin parar. A mis espaldas escuché el agua moverse, no como cuando un animal sale, sino como cuando algo grande desplaza el volumen del agua hacia arriba. No me di vuelta. Llegué a la camioneta, guardé todo y manejé al pueblo. Al día siguiente volví al lago de día con mi hijo. El agua estaba tranquila, turistas paseando en lancha, los agüegüetes con su reflejo de siempre y todo normal. Pero en la orilla donde yo había estado pescando, en el lodo de la ribera, había algo que no quiero describir con detalle, porque no quiero que mi hijo se entere de esto algún día. Solo diré que eran marcas y que tenían un tamaño que no correspondían a ningún animal que yo conozca que viva en ese lago. Sigo pescando en el lago. Es mi lugar y no pienso dejarlo, pero ya no apago la lámpara y tampoco pesco solo.