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Ser demasiado consciente es una enfermedad, diría Fodor Dostoyevski. En su obra Memorias de subsuelo, el autor ruso expone el delirio al que un hombre puede llegar cuando su vida es secuestrada por la hiperconciencia, el análisis excesivo de cada impulso, cada motivo, cada pensamiento. Este hombre del subsuelo, que se concibe a sí mismo como un enfermo al sufrir por entender su miseria, pero ser incapaz de cambiarla, está destinado a un castigo perpetuo. Porque cuando el don de pensar y razonar se convierte en un impedimento para actuar, el hombre se niega a vivir y se conforma con observar. Y qué mayor castigo que estar vivo sin realmente vivir. En este video te presento la desgracia de ser demasiado consciente.
Dostoyevski tenía un talento extraordinario para plasmar en papel el agónico sufrimiento de sus personajes. Si bien cada obra literaria escrita en la historia refleja un pequeño fragmento de nuestra humanidad, sus historias abordan un sufrimiento particular, un dolor metafísico, una angustia paralizante producto del sobrepensar. A través de obras como Memorias de subsuelo, Crimen y castigo o Noches blancas, el lector puede identificar en las palabras escritas la profunda amargura que experimenta el personaje principal al ser demasiado consciente de sí mismo, consciente de sus emociones, de sus pensamientos, de sus pecados y de sus delirios.
De las 800 páginas que tiene el libro Crimen y Castigo, me atrevo a decir que el 80% de la historia está centrada en el tormento que persigue a Raskolnikov por el desagradable crimen que cometió. Su castigo no es la consecuencia legal, ni la desaprobación de sus seres queridos, ni la privación de su libertad, sino la desgracia de ver cómo la culpa lo carcome por dentro sin poder hacer nada al respecto. Rascolnikov es descrito como un hombre que siente profundamente, aunque desprecia al hombre común y corriente y se considera un hombre extraordinario, no puede dejar de sentir, ver y analizar cómo su intelecto y grandeza son fielmente desperdiciados por él mismo. Él es la personificación de un alma que intenta huir de sí misma, pero no logra hacerlo. Está estancado, embrutecido por la pasividad y, por supuesto, la conciencia de su pecado, la cereza del pastel, produce una somatización que hace de su vida un auténtico infierno. No solo es perseguido por su propia conciencia, sino que su cuerpo deja de responder.
En Memorias de subsuelo, Dostoyevski describe lo que para muchos de nosotros es una realidad agridulce, la excesiva conciencia de nuestra existencia. Agridulce. Porque si bien la mayoría de nuestros procesos psicológicos ocurren a un nivel inconsciente, de no ser por la conciencia, no podríamos experimentar vívidamente la realidad, no podríamos contemplar un atardecer o cuestionarnos sobre la existencia de Dios. Sin embargo, también es a través de esa conciencia que emerge una exagerada preocupación por cuestiones tan elementales que el fuego de nuestro espíritu se ahoga con tantos análisis y preguntas sin respuesta.
El autor ruso predijo en sus novelas lo que hoy la neurociencia confirma. Cuando la red neuronal por defecto, la parte del cerebro encargada de la autoconciencia, está sobrecargada de actividad, lo que antes era insignificante y no estaba relacionado con el yo, se convierte en un problema del yo. Algo tan simple como una oración, un mensaje de texto o un simple gesto para la mente demasiado consciente se transforma en un tablero de misterios que debe ser atendido y resuelto inmediatamente. Si en un estado normal la conciencia reflexiona continuamente sobre lo que haces y en cómo afectas el entorno, cuando esta red neuronal está sobrecargada, la tendencia a personalizar todo incrementa y al incrementar la atención del ego en el yo, aumenta la necesidad de responder cada pregunta, cada incógnita, cada acertijo. Se tiene que descifrar cada gesto, cada silencio, cada sonrisa.
Las respuestas naturalmente nos ofrecen orden o por lo menos la ilusión del orden. Y es a partir de esas respuestas que encontramos que podemos darle sentido a nuestra existencia. Sin embargo, cuando las buscas de manera excesiva, no solo estás agotando recursos cognitivos innecesariamente, sino que tiendes a asumir cuestiones, dilemas y problemas que no te corresponden. Surgen explicaciones narcisistas que dan sentido a nuestro mundo, pero que no son necesariamente correctas. Las necesitamos para justificar nuestro sufrimiento, pero ciertamente están alejadas de la realidad.
De acuerdo con la neurociencia, hay una correlación entre la depresión y la hiperactividad en la red neuronal por defecto, ya que el pensamiento excesivo es uno de los síntomas más comunes de este trastorno. No es extraño que la mayoría de personajes escritos por Dostoyevski desplieguen conductas y pensamientos que sugieren depresión. No es extraño tampoco que la persona excesivamente consciente acentúe gradualmente la incapacidad de disfrutar espontáneamente la vida. Pues todo es calculado, analizado y dirigido al único propósito de saber, porque esa es la trampa del ego, hacernos creer que necesitamos saber, que tenemos que descifrar lo que no se dice en voz alta, pero jamás nos instruye a cambiar, solo nos atormenta con el saber.
El autor de Eclesiastés dice, francamente, mientras más sabiduría, más problemas, mientras más se sabe, más se sufre. Y es que una persona demasiado consciente de sí misma puede observar dentro de sí sus demonios, sus intenciones, sus más puros y nobles deseos, su anhelo de ser valiente, sus oscuras fantasías y ya quedarse ahí analizando, observando, conociendo sin nunca dar un paso hacia el frente. Puede reconocer sus talentos y virtudes y jamás cultivarlos. Puede apuntar sus defectos y vicios y nunca cambiarlos. Puede ser consciente de su propia incongruencia y aún así justificar y encontrar razones para no ser congruente.
Pues el ego es increíblemente astuto, de manera brillante nos paraliza porque hay un cierto grado de satisfacción en no hacer lo que tenemos que hacer. Es una satisfacción leve y mundana, pero que nos inmoviliza haciéndonos creer que nos está tranquilizando. Es preferible evitar la responsabilidad de actuar que lanzarse al río y empezar a nadar. Ese es el gran problema de ser demasiado consciente. Ese es el problema del hombre del subsuelo, llegar a conocer sin nunca tener la valentía de actuar.
En mi caso personal, no me considero un hombre de acción. Soy más bien un hombre de pensamiento y esa es mi bendición y mi maldición. Sé que tengo que actuar, encontrar un equilibrio entre el pensar y el actuar, pero no siempre lo hago. Mi ego encuentra razones para no hacer lo que debo hacer. Tengo el don de observar lo que quizás no todos logran observar. Sin embargo, también tengo la desgracia de no hacer lo que otros logran hacer. Puedo pasar horas sentado en una cafetería escribiendo mis pensamientos, descifrando mis temores, plasmando mis más profundos deseos, pero la cantidad de acciones ejecutadas comparadas con la cantidad de horas de introspección simplemente no es proporcional.
Y eso es lo irónico. Yo sé que la acción es lo que nos mueve. La vida misma es acción. No hay átomo ni partícula que no estén en movimiento. No hay célula ni planeta que no estén en acción. Desde la concepción hasta la muerte, todo es un flujo continuo de movimientos, acciones y consecuencias, causas y efectos uno tras otro. Incluso en la muerte, el cuerpo se descompone y el espíritu asciende. No hay momento en la vida donde no haya acción y aún así la conciencia me paraliza, me atormenta, me condena.
Por eso decía Dostoyevski que ser demasiado consciente es una enfermedad porque te paraliza aún cuando tu ferviente deseo es vivir. El horror de ser demasiado consciente no es ver demasiado, es verse demasiado. Por esa razón es un imperativo morir a uno mismo, morir al ego astuto que nos crucifica con placeres inmediatos, morir a lo que nos abstiene de crecer, a conductas, pensamientos y creencias que sabotean nuestra plenitud. En últimas, eso es lo que todos queremos, aunque ninguno sepa realmente cómo hacerlo. Vivir.
Decía Facundo Cabral, qué extraña criatura es el hombre. Nacer no pide, vivir no sabe y morir no quiere. Creo en lo profundo de mi corazón que no hay persona en este mundo que no anhele una vida digna de ser vivida. Lo irónico es que ninguno sabe cómo vivir.
El ser conscientes es una cualidad inherentemente humana, pues aunque hay animales que demuestren una extraordinaria inteligencia, no hay evidencia de autorreflexión o autoconciencia en el reino animal. Un chimpancé, por lo que sabemos, no se sienta a reflexionar sobre su día. No aprecia la complejidad de una sinfonía de Beethoven, ni puede ver el talento que se manifiesta en una escultura de Miguel Ángel. El hombre, por otro lado, no solo percibe estímulos visuales o auditivos, los puede contemplar, sentir, analizar o juzgar. El sonido de las finas gotas de agua impactando la Tierra en un domingo lluvioso nos transportan a una dimensión donde la calma y la tranquilidad se apoderan temporalmente de nuestro estado anímico. No solo estás procesando información, la estás viviendo. Eres capaz de encontrar patrones, organizar conceptos y apreciar distintos colores creando la ilusión de realidad en la que habitas. Puedes incluso cuestionar la forma en que percibes tu realidad. Gracias a la conciencia puedes dudar de tu existencia, preguntarte sobre el sentido de la vida o evaluar la moralidad de tus acciones.
Decía Dostoyevski que el sufrimiento y el dolor son siempre inevitables para una inteligencia amplia y un corazón profundo. Los verdaderos grandes hombres, creo yo, deben experimentar en este mundo una gran tristeza. Y es que el peso de ser demasiado consciente nunca se suelta. No se libera uno de sus pensamientos como se libera uno de las cadenas de un vicio. Simplemente se aprende a vivir con tus pensamientos sin dejar que te paralicen, sin dejar que anulen tu capacidad de actuar.
En el templo de Apolo en Delfos había inscrito una invitación que para ese entonces era una máxima de la sabiduría. "Note sea" o en español "Conócete a ti mismo". Y es que el ejercer la conciencia más que una cualidad humana es un deber para con uno mismo. Porque cuando un hombre no se conoce a sí mismo, está destinado a que el mundo dictamine quién debe ser. Pero tampoco se puede quedar en el conocer. Debe actuar, cambiar sus defectos y cultivar sus virtudes. De lo contrario, entra en un estado de rumiación donde su mente repite cíclicamente un pensamiento sin nunca hacer nada al respecto. ¿Y qué desgracia es para un hombre envejecer sin nunca haber visto la grandeza que habita en él?
Por eso, mi estimado, yo te invito a buscar la virtud, a ejercer la voluntad y la razón para cultivar tu espíritu, a no desfallecer frente a los pensamientos que atormentan tu conciencia, sino a equilibrarlos con acción sabia y dirigida, a que te conviertas en un hombre fuerte, valiente y sabio, no en un instrumento del mundo, del ego o de la carne. A ser un hombre ejemplar, un hombre preparado para la guerra, pero en busca de paz. Te invito a buscar el camino, la verdad y la vida. La diferencia entre un hombre ordinario y uno legendario está en qué tanto se conoce. Descarga ya Conócete, guía de autoconocimiento masculino y construye tu vida como un hombre ejemplar. La puedes encontrar en hombres.com.