Transcription
Buenas noches, Santo Padre. Me llamo Dire, soy de Barcelona, tengo 20 años y estoy estudiando derecho. Vengo de una familia pequeña, de un barrio muy humilde de Barcelona.
Durante mi infancia, mi padre intentó matar a mi madre. Ella se salvó porque un chico se interpuso para protegerla y este murió. Mi padre entró en prisión y mi madre se refugió en el mundo de las drogas. A los 10 años, los servicios sociales se hicieron cargo de mí y me llevaron al centro de menores de San José de la Montaña. Al principio fue muy duro porque [aplausos] había construido un muro para protegerme y no dejaba entrar a nadie. Pero fue allí donde me hablaron de Jesús, donde empecé a rezar y donde finalmente me bauticé. [aplausos]
Más adelante me acogió una familia creyente. Con ellos experimenté por primera vez el amor de una familia y mi corazón comenzó a abrirse poco a poco. [aplausos] Durante mi adolescencia me rebelé muchas veces contra Dios. Sin embargo, me invitaron a un retiro que me ayudó a reencontrarme con su amor y despertó en mí el deseo de perdonar a mi padre. Pero siendo sincera, han pasado algunos meses y todavía me cuesta perdonarlo. A veces levanto los ojos al cielo y le pregunto a Dios, ¿dónde estabas cuando era una niña?
Por eso, Santo Padre, quisiera hacerle una pregunta. ¿Cómo puedo perdonar a mi padre que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿Cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios? Muchas gracias.
Gracias por tu testimonio y gracias por la pregunta sobre el perdón. Es realmente un signo de la gracia de Dios que esta pregunta surja de un pasado tan marcado por el sufrimiento y que a pesar del dolor tengas la valentía de preguntar cómo es posible perdonar a quien nos ha hecho daño.
Quiero decir dos cosas aquí. La primera complementa lo que decía antes sobre la presencia de Dios en las horas de nuestro sufrimiento. En el fondo, también tú expresas esta pregunta respecto a tu infancia, pero el contexto en el que han pasado los hechos de tu vida nos piden ampliar el radio de influencia de nuestra pregunta. Nos hemos de preguntar dónde estaba Dios o nos tenemos que preguntar sobre el hombre y sobre la humanidad, sobre cómo a veces somos prisioneros del mal hasta llegar a ser violentos con los demás. Sobre cómo no conseguimos cultivar el amor y respetar a los demás en su dignidad. Todavía hoy reflejan un clima envenenado en las relaciones familiares de abusos y opresiones y en particular de violencia contra las mujeres que a menudo desembocan lamentablemente también en feminicidios. Esta realidad dramática que tiene raíces antropológicas y culturales, estamos llamados a abordarla todos, sea personalmente, sea como sociedad, porque a nosotros nos corresponde afrontarla en todas sus dimensiones. No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad. No podemos imaginar que Dios desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda. Él nos ha dotado de inteligencia y voluntad, nos ha dado una conciencia, nos ha revestido de dignidad y de libertad y sobre todo ha venido a nuestro encuentro para indicarnos en su hijo Jesucristo el camino a seguir para que nuestra vida sea plenamente humana y en nuestra sociedad reinen la justicia, la paz y la fraternidad. Nos ha dado su mismo espíritu precisamente para que el amor sea la clave de todas nuestras relaciones humanas. Si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio, debemos hacernos algunas preguntas a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia y no a Dios.
Una segunda cosa se refiere al perdón. Debemos aprender a mirar el perdón, poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores, como algo que forma parte de un proceso, de un camino. El mismo evangelio, si lo leemos como un libro de indicaciones, de mandamientos y de deberes, corre el riesgo de causarnos mucho desánimo y frustración, porque Jesús nos invita al perdón y nosotros experimentamos que no somos capaces. En cambio, no es así. El perdón sobre todo debemos invocarlo del Señor, seguir pidiendo tal vez durante toda la vida que el Señor amplíe en nosotros el espacio del amor precisamente allí donde hemos sido heridos. Que nos ayude a reconciliarnos con nosotros mismos y con esta parte de nuestra historia marcada por el sufrimiento, que lentamente transforme el resentimiento en misericordia y compasión. Es un camino largo, es un proceso que requiere mucha paciencia, es un trabajo que debemos hacer con nosotros mismos, tanto personalmente como por medio de otros itinerarios de acompañamiento y también reconciliación interior. Y es necesario no desanimarse. En el perdón se avanza con pequeños pasos. La reconciliación con la historia es gradual y sobre todo no debemos pensar que el perdón equivalga siempre y en todos los casos a volver a la situación anterior o a vivir una relación plena con quienes nos han herido. Especialmente cuando el hecho ha sido marcado también por la violencia. Se puede permanecer en la buena disposición del corazón hacia la persona, rechazar toda forma de odio o de venganza, esforzarse por reparar la relación en la medida de lo posible y quizá rezar por él o por ella. Todo esto nos ayuda a entrar cada vez más en la dinámica del perdón y a reconciliarnos con Dios y con los demás. Somos pecadores perdonados, pacificados y capaces de perdonar. Capaces de ser portadores de paz. [aplausos] Gloria. [música]