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Galileo Galilei y la primera revolución científica (siglo XVII)

Joey Alday41:18

Transcription

[Música]

En 1564, el mismo año del nacimiento de Shakespeare en Inglaterra, nació Galileo en Pisa, Italia, la cuna del Renacimiento. Pero Galileo estaba predestinado a una vida de problemas. Su padre era tan contestatario como lo iba a ser Galileo.

La mentalidad abierta y la vasta educación que el joven Galileo recibió en los campos de la música, la literatura, el arte y la ciencia hicieron que nunca lograra controlar su lengua y que tuviese que sufrir en silencio. Apenas existen datos sobre su niñez, pero la fascinación que tempranamente mostró por la física revela que siempre poseyó una mente inquisitiva y abierta. Fue esta actitud lo que más tarde le llevaría al triunfo y a la catástrofe.

Bajo la atenta mirada de su padre, Vincenzo Galileo, aprendió a pintar, a tocar el laúd y a escribir poesía. En los peligrosos días que le aguardaban, la música y la pintura le proporcionaron una gran fuente de alivio.

El joven Galileo no fue formalmente a la escuela hasta 1574, año en que su familia se trasladó a Florencia. En la Facultad de Medicina de la Universidad de Pisa fue en donde dio las primeras muestras de descontento y de oposición a la autoridad que marcarían su ascenso y su caída. Allí se ganó el apodo de "El Disputas" debido a su tempestuoso carácter. Fue en Pisa donde se enfrentó por primera vez a las teorías del filósofo griego Aristóteles, que le perseguirían sin cesar. Su lucha por cortar las ramas secas de la teoría aristotélica.

[Música]

Galileo jamás aceptó ninguna afirmación basada en las apariencias. Pretendía que todo fuese demostrado por medio de la experimentación. Esto constituía una nueva y revolucionaria actitud. Durante sus estudios universitarios se reveló el temperamento que caracterizaría al joven agitador durante el resto de su vida. Despreciaba el sometimiento ciego a la autoridad y vio que los estudios médicos estaban llenos de una absurda obediencia. Como resultado de ello, dejó la universidad en 1585 sin graduarse.

La historia del péndulo muestra que Galileo estaba fascinado por la medición y por los problemas que planteaba la física. Sin embargo, Galileo era una fuerza desconocida en el mundo de la ciencia. Después de abandonar la universidad, se sumergió en el estudio de la física y las matemáticas, pero necesitaba reconocimiento y una cátedra de universidad para poder llevar a cabo sus investigaciones y continuar con sus estudios. Su frustración creció. A pesar de todo, centró su poder de análisis en los problemas de la gravedad y la flotación, cimentando las bases de su reputación.

En 1588, fue invitado a pronunciar una conferencia en la Academia de Florencia. Aquella era la oportunidad por la que había estado suspirando y se aferró a ella con avidez, preparándose a conciencia como solo haría posteriormente para afrontar su proceso con una Claridad pasmosa y una exquisita atención al detalle. Él, Galileo, estaba listo para desafiar al mundo y, sorprendentemente, lo hizo con extremo tacto, cualidad por la que más tarde no destacaría. Combinando el análisis matemático con un amplio conocimiento de la literatura antigua y moderna para realizar un brillante discurso, su fama estaba asegurada. Pronto le concedieron el puesto que deseaba.

En 1589, "El Disputas", que entonces tenía 25 años, fue nombrado profesor de matemáticas en su antigua universidad.

[Risas]

Pisa. Allí iba a hacer honor a su apodo. Desde su nuevo estatus recién adquirido, arrasaría el pensamiento de miras estrechas y aplastaría el peso muerto de la autoridad ignorante. Su ataque comenzó de inmediato.

La aproximación a la ciencia de Galileo era innovadora y Revolucionaria. En una época de supersticiones, estaba decidido a hacer tabla rasa, empleando las matemáticas para resolver los problemas de la física y el análisis geométrico y numérico para explicar el funcionamiento del mundo. Puso los cimientos de la investigación moderna. Sin embargo, en esta aproximación estaba la semilla de su ruina, ya que en su tratado "De Motu" (en movimiento), escrito en esta época, se mostraba abierto a la idea de que la tierra rota sobre su propio eje. De ahí a aceptar y defender la teoría formulada por primera vez por el astrónomo polaco Nicolás Copérnico, fallecido unos 45 años antes, solo había un paso. Copérnico había afirmado que la tierra se movía a lo largo de una órbita alrededor del sol y que no era el centro del universo. Es la doctrina heliocéntrica. La teoría de Aristóteles, que sostenía exactamente lo contrario, estaba en la línea de las enseñanzas de la Iglesia. Desafiarla significaba enfrentarse a la acusación de herejía y arriesgarse a la horrible muerte que dicha falta traía consigo. Era el desafío a esta teoría lo que hizo derrumbarse el edificio que Galileo había construido.

La ciudad de Padua parecía ofrecer a Galileo todo lo que podía desear. Famosa por su libertad e independencia de pensamiento, daba la impresión de ser el lugar ideal para un nuevo comienzo y para la continuación de su trabajo. Su éxito material y su reputación profesional crecieron al mismo tiempo. Allí, Galileo inició un periodo de intenso y fructífero trabajo, estudiando, enseñando en privado e investigando. Todavía le quedaron energías para crear un taller donde producir instrumentos científicos y, además, proyectar y construir personalmente aparatos para sus investigaciones.

A pesar de su actividad febril, o tal vez a causa de ella, Galileo tomó esposa: la encantadora Marina Gamba, con quien vivió 10 años y tuvo tres hijos, dos niñas y un niño. La niña más pequeña, Virginia, era dulce y sensible y, durante su vida transcurrida en un convento como la hermana María Celeste, mantuvo una larga correspondencia con su padre. Galileo daba gran importancia a esta relación, ya que le aportó sosiego en algunos de los periodos más solitarios y desagradables de su vida. Cuando Galileo abandonó Padua, también se separó de Marina, aunque de un modo amistoso.

Pero Galileo no era persona inclinada a seguir el camino más fácil. Si no había ninguna razón para trabajar incansablemente, encontraba una. Entonces quiso regresar a Florencia. Además, estaba cansado de la rutina de la docencia.

En 1609 llegó a Italia un objeto que iba a cambiar la vida de Galileo drástica y completamente. Un objeto que atrajo hacia él la ira de la Inquisición y casi le costó la vida. El [Música] anteojo. Aunque aquel anteojo era rudimentario y no era más que un juguete innovador, despertó un entusiasmo febril en Italia. Pero en manos de Galileo iba a alterar el modo en que la humanidad percibía el mundo de un modo profundo e irrevocable.

Tan pronto como pudo, Galileo obtuvo una descripción del instrumento y aquella misma noche se dedicó a la construcción del primer [Música] telescopio. La oportunidad de dar su siguiente paso hacia adelante no iba a tardar en presentarse. Cuando el Senado estaba considerando si comprar o no uno de esos nuevos instrumentos, Galileo se ofreció de inmediato para construir uno mejor. Para su regocijo, el Senado aceptó esperar a ver lo que era capaz de hacer.

Galileo se puso a trabajar de inmediato, utilizando las mejores lentes venecianas, probando y rechazando modelos una y otra vez, luchando con los problemas de distorsión y aumento hasta que, a finales de agosto, consiguió terminar un telescopio que, sin duda, iba a ensalzar su reputación, pues aumentaba en nueve veces la visión de cualquier objeto. Cuando lo presentó ante el Senado, el éxito fue instantáneo. Eso le reportó la cátedra vitalicia de matemáticas en la Universidad de Pisa, además de un salario de 1000 florines anuales.

Eso era solo el principio. Galileo transformó completamente su taller para orientarlo a la producción de telescopios en un intento de conseguir una magnificación de las imágenes aún mayor. Pasó poco tiempo antes de que lo lograra y consiguió construir un telescopio de 30 aumentos. Fue este telescopio el que dirigió, emocionado, hacia los astros.

Lo que vio Galileo a través de su telescopio le dejó anonadado. Los cielos abrieron las puertas de sus secretos y maravillas. Con cada nuevo descubrimiento, las pruebas de que la tierra se movía eran cada vez más evidentes. Pero las propias vistas eran impresionantes para un observador del siglo XV. En su pequeño libro "Sidereus Nuncius" (El Mensajero de las Estrellas), Galileo escribió: "Es una visión de lo más hermosa y agradable contemplar el cuerpo de la luna, unas 30 veces más grande. Uno puede saber, con la certeza que nos proporcionan nuestros sentidos, que la luna ciertamente no posee una superficie lisa y pulida. Al contrario, es rugosa y desigual, como la propia superficie de la Tierra. Está llena de grandes protuberancias, abismos profundos, suaves colinas y profundos valles".

[Música]

Aristóteles había afirmado lo contrario. Los descubrimientos se sucedieron a raudales. La Vía Láctea resultó ser una retahíla de estrellas. Había estrellas que jamás se habían observado antes, tan numerosas, dijo Galileo, que casi está más allá de lo concebible. Luego descubrió que los cuatro satélites de Júpiter, de hecho, orbitaban a su alrededor. Estaba a punto de remachar otro clavo en el ataúd de la teoría aristotélica. Aristóteles estaba equivocado. Galileo lo sabía y no tenía miedo de proclamarlo al mundo. Eso hizo con la publicación de "Sidereus Nuncius". El libro se convirtió en un bestseller y, en pocos meses, se publicó una segunda edición. Galileo se hizo famoso de la noche a la mañana. Su sueño se había convertido en realidad.

Pero a pesar de su éxito, Galileo no se sentía más satisfecho que siendo un matemático desconocido. No lo estaba ni con el enorme aumento de su salario, ni con el título de filósofo y matemático del Gran Duque, ni con toda Europa hablando de él. Dimitió de su cargo en la Universidad de Padua y regresó a Florencia. Casi inmediatamente, sus estudios del cielo nocturno le llevaron al descubrimiento de que Venus debía orbitar alrededor del sol y no de la Tierra, lo que confirmaba la teoría de Copérnico de una tierra en movimiento.

A medida que Galileo ganaba en confianza y seguridad, también aumentaba la indignación y la determinación de sus enemigos para aplastar al presuntuoso astrónomo, ajeno al hecho de que una feroz tormenta estaba a punto de desencadenarse sobre él. Galileo fue a Roma para convencer a la orden religiosa de los Jesuitas de la verdad de sus observaciones. En eso tuvo un éxito completo. Fue bien recibido por el Papa y le ensalzaron. Allí donde fue, rebautizó su nuevo instrumento con el nombre de telescopio y regresó a Florencia, alentado por su buena fortuna.

En Florencia, sus detractores se habían unido alrededor de un arrogante académico llamado Ludovico de le Colombe y habían elaborado un plan muy sencillo: dejar que las teorías iconoclastas de Galileo se convirtiesen en su propia trampa y le desacreditar. Poco a poco, empujaron a Galileo hacia su destino. Se produjeron violentas discusiones acerca de si la forma era el factor decisivo en mantener un objeto flotando, y Galileo cayó víctima de su feroz carácter y de su incapacidad para tratar con ignorantes. Galileo comenzó por poner en duda teorías claramente imprecisas, despotricando sobre los átomos de fuego que podían atravesar los cuerpos sólidos. Muchos esperaban que el espíritu mordaz de Galileo le conduciría al fracaso. Estaban equivocados y solo pudieron atraparle por medio de la corrupción y el soborno.

El desenlace se produjo a raíz del descubrimiento por parte de un jesuita alemán, el padre Christoph Scheiner, de unas misteriosas manchas en el sol, unos puntos negros sobre la superficie del sol. Cuando Galileo afirmó, probablemente con razón, que él las había observado antes, se metió de lleno en una controversia tan intensa como el calor del propio sol. "Algunos", dijo, "han intentado privarme de la gloria que me corresponde, pretendiendo no haber leído mis tratados y, consiguientemente, reivindicando ser los descubridores originales de tan impresionantes maravillas". Scheiner se enfureció ante tal acusación. Como era de esperar, Galileo se dispuso a luchar del único modo que sabía: disparando su furia.

[Música]

Ludovico de le Colombe colocó la trampa y esperó a que Galileo mordiera el anzuelo. Lo consiguió con una pregunta: "¿Es contrario a las Escrituras afirmar que la Tierra se mueve?". Galileo vio demasiado tarde cómo la flameante espada que defendía la autoridad de la Iglesia se volvía contra él. Durante un breve periodo, Galileo consiguió girar las tornas y, dominando su ira y con aguda inteligencia, quitó el viento de las velas de Colombe con una brillante carta en su defensa. "La Biblia", afirmó, "no debe ser utilizada como arma arrojadiza por una escuela filosófica contra otra".

En diciembre de 1614, los oscuros nubarrones se cernieron sobre Galileo con una intensidad que ni siquiera sus satisfechos enemigos hubieran podido prever. Un monje dominico, Tomás Ochinni, se presentó ante su congregación y afirmó que las matemáticas eran la obra del Diablo y que los matemáticos deberían ser expulsados de las naciones cristianas. "La idea de que la Tierra se mueve", proclamó Ochinni, "es equivalente a una herejía", y el castigo por herejía era ser quemado vivo en la [Música] hoguera.

Sostener las ideas de Galileo ya no era seguro. Todo el mundo conocía la historia del monje dominico Giordano Bruno, que había insistido en apoyar la teoría copernicana de un sol estático. Giordano Bruno había sido denunciado a la Inquisición, probablemente torturado y quemado en la hoguera. Ese era el castigo por [Música] herejía.

No formaba parte de la naturaleza de Galileo permanecer con los brazos cruzados y permitir que el progreso del mundo fuese detenido por la ira de un rencoroso cura. Sin embargo, la relación entre los dominicos y el Santo Oficio de la Inquisición era muy estrecha. ¿Cómo podía librarse de la espada que le estaba lamiendo el cuello y conservar al mismo tiempo su integridad científica? Comenzó a tener miedo.

En 1615, se citó a Galileo para que se presentara ante el Papa en Roma. El libro de Copérnico, que exponía la teoría heliocéntrica, había sido momentáneamente suspendido para hacer ciertas correcciones, un término ambiguo que significaba que los fragmentos considerados heréticos iban a eliminarse. Galileo sería conducido ante el Papa y advertido de que debía abandonar dicha teoría. Consciente de que si se negaba sería condenado por la Inquisición, Galileo se dispuso a celebrar el encuentro y aceptó la advertencia. Y a partir de entonces, controló su temperamento y esperó un momento más oportuno para exponer de nuevo sus creencias.

Eso no fue suficiente para los enemigos de Galileo, que no solo querían silenciarle, sino dejarle fuera de juego para siempre. Sus adversarios más poderosos hicieron todo lo que hacen las autoridades corrompidas: falsificaron el documento que recogía la entrevista con el Papa y lo guardaron en los archivos del Vaticano, preparando para Galileo casi una condena a muerte definitiva. Más tarde, ese documento estaría a punto de llevarle a la hoguera. Según ese documento falsificado, a Galileo se le ordena retractarse de sus ideas, que el sol es el centro inamovible del mundo y que la tierra se mueve en torno a él, idea que no deberá sostener, enseñar ni defender en ninguna forma, ni verbal ni escrita.

[Música]

Sin embargo, en lo que respecta a Galileo, la copa envenenada había pasado y volvió de nuevo a sus experimentos científicos. Su interés en la óptica le llevó a la invención del microscopio, al tiempo que estaba concentrado en la medición de la aceleración de los objetos en caída. Pero la controversia continuó. Galileo era incapaz de mantener la boca cerrada cuando se le desafiaba y sus escritos eran inimitables. Era un maestro de la prosa y de la sátira, claro y agudo como la hoja de una daga.

El amigo de Galileo, Maffeo Barberini, se convirtió en el Papa Urbano VIII. El futuro parecía lleno de promesas, pero Galileo pronto iba a descubrir lo engañado que estaba. En 1632, cuando Galileo tenía 68 años de edad, terminó "El Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo", una disertación sobre todos los puntos que él trataba de defender. Fue un intento de volver a presentar su teoría de la tierra en movimiento y una verdadera joya literaria. Galileo había calculado mal y la aparición del libro fue como si se tirase de cabeza contra el suelo. El Papa Urbano VIII se enfureció ante aquel acto de abierto desafío. Los Jesuitas, dando escape a años de resentimiento, hicieron todo lo que pudieron para avivar la ira del pontífice. El libro fue suspendido y sometido a un concienzudo examen.

Cuando Galileo se dio cuenta del resultado, se quedó totalmente mudo, sorprendente para un hombre como él. El diálogo fue considerado inaceptable para la Iglesia, pero todavía iba a suceder algo peor. El Papa convocó a la Inquisición, lo que condujo a Galileo a una situación realmente crítica.

Galileo se encontraba en un estado de shock cuando la Inquisición de Florencia llamó a su casa con una acusación formal. Le ordenó que se presentara en Roma antes de 30 días para responder a los cargos que pesaban contra él. Era justo la noticia que más temía. Galileo iba a ser acusado de herejía y procesado en Roma. Se celebraron una serie de vistas e interrogatorios para poner a prueba las convicciones y la inteligencia de Galileo. Como en la primera ocasión, y aunque estaba débil y enfermo, se defendió con habilidad y brillantez, intentando superar a sus detractores por medio de la oratoria. Pero ahora iban a obligarle a "encarar la rodilla". No era aquel el momento para su prosa satírica. Estaba luchando por su vida, por su honor, por la verdad.

De los archivos del Vaticano llegó el documento falsificado en el que se le ordenaban no sostener, enseñar ni defender la teoría copernicana en ninguna forma. Galileo protestó y afirmó que dicho documento no recogía los hechos correctamente, pero sus esfuerzos fueron en vano. Los diálogos iban claramente contra esa orden. No había salida posible. La Inquisición no se andaba con sutilezas. Sabía cómo hacer confesar a la gente. Buscaba un punto débil en el acusado. A menos que este admitiera su culpabilidad, sus amigos suplicaron a Galileo que se declarara culpable, tragarse el orgullo y la vanidad, admitir haber olvidado que había sido advertido y abandonar la teoría de que la tierra se movía para seguir vivo. Su vida estaba en sus propias manos. ¿Cuál iba a ser su decisión?

No había posibilidad alguna de defender su postura. Para Galileo, la decisión era clara: ¿valía la pena morir por la verdad? ¿Debía soportar la cárcel, la tortura y ser quemado en la hoguera por sus creencias científicas? ¿Debía sacrificarse por los principios que sabía que eran ciertos? En última instancia, ¿poseía el coraje para afrontar el martirio en aras de la ciencia? Con las llamas bailando en su mente y los gritos de otros herejes resonando en la mente, Galileo compareció de nuevo ante el Comisario General de la Inquisición y sus [Música] ayudantes. El orgulloso y arrogante indagador de la verdad iba a ser obligado a confesar su pecado.

Su humillación fue completa. "Mi error ha sido, lo confieso, la vanidad, la ambición de gloria, la pura ignorancia y el descuido. Y me confirmo en mi aseveración: no he sostenido ni sostengo como verdadera la opinión que ha sido condenada del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del sol. Si me concedieran, como yo deseo, los medios y el tiempo para presentar una clara demostración de ello, estoy listo para hacerla".

Habiendo confesado, Galileo esperaba una sentencia clemente, pero su antiguo amigo, el Papa, quería venganza. Su deseo era destruir a Galileo. La sentencia fue severa. Postrado de rodillas, un hombre anciano y enfermo esperaba temblando de miedo bajo la larga túnica. Su sentencia de prisión se confirmó, al igual que la prohibición de su libro. Pero solo más tarde llegó la parte más dura para el orgulloso genio.

"Yo, Galileo, hijo del finado Vincenso Galilei, Florentino, de 70 años de edad, he sido declarado por el Santo Oficio culpable de ser sospechoso de reiterada y vehemente herejía. Eso es como decir que he sostenido y creído que el sol era el centro inamovible del universo y que la Tierra no era el centro y se mueve. Con sincero corazón y una fe ciega, abjuro, maldigo y aborrezco de los errores y herejías anteriormente mencionados". La ignorancia y el miedo, los peores enemigos de la verdad, habían vencido. El progreso científico en Italia se detuvo en seco.

El consuelo de haberle sido concedido regresar a Florencia se vio empañado por otro golpe amargo. Su amada hija, la hermana María Celeste, cuya correspondencia asidua siempre le había reconfortado, murió en la primavera del año siguiente. Galileo estaba destrozado. Parecía que no deseaba otra cosa que reunirse con su hija fallecida.

Pero el espíritu combativo de Galileo no podía ser completamente destruido. Poco tiempo después, un forastero escribió que Galileo y sus amigos, en particular un hombre llamado Piccolomini, estaban esparciendo papeles por el suelo con tanto entusiasmo que uno no podía más que mostrar admiración. A los 74 años, publicó "Los Discursos y Demostraciones Matemáticas en torno a dos Nuevas Ciencias" relacionadas con la mecánica. Lejos de estar acabado, de nuevo se lanzaba a la guerra contra Aristóteles, como haría un niño castigado injustamente. Era otra obra brillante en la que abordaba algunos de sus argumentos preferidos: el movimiento, la aceleración, la mecánica y la filosofía de la ciencia. Su frase: "Cualquier fuerza imprimida a un objeto hará que dicho objeto mantenga un movimiento uniforme" permanece como uno de los pilares fundamentales de la física, demostrando lo avanzado que era el pensamiento de Galileo.

Pero al final, cuando se debilitó su vista y se quedó ciego, ya no pudo continuar con sus experimentos. Tras vivir lo suficiente para concluir la construcción de su calculador de satélites, con el que pretendía marcar las posiciones pasadas y futuras de los planetas, la brillante luz de su penetrante y abrasivo genio comenzó a vacilar para luego extinguirse. Galileo, el azote de los estrechos de miras y los ignorantes, murió en 1642.

La importancia de su trabajo, los principios que estableció en matemáticas y en física, y que hoy afectan nuestras vidas, son reconocidos ahora, casi 400 años después, por la Agencia Espacial Norteamericana, la NASA, mientras la Sonda Galileo abre aún más las fronteras del conocimiento científico, tal como hizo él en su tiempo. Aunque la fuerza de la ignorancia goza del poder para asestar una terrible venganza sobre aquellos que osan interponerse en su camino, Galileo Galilei, un artista, un músico, un filósofo, un matemático, pero por encima de todo, un pionero y un rebelde, se atrevió a defender y enfrentarse a todos en su persecución de la verdad. Todos nosotros tenemos con él una deuda inextinguible.

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En 1609 llegó a Italia un objeto que iba a cambiar la vida de Galileo drástica y completamente. Un objeto que atrajo hacia él la ira de la Inquisición y casi le costó la vida. El [Música] anteojo. Aunque aquel anteojo era rudimentario y no era más que un juguete innovador, despertó un entusiasmo febril en Italia. Pero en manos de Galileo iba a alterar el modo en que la humanidad percibía el mundo de un modo profundo e irrevocable.

Tan pronto como pudo, del instrumento y aquella misma noche se dedicó a la construcción del primer [Música] telescopio. La oportunidad de dar su siguiente paso hacia adelante no iba a tardar en presentarse. Cuando el Senado estaba considerando si comprar o no uno de esos nuevos instrumentos, Galileo se ofreció de inmediato para construir uno mejor. Para su regocijo, el Senado aceptó esperar a ver lo que era capaz de hacer.

Galileo se puso a trabajar de inmediato, utilizando las mejores lentes venecianas, probando y rechazando modelos una y otra vez, luchando con los problemas de distorsión y aumento hasta que, a finales de agosto, consiguió terminar un telescopio que, sin duda, iba a ensalzar su reputación, pues aumentaba en nueve veces la visión de cualquier objeto.

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Los astros. Lo que vio Galileo a través de su telescopio le dejó anonadado. Los cielos abrieron las puertas de sus secretos y maravillas. Con cada nuevo descubrimiento, las pruebas de que la tierra se movía eran cada vez más evidentes. Pero las propias vistas eran impresionantes para un observador del siglo XV. En su pequeño libro "Sidereus Nuncius" (El Mensajero de las Estrellas), Galileo escribió: "Es una visión de lo más hermosa y agradable contemplar el cuerpo de la luna, unas 30 veces más grande. Uno puede saber, con la certeza que nos proporcionan nuestros sentidos, que la luna ciertamente no posee una superficie lisa y pulida. Al contrario, es rugosa y desigual, como la propia superficie de la Tierra. Está llena de grandes protuberancias, abismos profundos, suaves colinas y profundos valles".

[Música]

Aristóteles había afirmado lo contrario. Los descubrimientos se sucedieron a raudales. La Vía Láctea resultó ser una retahíla de estrellas. Había estrellas que jamás se habían observado antes, tan numerosas, dijo Galileo, que casi está más allá de lo concebible. Luego descubrió que los cuatro satélites de Júpiter, de hecho, orbitaban a su alrededor. Estaba a punto de remachar otro clavo en el ataúd de la teoría aristotélica.

Bajo la atenta mirada de su padre, Vincenzo Galileo, aprendió a pintar, a tocar el laúd y a escribir poesía. En los peligrosos días que le aguardaban, la música y la pintura le proporcionaron una gran fuente de alivio.

El joven Galileo no fue formalmente a la escuela hasta 1574, año en que su familia se trasladó a Florencia. En la Facultad de Medicina de la Universidad de Pisa fue en donde dio las primeras muestras de descontento y de oposición a la autoridad que marcarían su ascenso y su caída. Allí se ganó el apodo de "El Disputas" debido a su tempestuoso carácter. Fue en Pisa donde se enfrentó por primera vez a las teorías del filósofo griego Aristóteles, que le perseguirían sin cesar. Su lucha por cortar las ramas secas de la teoría aristotélica.

[Música]

Pretendía que todo fuese demostrado por medio de la experimentación. Esto constituía una nueva y revolucionaria actitud. Durante sus estudios universitarios se reveló el temperamento que caracterizaría al joven agitador durante el resto de su vida.

Anciano y enfermo, esperaba temblando de miedo bajo la larga túnica. Su sentencia de prisión se confirmó, al igual que la prohibición de su libro. Pero solo más tarde llegó la parte más dura para el orgulloso genio.

"Yo, Galileo, hijo del finado Vincenso Galilei, Florentino, de 70 años de edad, he sido declarado por el Santo Oficio culpable de ser sospechoso de reiterada y vehemente herejía. Eso es como decir que he sostenido y creído que el sol era el centro inamovible del universo y que la Tierra no era el centro y se mueve. Con sincero corazón y una fe ciega, abjuro, maldigo y aborrezco de los errores y herejías anteriormente mencionados". La ignorancia y el miedo, los peores enemigos de la verdad, habían vencido. El progreso científico en Italia se detuvo en seco.

El consuelo de haberle sido concedido regresar a Florencia se vio empañado por otro golpe amargo. Su amada hija, la hermana María Celeste, cuya correspondencia asidua siempre le había reconfortado, murió en la primavera del año siguiente. Galileo estaba destrozado. Parecía que no deseaba otra cosa que reunirse con su hija fallecida.

Como la flameante espada que defendía la autoridad de la Iglesia se volvía contra él. Durante un breve periodo, Galileo consiguió girar las tornas y, dominando su ira y con aguda inteligencia, quitó el viento de las velas de Colombe con una brillante carta en su defensa. "La Biblia", afirmó, "no debe ser utilizada como arma arrojadiza por una escuela filosófica contra otra".

En diciembre de 1614, los oscuros nubarrones se cernieron sobre Galileo con una intensidad que ni siquiera sus satisfechos enemigos hubieran podido prever. Un monje dominico, Tomás Ochinni, se presentó ante su congregación y afirmó que las matemáticas eran la obra del Diablo y que los matemáticos deberían ser expulsados de las naciones cristianas. "La idea de que la Tierra se mueve", proclamó Ochinni, "es equivalente a una herejía", y el castigo por herejía era ser quemado vivo en la [Música] hoguera.

Sostener las ideas de Galileo ya no era seguro. Todo el mundo conocía la historia del monje dominico Giordano Bruno, que había insistido en apoyar la teoría copernicana de un sol estático. Giordano Bruno había sido denunciado a la Inquisición, probablemente torturado y quemado en la hoguera.

En su antigua universidad.

[Risas]

Pisa. Allí iba a hacer honor a su apodo. Desde su nuevo estatus recién adquirido, arrasaría el pensamiento de miras estrechas y aplastaría el peso muerto de la autoridad ignorante. Su ataque comenzó de inmediato.

La aproximación a la ciencia de Galileo era innovadora y Revolucionaria. En una época de supersticiones, estaba decidido a hacer tabla rasa, empleando las matemáticas para resolver los problemas de la física y el análisis geométrico y numérico para explicar el funcionamiento del mundo. Puso los cimientos de la investigación moderna. Sin embargo, en esta aproximación estaba la semilla de su ruina, ya que en su tratado "De Motu" (en movimiento), escrito en esta época, se mostraba abierto a la idea de que la tierra rota sobre su propio eje. De ahí a aceptar y defender la teoría formulada por primera vez por el astrónomo polaco Nicolás Copérnico, fallecido unos 45 años antes, solo había un paso. Copérnico había afirmado que la tierra se movía a lo largo de una órbita alrededor del sol y que no era el centro del universo. Es la doctrina heliocéntrica. La teoría de Aristóteles, que sostenía exactamente lo