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¿Alguna vez te has preguntado por qué algunas personas parecen conseguir lo que quieren con una facilidad casi insultante, mientras que otras se pasan la vida rezando, visualizando y pidiendo sin recibir nada?
Solemos pensar que es cuestión de suerte o que quizás no hemos pedido con suficiente fuerza. Pero hoy quiero proponerte algo diferente. Quizás el problema no es que no estés pidiendo lo suficiente. Quizás el problema es precisamente el hecho de que estás pidiendo.
Porque hay una diferencia abismal entre pedir algo y tener la intención de tener algo. Y esa diferencia no está en las palabras que usas, está en desde dónde las usas. Así que hoy vamos a hablar de por qué el Universo y tu propio cerebro ignoran tus súplicas pero obedecen de inmediato tus intenciones.
Para entender por qué caemos en la trampa de pedir tenemos que mirar atrás. Una de las primeras cosas que aprendemos en nuestra infancia es pedir. Es nuestro primer mecanismo de supervivencia. Pedimos permiso. Pedimos perdón. Pedimos regalos a los Reyes Magos o a Santa Claus.
Aprendimos que hay una autoridad externa, padres, profesores, Dios, el Universo, que tiene el poder de concedernos o de negarnos lo que deseamos. Y muchas veces de adultos arrastramos ese mismo patrón infantil sin cuestionarlo. Nos sentamos a meditar o a escribir en nuestro diario y en el fondo nuestra actitud interna es la de un niño con la mano extendida: "Por favor, que me salga este trabajo", "Por favor, que esta persona me quiera", "Por favor, que me toque la lotería para salir de deudas."
Parece inofensivo, ¿verdad? Incluso parece humilde. Pero psicológicamente es una trampa. Vamos a ver qué es lo que pasa cuando estamos pidiendo.
Cuando tú pides algo desesperadamente ¿qué estás afirmando sobre ti mismo o sobre ti misma y sobre tu realidad? Estás confirmando tres cosas: Uno, que no lo tienes. Dos, que te hace falta y esa falta te duele. Y tres, y eso lo peor de todo, estás afirmando que no tienes el poder para conseguirlo por ti mismo o por ti misma. Y por eso necesitas que algo externo te lo dé. El acto de pedir nace por definición de la conciencia de la carencia.
Y aquí es donde entra la física de la realidad que siempre os repito. No atraes lo que quieres. Atraes lo que crees que eres. Si tu pensamiento predominante es "necesito esto porque no lo tengo" tu cerebro y tu realidad te devolverán más experiencias de no tenerlo. Porque esa es la señal que estás emitiendo: carencia, necesidad, vacío. Es como gritarle al espejo: "¡Sonríe!" mientras tú estás llorando. El espejo no puede sonrírte. El espejo solo puede devolverte tu propio llanto reflejado. Nada más.
Quiero que seas honesto u honesta contigo. Cuando piensas en ese gran deseo que tienes, esa pareja, ese dinero, esa salud, ¿qué sientes realmente en la boca del estómago? ¿Sientes la emoción tranquila y segura de quién sabe que su paquete de Amazon ya ha sido enviado y está de camino? ¿O sientes un nudo de ansiedad, una especie de desesperación, un miedo constante a que no llegue? Si sientes ese nudo, esa contracción, esa ansiedad, es porque estás pidiendo. No estás teniendo la intención. Y lo más probable es que esto sea la razón por la que lo que pides tarda.
Pero ¿qué es la intención? Y ojo, porque aquí es donde la mayoría de la gente se confunde. La intención no es desear muy fuerte. La intención no es tener esperanza y ya está. La intención es una determinación serena. Es una decisión irrevocable. Es la certeza absoluta de que algo va a ocurrir. Tarde o temprano, pero va a ocurrir. No porque ojalá ocurra, sino porque tú has decidido que así será y te estás moviendo hacia ello. Estás poniendo de tu parte. Y el Universo, la Vida, Dios te pueden ayudar, pero tú pones de tu parte.
Imagina que vas a beber un vaso de agua. ¿Te sientas en el sofá, cierras los ojos y pides al Universo que el agua llegue a tu boca? ¿Visualizas el agua bajando por tu garganta con emoción? No. Simplemente tienes la intención de beber. Te levantas, vas a la cocina, coges el vaso y bebes el agua. No hay duda, no hay ansiedad, no hay miedo a ver si no hay agua. Hay una certeza operativa. Pues esto es la intención.
La diferencia fundamental entre pedir y tener la intención es la ubicación de la autoridad. Cuando pides, la autoridad está fuera. Es la suerte, es el destino, es el jefe, es la pareja. Tú eres pasivo, eres la víctima de las circunstancias esperando ser salvada.
Cuando tienes una intención, la autoridad vuelve a ti. Tú eres el que decide. Tú eres el que lo está creando, está haciendo que sea posible. La autoridad externa te puede ayudar, pero no va a hacer tu parte. Y fíjate en el lenguaje. El que pide dice: "Me gustaría, ojalá, a ver si hay suerte." El que tiene intención dice: "Voy a...", "Elijo...", "Esto va a pasar..." Y esto no es arrogancia, no es soberbia, es responsabilidad adulta.
La intención le comunica a tu subconsciente que eso no es una sugerencia tímida, es una orden ejecutiva. Y cuando tu cerebro recibe una orden clara, sin las interferencias de la duda o la súplica, moviliza recursos, ideas, energía que ni sabías que tenías para ejecutar tu orden. Pedir confirma la ausencia. La intención activa la presencia.
Imagina que entras a un restaurante de lujo, llega el camarero y tú le dices: "Por favor, por favor ¿sería posible que quizás, si no es mucha molestia, me trajeras un poco de comida? Es que tengo mucha hambre, ojalá me des algo, lo que sea." Si haces esto, el camarero te mirará raro en el mejor de los casos. Pensará que eres inseguro o insegura, o que no tienes dinero para pagar la comida o que algo no va bien contigo.
No, tú miras la carta, cierras el menú y dices con calma: "Quiero la pasta a la carbonara y una copa de vino, por favor. Gracias." No gritas, no suplicas, no dudas si en la cocina habrá pasta o no. Simplemente haces tu elección, es decir, pones la intención y luego esperas tranquilamente, charlando y disfrutando del ambiente. Sabes que el plato está en proceso. No vas a la cocina cada dos minutos a preguntar: "¿Seguro que viene?" Estás en el proceso porque has emitido una orden clara.
En la vida, la mayoría de nosotros nos comportamos como mendigos en un banquete. El Universo, o la Vida, o Dios, llámalo como quieras, es la cocina más eficiente que existe. Lista para tomar tu orden. Pero tú estás demasiado ocupado suplicando por las migajas debajo de la mesa en lugar de sentarte y elegir el plato principal.
Me gustaría preguntarte ¿En qué áreas de tu vida te estás comportando como ese mendigo ahora mismo? ¿Estás mendigando amor esperando que alguien te elija, enviando mensajes ansiosos en lugar de tener la intención clara de construir una relación digna donde tú también eliges? ¿Estás mendigando una oportunidad laboral sintiéndote pequeño en las entrevistas en lugar de tener la intención firme de aportar valor y ser reconocido por ello? Piénsalo. ¿En qué área de tu vida estás mendigando?
Ahora bien, ¿cómo hacemos este cambio? ¿Cómo dejamos de suplicar y empezamos a ordenar, especialmente cuando tenemos miedo? No es fingiendo. No puedes engañar a tu subconsciente. El paso de pedir a tener la intención requiere, digamos, "elevar tu estado de merecimiento". Sólo puedes tener la intención firme de algo si en el fondo crees que es posible para ti, que es normal para ti y que te lo mereces.
Si intentas "ordenar", entre comillas, un millón de euros pero te sientes culpable por gastar 20 euros en ti, te sientes culpable con el dinero, tu intención será débil, será una máscara sobre una súplica. Así que la próxima vez que te "pilles" pidiendo o sintiendo esa ansiedad en el estomago, intenta cambiar el diálogo interno.
En lugar de "por favor, que eso salga bien, que no haya problemas" di "Tengo la intención de que esto salga bien. Sé que va a salir bien. Y voy a poner todo de mi parte y confío en mi capacidad para gestionar lo que venga." Siente la diferencia. Lo primero te hace pequeño, te hace contraerte. Lo segundo te expande, te devuelve el poder.
No necesitas que el Universo te dé permiso para ser feliz o exitoso. Lo tienes desde el momento en el que naciste. Sólo que no te atreves a reclamarlo. Ese permiso te lo tienes que dar tú primero a través de tu intención. Ese cambio de postura no es fácil. A veces es doloroso porque requiere dejar morir a la víctima que llevamos dentro. Y seamos sinceros. A veces le tenemos cariño a esa víctima porque nos exime de responsabilidad. "Pobre de mí. Es que la Vida no me da lo que pido."
Pero si de verdad quieres ver cambios tangibles en tu vida, tienes que soltar la mano extendida y empezar a usar las manos para construir. Gracias por acompañarme. Nos vemos en el próximo vídeo.