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Llevo buscándola a diestro y siniestro desde hace unos tres años. No hay dudas de que está aquí, pero no tengo ni idea de dónde. He preguntado a los responsables del cementerio, a decir verdad, con cierta reluctancia y pocas esperanzas de sacar algo en claro.
—¿Y Errico Malatesta?
—¿Es un pariente suyo?
—No, es un personaje histórico.
—Ah, ¡un famoso!
Su cara estupefacta y esa referencia a la fama me hacen temer lo peor.
—Mire, por ahí está la tumba de Aldo Fabrizi.
—Ah, gracias, gracias... bueno, me temía algo mucho peor.
El Cementerio del Verano cuenta con decenas de miles de tumbas, celdas, mausoleos y criptas. Buscando así de tumba en tumba se puede tardar toda una vida. El cementerio es precioso, no cabe duda, un sitio perfecto para pasear. Observar las fotos de los ex vivos es siempre fascinante. Hay lugares donde las tumbas y las imágenes tienen más de 150 años. Todos los que estaban vivos por aquel entonces, ahora están muertos. Esta idea me tranquiliza. Aquí encontramos la historia de familias enteras, generación tras generación, la historia de una Italia que ya no existe, de un pueblo y de su cultura. Ambos muertos y enterrados.
De todas formas, si lo que buscas es una tumba en particular sin referencias, al rato te das cuenta de que es una locura. Se necesitarían años para controlarlas de una en una. Así que habrá que encontrar pistas. Por otra parte, hasta hace algunos años habría tenido que ojear a saber cuántos libros polvorientos en quién sabe qué fascinantes bibliotecas, en quién sabe qué increíbles edificios renacentistas o barrocos, durante días y días, para poder dar con una referencia que me indicase dónde encontrar la tumba de Malatesta. Pero hoy basta con consultar un buscador. En pocos minutos he encontrado una entrada escrita por unos compañeros anarquistas que hace unos años visitaron la tumba. Una referencia que, en teoría, tenía que haber sido decisiva: "Parterre 20".
"¡Genial!", me he dicho. "¡La he encontrado!". Y aquí estoy, de nuevo, buscando el parterre numerado. Tras las habituales disquisiciones con los mismos guardas locales, descubro que hay hasta 4 parterres número 20. Y tras recorrerlos todos sin éxito e imprecado a todos los dioses, precioso el verano, nada que decir, pero hace meses que camino kilómetros y la tumba no aparece.
Malatesta nace en la región de Caserta en 1853, de una familia rica y asentada, y ha tenido una de las vidas más épicas que un italiano haya vivido jamás. Desde muy joven abraza los ideales republicanos de Mazzini. Con sólo 15 años escribe una carta llena de injurias al rey de turno y antes de los 18 ya ha sido arrestado tras una revuelta en la Universidad de Nápoles. En 1872, tras la abrumadora experiencia de la Comuna de París, Malatesta abraza definitivamente el ideal anárquico. Ese mismo año viaja a Suiza al primer congreso internacional de Saint-Imier y allí, víctima de una violenta fiebre, conoce a Mijail Bakunin, el anarquista ruso que tanta influencia tendrá en el socialismo italiano y que se ocupará de él como si fuera su hijo, a pesar de haberlo recién conocido.
Aquí empezará su intensa actividad política que lo llevará, poco después, a protagonizar el más espectacular y grotesco intento insurreccional que Italia recuerde. En la primavera de 1877, Malatesta y los otros componentes de la banda —estudiantes, agricultores, zapateros, albañiles, etcétera— preparan la insurrección en algunos pueblos de los Montes del Matese con la esperanza de que allí brote la chispa que lleve a la revolución social. La elección de la zona no es casual: intransitable, montañosa, poco poblada, representa un lugar ideal para la guerrilla.
El 3 de abril, los primeros componentes de la banda llegan a la zona del Matese. Carlo Cafiero, aprovechando su aspecto distinguido, se presenta disfrazado de gentil hombre inglés y afirma estar buscando un lugar tranquilo para pasar las vacaciones. Malatesta lo acompaña fingiendo ser parte de la servidumbre. Así es como alquila en una casa en el pueblecito de San Lupo, a una hora y media de carroza de Solopaca. Los anarquistas han organizado las cosas con cuidado y con el debido secreto, pero a causa de una delación, el mismo ministro del Interior está al tanto del proyecto subversivo incluso mucho antes de su llegada.
Una primera intervención de los carabinieri provoca un tiroteo que lleva a una precipitada fuga (*DISPAROS*). Si bien en número reducido porque muchos compañeros aún no han llegado, los componentes de la banda consiguen reunirse rápidamente y se dirigen hacia los montes. En la mañana del 5 de abril de 1877, la intención es librarse todo lo posible de las fuerzas de policía que les persiguen y dirigirse a los centros habitados más aislados. Pero las condiciones atmosféricas son desfavorables. En esta época del año, en las montañas del Matese hace frío y a mayor altitud el tiempo es incluso peor.
El día 8 de abril, los anarquistas entran en Letino, acogidos calurosamente por una población sorprendida. Detrás de una gran bandera roja y negra, los insurrectos disuelven el consejo municipal, declaran públicamente decaído al rey Víctor Manuel II y reducen a pedazos su retrato. En una gran hoguera en el centro de la plaza queman todos los papeles sellados del ayuntamiento: registros del catastro, actos hipotecarios, registros fiscales, aboliendo simbólicamente las leyes del Estado y la propiedad privada. Por último, destruyen los contadores de las balanzas de los molinos que sirven para calcular el infame impuesto sobre la molienda. De esta forma se ganan la simpatía y el entusiasmo de los habitantes del pueblo.
La misma situación se repite de forma muy parecida en el pueblo de Gallo, a sólo 5 km de Camino de Letino. Mientras tanto, las tropas del gobierno, si bien aún ocultas, no se han quedado de brazos cruzados. La guardia real cerca todo el macizo del Matese: tres compañías de soldados en el sur, un regimiento de infantería en el norte, y más tropas en Campobasso, Isernia, Caserta, Benevento y Nápoles. Se envían nada más y nada menos que 12.000 hombres armados hasta los dientes para rodear a sólo 26 subversivos que escapan bajo un tiempo inclemente, con las armas mojadas e inservibles y sin cobijos seguros en los que refugiarse.
Pronto son atrapados y llevados a la cárcel. La lista de cargos es tal que las previsiones son de las peores. El juicio sumario concluye con una sentencia de encauzamiento de este tenor: "Contra todos los arrestados por delito de conspiración, con la finalidad de cambiar y destruir la forma de gobierno, incitar a los habitantes a armarse en contra de los poderes del Estado y suscitar entre ellos la guerra civil, instigando los armarse los unos contra los otros y causar la devastación, la masacre y el saqueo de una clase de personas."
Por suerte para los acusados, el 9 de enero de 1878, el rey de turno muere. El sucesor concede al país una amnistía, también en lo que atañe a muchos delitos políticos, por lo que la larga lista de cargos de la banda del Matese se acorta considerablemente. El juicio empieza el 14 de agosto de 1878 y se celebra ante el Tribunal Penal de Benevento. Se desarrolla en un clima de gran simpatía popular hacia los imputados, la misma que ellos habían percibido mientras quemaban los papeles del catastro en Letino y Gallo.
Los anarquistas se presentan enseguida como un hueso duro de roer para la fiscalía: inteligentes, preparados, seguros de sus razones, contestan con rapidez a los jueces, replican y no pierden ocasión para poner en situación embarazosa al tribunal, haciendo hincapié en las grotescas contradicciones del sistema y haciendo propaganda de sus propias ideas de igualdad y libertad. La imagen siniestra y tenebrosa del anarquista asesino que quería construir la fiscalía, se vuelve cada vez más insustancial. La banda del Matese es absuelta y se pone en libertad a sus miembros. Es la sentencia que el pueblo esperaba. Una muchedumbre de 2.000 personas acoge jovial a los anarquistas a la salida del tribunal, demostrando la eficacia que la propaganda por el hecho tiene entre los explotados. Un corresponsal del periódico Corriere del Mattino de Nápoles concluye de esta forma su artículo sobre los hechos: "Un proceso como éste en cada provincia y el gobierno se habría suicidado con sus propias manos".
Y así, estos jóvenes, con un poco de suerte y mucha intrepidez, han conseguido salir impunes. Pero eran otros tiempos, eso está claro. Identificarse con el contexto de agitación política de la época sigue siendo emocionante. Es sorprendente comprobar la aceptación de las distintas posiciones que existían entonces, a diferencia de hoy. El juicio resultó ser un bumerán para el gobierno, ya que representó una enorme publicidad para los ideales anarquistas y para los mismos protagonistas que no tuvieron la revuelta popular que deseaban, pero consiguieron de todas formas tener gran repercusión.
En la segunda mitad del siglo XIX, en una realidad sociopolítica cultural que está resurgiendo, una sociedad socialista y libertaria era de lo más deseable para las clases populares y tampoco era algo inconcebible para la opinión pública. No es casualidad que el texto más célebre de Malatesta, "Fra contadini", que se publicara por primera vez después del juicio, se convirtiera en propaganda muy eficaz y difundida, no sólo por la lucidez y sencillez de la narración, sino justamente gracias al contexto favorable a los ideales anárquicos.
Dos compañeras han interpretado fragmentos del célebre texto adaptado al femenino. El programa anárquico de Errico Malatesta empieza así: "La palabra anarquía viene del griego y significa sin gobierno. Es decir, la situación de un pueblo que se rige sin la autoridad constituida. Antes, la palabra anarquía era considerada por lo general como sinónimo de desorden, de confusión, y aún hoy se interpreta con este sentido por parte de las masas inexpertas y de los adversarios interesados en tergiversar la verdad".
Bueno. Nuestro querido Errico inmediatamente denuncia la primera y más perversa mentira instaurada por la cultura autoritaria: la anarquía como sinónimo de caos. El poder ha conseguido con el tiempo consolidar esta falacia que al final se ha convertido en un modismo. Los telediarios, en cuanto caen gobiernos o regímenes, hablan de países caídos en la anarquía. Cuando al entrar en una habitación vemos que los críos han puesto todo patas arriba, exclamamos: "¡Se acabó con esta anarquía!". Cuando una situación cualquiera se vuelve muy caótica, se oye decir: "Reina la anarquía", y así sucesivamente. El autoritarismo se ha impuesto en el imaginario colectivo como la forma de organización más eficiente posible, desde hace tanto tiempo y con tanta prepotencia, que su antítesis debe maltratarse en igual medida.
Otra perfida ocurrencia mediática secular ha sido la de asociar la anarquía con la utopía, que encima riman para inculcar que una sociedad libertaria es absolutamente imposible de realizar. Esto, para quienes no tuvieran ya bastante con el oscuro e inquietante caos absoluto. Una sociedad como la teorizada por la anarquía no sólo no es irrealizable, sino que es más bien la consecuencia inevitable de la falta de poder. Y el caos aparente no es más que el necesario paso para alcanzar una forma de organización más compleja, como la caótica masa de partículas de una nebulosa es la premisa de una nueva galaxia. Por este motivo, se despliegan esfuerzos extraordinarios para evitar periodos de vacío de la autoridad central, porque demuestran y han demostrado que cuando falta dicha autoridad, surgen rápidamente múltiples formas de organización naturales y espontáneas.
Un ejemplo es la Comuna de París, emblemático como primer intento de instaurar a amplia escala y en época moderna una sociedad libertaria. El comentario de Bakunin al respecto: "Ya no hay un Estado, no hay un poder central superior a los grupos que imponga su autoridad; existe solo la fuerza colectiva que nace de la federación y las comunas gozan de la plenitud de su independencia. Existe la verdadera anarquía". Y sucesivamente, resumir a su valor simbólico: "La Comuna de París, a pesar de haber sido masacrada y sofocada en sangre, no por eso ha dejado de hacerse más vivaz, más poderosa la imaginación y en el corazón del proletariado europeo. París ofrece una base real al socialismo revolucionario".
Pero es la Revolución Española, a finales de los años 30 y poco después de la muerte de Malatesta, la que representa el capítulo determinante para demostrar la eficacia de una organización anárquica a amplia escala, duradera y, además, en un contexto de guerra. Los trabajadores, a través de las organizaciones sindicalistas libertarias, dieron prueba de autogestión de los transportes públicos y de las empresas de producción, tanto industrial como agrícola. A través de las asambleas de la base se realizaron colectivizaciones de las tierras confiscadas a los latifundistas y, en algunos casos, se abolió la propiedad privada.
Este maravilloso capítulo concluye debido a una derrota militar y la revolución libertaria termina siendo aplastada justamente por los autoritarismos europeos y soviéticos, que no tenían ningún interés en tolerar un ejemplo tan epatante de sociedad desjerarquizada. Los testigos de esa experiencia coinciden al recordar cómo la liberación de la opresión de los patrones desencadenó un clima de hermandad y solidaridad que permitió poner en marcha miles de experimentos de autogestión con la participación de millones de personas durante al menos un año.
En las primeras páginas del extraordinario "Homenaje a Cataluña" de George Orwell queda reflejado a la perfección este clima que se respiraba en la nueva sociedad libertaria. Orwell, británico, combatió para defender la República Española de la agresión fascista y después escribió una lúcida y apasionada crónica de aquellos meses: "Había viajado a España con el proyecto de escribir artículos periodísticos, pero ingresé en la milicia casi de inmediato, porque en esa época y en esa atmósfera parecía ser la única actitud concebible. Los anarquistas seguían manteniendo el control virtual de Cataluña y la revolución estaba aún en pleno apogeo. A quien se encontrara allí desde el comienzo, probablemente le parecería, incluso en diciembre o en enero, que el periodo revolucionario estaba tocando a su fin. Pero viniendo directamente de Inglaterra, el aspecto de Barcelona resultaba sorprendente e irresistible. Por primera vez en mi vida me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualquiera que fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas. Las paredes ostentaban la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios. Casi todos los templos habían sido destruidos y sus imágenes quemadas. Por todas partes cuadrillas de obreros se dedicaban sistemáticamente a demoler iglesias. En toda tienda y en todo local se veían letreros que proclamaban su nueva condición de servicios socializados. Hasta los limpiabotas habían sido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro. Camareros y dependientes miraban al cliente cara a cara y lo trataban como a un igual. Las formas serviles, incluso ceremoniosas, del lenguaje habían desaparecido. Nadie decía 'señor', 'don', y tampoco 'usted'. Todos se trataban de 'camarada' y 'tú', y decían 'salud' en lugar de 'buenos días'. El aspecto de la muchedumbre era lo que más extraña se me causaba. Parecía una ciudad en la que las clases adineradas habían dejado de existir. Con la excepción de un escaso número de mujeres y de extranjeros, no había gente bien vestida. Casi todo el mundo llevaba tosca ropa de trabajo o bien monos azules o alguna variante del uniforme miliciano. Ellos resultaba extraño y conmovedor. En todo esto había mucho que yo no comprendía y que, en cierto sentido, incluso no me gustaba, pero reconocía inmediato la existencia de un estado de cosas por el que valía la pena luchar."
Mientras en España las experiencias libertarias se difundieron a partir del rechazo a la toma de poder por parte de los revolucionarios, la Primavera de Praga y la Revolución Húngara son apropiados ejemplos de organización espontánea, no jerarquizada, de una sociedad donde de repente se crea un vacío de autoridad. En estas ocasiones, al faltar las formas de organización jerárquica, tanto políticas como económicas y sociales, y por lo tanto también las coercitivas propias del Estado, la población cuenta con la posibilidad y la necesidad urgente de asumir el control de sus acciones para satisfacer sus exigencias. Y como suele ocurrir, cuando falta la oprimente condición de sujeción psicológica que provoca el asistencialismo forzoso del poder, los individuos demuestran un considerable incremento del altruismo y de la cooperación en autogestión. Y se manifiesta una necesaria toma de conciencia y una responsabilización que llevan a eficientes formas de organización espontánea, fundadas en múltiples intentos que confluyen rápidamente en las soluciones más eficaces.
Todos estos experimentos se han dado en situaciones de guerra y en todos los casos la naturaleza revolucionaria del cambio ha impuesto la militarización de la población para defenderse de las furiosas reacciones autoritarias. Y en cada ocasión, los intentos por instaurar una sociedad libertaria han sido interrumpidos bruscamente con una derrota militar. Pero no por ello podemos considerarlos un fracaso. Al contrario, son la prueba de cómo ocurre una organización masiva y espontánea ante la ausencia de poder.
Pero la cosa no acaba ahí. Además de estos ejemplos modernos, tenemos que hablar también de las formas pre-estatales de sociedades no jerarquizadas, que no han durado meses, sino miles de años. En las clases de historia nos enseñan —y esta es la manera en la que el Estado lleva a cabo la primera fidelización autorreferencial en el niño— que antes de que afloraran las primeras formas de Estado (polis griegas, monarquías egipcias, babilonias, asirias, etcétera), sólo existían tribus compuestas por individuos subdesarrollados, bárbaros, violentos, feos, incapaces de controlar sus propios instintos animales y de organizarse socialmente. En pocas palabras, nos enseñan a pensar que antes de que surgieran las sociedades autoritarias, los hombres no eran más que rudas bestias. ¿Cuántas veces hemos visto la patética imagen de un hombre con una clava arrastrando por los pelos a una mujer? Como de costumbre, la mentira forjada durante siglos por el primitivo, en este caso el poder patriarcal, sirve para ocultar otras verdades. Seguramente existían ya entonces montones de tribus salvajes o juzgadas por machos brutales. Pero la arqueóloga María Gimbutas ha demostrado con sus estudios la existencia de otros tipos de sociedad: sin Estado, esencialmente pacíficas, igualitarias y culturalmente avanzadas. Las denominadas sociedades gilanicas eran así justamente porque todavía no había hecho su aparición el autoritarismo patriarcal. Existieron antes de la aparición de las primeras sociedades estatalizadas y se desarrollaron en la zona del sureste europeo durante decenas de miles de años, perpetuándose hasta hace unos seis mil años, más o menos. El periodo de tiempo que en los libros de historia se archiva rápidamente como "pre-civilización", y donde por civilización se entiende precisamente el autoritarismo patriarcal.
Estas sociedades fundaban sus cultos en la Diosa Madre, una entidad divina basada en la mujer creadora de vida y en el ciclo de renovación natural. El culto de la Diosa Madre nace en sociedades que sienten un místico sentido de pertenencia a la naturaleza que impregna todas las actividades diarias y en las que los hombres se dedican a la caza o al pastoreo, mientras que las mujeres recogen y cultivan plantas comestibles para dar de comer a la comunidad, adquiriendo con la experiencia una serie de conocimientos acerca de los lugares, ciclos y modalidades de crecimiento de algunas especies y de sus propiedades alimenticias, curativas, veneníferas o psicotrópicas, transmitiendo así de madre a hija aquellos conocimientos, aquel poder, en una estructura de descendencia matrilineal. Esto dio vida a un sistema en el que la redistribución de los recursos estaba gestionada por las mujeres de forma equitativa para toda la comunidad, tal y como lo haría una madre con una gran familia. La Diosa Madre. Precisamente en los clanes no había división social entre quien gobernaba y quien trabajaba, y esto impedía que afloraran sentimientos autoritarios y el deseo de obediencia. Por esta razón, estos pueblos no contemplaban el uso de la fuerza física como instrumento coercitivo y de organización, sino la solidaridad.
¿Qué pasó con estas comunidades mutuales? Gimbutas ha descubierto, estudiando miles de hallazgos arqueológicos e interpretando los mitos correspondientes, que las poblaciones indoeuropeas, denominadas kurgánes, se instalaron en Europa sometiendo a las sociedades indígenas e imponiendo su ideología. Una ideología en contraposición con los ideales de solidaridad y cooperación sobre los que giraban las sociedades gilánicas, y que queda documentada por la aparición de armas y tumbas megalómanas de reyes guerreros que antes prácticamente no existían en los restos de la antigua Europa, junto a un empobrecimiento cultural al que fueron sujetas las sociedades colonizadas tras la sumisión forzosa por parte de estos rudos pueblos mucho menos avanzados. Los aspectos salientes de la cultura de los kurgánes eran la importancia clave de la autoridad masculina y la fuerza física. Las tribus indoeuropeas tenían un jefe guerrero, estaban caracterizados por una fuerte división social y jerárquica entre sacerdotes, guerreros y trabajadores, relegando a una posición de subordinación a las mujeres y a los esclavos. Esta nueva situación llevó a una desaparición gradual del culto de la Diosa Madre, indicio de la sumisión forzada que tuvo que soportar la mujer dentro de la sociedad.
Estos estudios demuestran cómo la cultura del dominio, del patriarcado y de la estructura piramidal típica del Estado moderno nacieron y florecieron a causa del sometimiento de las sociedades matrifocales a manos de las poblaciones kurgánes, fundadoras de la jerarquía y de la violencia.
En 1878, tras el juicio por los acontecimientos de la banda del Matese, Malatesta comienza un largo período de peregrinación alrededor del mundo para organizar el movimiento anarquista. Tras un breve tiempo en Egipto, viaja a Siria y a Rumanía antes de parar en Ginebra, donde conoce a Élisée Reclus y a Piotr Kropotkin, del que se hace gran amigo, hasta tal punto que en sus memorias el anarquista ruso escribirá: "Un hombre lleno de ardor e inteligencia, verdadero idealista que en toda su vida no ha pensado jamás en sí. Tendrá un pedazo de pan para la cena y una cama donde pasar la noche sin tener siquiera una habitación que poder llamar suya. Ha visto correr los días vendiendo bicicletas en las calles de Londres para poder vivir y las noches escribiendo brillantes artículos para la prensa italiana. Preso en Francia, puesto en libertad, expulsado después, condenado de nuevo en Italia, confinado en una isla, se fugó y volvió de nuevo de incógnito a su país, siempre donde la lucha es más ardua. Ha perseverado en esta clase de vida durante más de 30 años sucesivos, y cuando lo volvemos a encontrar recién venido de una prisión o fugado de alguna isla, lo hallamos tal y como estábamos la última vez que lo vimos, siempre dispuesto a continuar la lucha con el mismo amor a sus semejantes, la misma falta de rencor contra sus adversarios y carceleros, la misma franca sonrisa para los amigos y la misma caricia para un niño".
En 1881 se encuentra en Londres, donde junto al mismo Kropotkin organiza el Congreso Internacional Socialista Revolucionario. Después viaja a Egipto con la intención de transformar un movimiento nacionalista en una revuelta social y de nuevo vuelve a Italia, donde es arrestado por conspiración junto a su amigo Francesco Saverio Merlino. Aprovechando la libertad provisional, se desplaza a Florencia, donde empieza a publicar "La cuestión social", en el que aparece por primera vez la publicación "Entre campesinos". Después vuelve a Nápoles para ayudar a la población víctima del cólera, hasta que se ve obligado a partir hacia América Latina, oculto dentro de una caja para máquinas de coser, para huir de una nueva captura. Se afinca en Buenos Aires, donde participa en la creación del primer sindicato argentino, el Sindicato de los Panaderos, para el que redacta personalmente el estatuto. Deja América Latina en 1889, tras haber intentado también suerte como buscador de oro.
La vuelta a Europa no es menos prolífica: artículos y comicios, revueltas y disturbios, arrestos y fugas entre España, Francia, Inglaterra, África e Italia, sin olvidar los continuos congresos y reuniones clandestinas. Las peregrinaciones de Malatesta continúan hasta finales de siglo. A principios del siglo XX, tras dos viajes más a Nueva York y a Cuba, se establece nuevamente en Londres, donde permanecerá confinado durante 20 años.
Ya hemos visto que la anarquía es una forma alternativa de organización social. No se trata de la ausencia de orden, sino de la ausencia de autoridad. El anarquismo no es sólo una visión de una futura sociedad libertaria, sino la descripción de una forma humana de organizarse que se basa en la experiencia en la vida cotidiana y que ya funciona junto a realidades pronunciadamente autoritarias de nuestra sociedad y a pesar de las mismas. De verdad, ¿estamos convencidos de que si los gobernantes de repente aplicasen nuestras existencias, se colapsarían? ¿Acaso si las empresas no nos abastecieran de comida, las personas dejaríamos de comer? ¿Y si los guardias no dirigieran el tráfico, los coches no avanzarían? Quien no se ha puesto de los nervios justamente por el tráfico poco fluido causado por el incapaz policía municipal de turno. El tráfico urbano es más fluido cuando no hay ni semáforos ni guardias. Y no es casualidad que en las últimas décadas se haya optado, donde era posible, por las rotondas que permiten a los conductores organizarse por sí solos ante un cruce. Y qué decir de las masas críticas de ciclistas que cada semana recuerdan a los necios automovilistas urbanos cuán alegre, económico y sano es el más libertario de los medios: la bicicleta, que se mueve con gracia, sin vínculos ni retrasos a través de un tráfico tan regulado, jerarquizado y caótico.
Las escuelas libertarias no colocan a los niños delante de itinerarios forzados, sino que al contrario, les permiten examinar de forma autónoma las decisiones a tomar para los problemas que se les plantean. Tras un tiempo de adaptación más caótico que el de una escuela jerarquizada, en la que el orden se impone con rapidez desde arriba, los resultados son extraordinarios. Los niños crecen más responsables e independientes porque son más conscientes de sí mismos, habiendo perdido la costumbre de delegar en los adultos cualquier decisión importante sobre la resolución de los problemas o conflictos.
La situación política que ha permitido el renacimiento, reconocido por todos como uno de los periodos más sublimes del ingenio humano, ha sido la falta de un poder central que ha permitido a varias decenas de pequeños municipios, comunidades, asociarse y disociarse, unirse o combatir en un fecundo incremento de posibilidades que ha multiplicado la complejidad de las formas de interacción en esta sociedad de finales de la Edad Media, favoreciendo así su renacimiento. Los poderes centrales impuestos sucesivamente (Imperio y Papado) sofocaron toda vitalidad.
Pero este tipo de organización desjerarquizada no tiene que ver sólo con el ser humano, sino que constituye el fundamento mismo de la complejidad de la naturaleza, de la evolución de la vida, de la estructura del cosmos. La anarquía, por ejemplo, funciona como el cerebro, que no tiene un órgano central que lo gobierna, sino que está constituido de más partes que interactúan a distintos niveles. Podríamos decir que el cerebro humano refleja justamente la potencialidad de una sociedad anarcosindicalista. Tal y como escribió el neurólogo Gray Walter, uno de los padres de la cibernética y la robótica moderna: "No encontramos jefe alguno en el cerebro, ningún ganglio oligárquico o dictador glandular. Dentro de nuestras cabezas, nuestras vidas dependen de la igualdad de oportunidades, de la especialización con versatilidad, de la comunicación libre sin limitaciones, una libertad sin interferencias. También aquí las minorías locales pueden controlar y de hecho lo hacen sus propios medios de producción y expresión en libres y equitativas relaciones con sus vecinos".
Por otra parte, resulta intuitivo un principio de complejidad suficiente en el que, si se quiere lograr la estabilidad, la complejidad del sistema a controlar debe ser al menos tan grande como la del sistema a controlar. El tan alabado liderazgo, el jefe que todo lo soluciona, que los medios de manipulación nos venden como única posible salvación ante el olvido, el caos, la anarquía, es en realidad una forma de organización rudimentaria, muy primitiva. El jefe de un Estado autoritario tiene con su cerebro que hacer frente a las exigencias de millones de personas. Suponiendo que tiene colaboradores, podríamos decir que pocas decenas de cabezas tienen que hacer frente a las exigencias de millones de mentes. Los resultados saltan a la vista.
A mediados del siglo XX, John Nash, con su teoría de juegos, nos aporta la herramienta para calcular las interacciones que nacen de las exigencias de cada individuo en relación a las exigencias de todos los demás. Esta herramienta matemática ha sido adoptada ahora por innumerables sectores de la física, la sociología, la biología y la economía capitalista. Las ecuaciones de la teoría de juegos resultan útiles también y sobre todo en lo que nos atañe para resolver las dificultades logísticas de una enorme masa que se organiza espontáneamente según las exigencias de cada individuo, en relación con los demás, sin una autoridad que imponga las normas. La teoría de juegos puede ofrecer indicaciones y realizar previsiones justamente en lo que se refiere al carácter espontáneo. Y la misma masa espontánea puede utilizar estos datos, porque espontáneo no significa inconsciente. Al contrario, una herramienta matemática puede resultar útil para autoorganizarse más conscientemente. No sería para evitar la naturalidad, sino para contar con líneas directrices que ayuden, por ejemplo, en la organización de la producción en común y la distribución de los productos de la forma más eficaz, útil y equitativa posible. Cooperando de forma espontánea pero consciente para obtener el máximo provecho para el grupo, buscando también su propia utilidad, llevará a alcanzar el máximo beneficio posible para cada individuo en función de la colectividad. ¿Y no es precisamente este un equilibrio de Nash?
"En el comité central de abastos, compuesto por hombres que tienen alma y nervios del pueblo, ordenar el abastecimiento de la ciudad y del frente. Sus grandes arterias urbanas rebosan de tráfico y son muestras gallardas de cómo el proletariado ha encauzado la vía de la ciudad".
El siglo XX ha contado con sabios que nos han donado otros medios para consolidar el anarquismo y otorgarle unas bases aún más sólidas. De la misma época de Kim Wood Acinas, Deleuze y Guattari crean un enfoque filosófico sólido sobre el que construir una sociedad libertaria. El concepto de rizoma en oposición a la estructura jerarquizada arborícola, el de la máquina deseante, libre de cualquier moralización, y las implicaciones que tienen las nuevas ideas de la filosofía de Deleuze permiten por fin al pensamiento humano abrirse a una realidad desprovista de angustiosos y arcaicos sentimientos de culpabilidad, deshacerse del incómodo individuo y poner en el centro de la realidad las interacciones, ofreciéndonos así herramientas reales de libertad intelectual. El pensamiento de Deleuze ha ido más allá del anarquismo, lo ha englobado en una visión más sistémica, porque ha desarrollado una interpretación de la realidad que libera de todo vínculo, de toda opresión, de todo individualismo. Foucault escribió: "Tal vez un día el siglo será deleuciano".
Al concluir su exilio inglés, Malatesta vuelve por fin a Italia, celebrado por todos sus compatriotas oprimidos y temido por las autoridades. Los últimos años de su vida son igual de intensos que los primeros. En Milán, durante el Bienio Rojo, su presencia con la publicación de "Umanità Nova", junto al fermento de las clases populares en la inmediata posguerra, contribuyen a llevar al país hacia la revolución social. Una revolución social frustrada que llevará al fascismo al poder, aprovechando un atentado anarquista, la masacre del Teatro Diana de Milán, y que dará inicio a la dictadura, poniendo fin al sueño de un pueblo libre y autónomo, sueño que hoy parece aún más lejano que entonces.
El atentado del Teatro Diana fue un acto atroz que mató a muchas personas, todas inocentes. La intención de los bombarderos no era esa. Seguramente los objetivos eran el jefe de policía de Milán y Mussolini, y visto lo que ocurriría pronto, no era desde luego un propósito erróneo. Lo erróneo fue su ejecución. Ahora, si bien este ha sido un suceso determinante para la historia italiana, es inútil para nuestro discurso detenerse en las causas y las consecuencias. Es suficiente saber que alimentó el mito de la violencia anarquista y allanó el camino al fascismo, poniendo en fuerte crisis los movimientos proletarios.
El poder ha creado una retórica que lo retrata siempre como una cándida víctima de la feroz violencia anarquista. Igual de terroristas hoy que ayer, los anarquistas son un peligro constante para, atención de nuevo a las palabras, "el orden constituido". Los actos de violencia representan una fracción más que residual de las prácticas libertarias. Pero el poder no pierde la ocasión para ponerlos en evidencia e instrumentalizarlos para alimentar su propaganda. Lo que en la práctica totalidad de los casos es legítima defensa de los abusos, se estigmatiza siempre como violencia feroz, como ciego odio anarquista. Gracias a este aparato mediático de mentiras seculares, Malatesta a tal propósito puntualiza: "Lo que distingue a los anarquistas de todos los demás es justamente el horror por la violencia, el deseo y el propósito de eliminar la violencia, es decir, la fuerza material de las competencias entre los hombres. Pero entonces, se podría preguntar, ¿por qué en la lucha actual contra las instituciones políticos-sociales los anarquistas predican y practican el uso de los medios violentos que están sin embargo en evidente contradicción con sus fines? Y esto al punto de que en ciertos momentos muchos adversarios de buena fe creyeron, y todos los de mala fe fingieron creer, que el carácter específico del anarquismo era justamente la violencia. La pregunta puede parecer embarazosa, pero es posible responderla en pocas palabras: ocurre que para que dos personas vivan en paz es necesario que ambas deseen la paz. Si uno de los dos se obstina querer obligar por la fuerza al otro a trabajar para él y a servirlo, para que este otro pueda conservar su dignidad de hombre y no quede reducido a la más abyecta esclavitud, pese a todo el amor por la paz y por el entendimiento, se verá sin duda obligado a resistir a la fuerza con medios adecuados."
Imaginemos que un padre de buena familia burgués, estando en casa con sus seres queridos, es atacado por algunos malhechores y que estos infames ocupen su hogar, secuestren a su mujer, torturen a sus hijos y violen a sus hijas. Un desastre, vamos. ¿Quién condenaría la violencia de ese patriarca si, llegado el momento, consiguiese librarse de sus captores y rebelarse? ¿Y por qué entonces no se concede el mismo derecho de autodefensa a todos los pueblos que sufren el saqueo y la muerte de manos de los Estados autoritarios en los que vivimos y, en concreto, de las fuerzas imperialistas que dominan gran parte de los seres vivientes y los recursos del planeta a través de la OTAN y que ocupan y explotan los lugares y los recursos que deberían pertenecer a los habitantes, masacrando y violando a la población inerme? ¿Y por qué cuando los individuos más valientes y nobles se sacrifican para proteger a sus compaisanos, como haría el patriarca de nuestro ejemplo, en vez de denominarlos partisanos, los definimos terroristas? (*EXPLOSION*) "Allahu Akbar".
Malatesta afirmaba explícitamente que la violencia anarquista está inspirada en el amor: "Anarquía quiere decir no violencia, ausencia del dominio del hombre sobre el hombre y de imposición por la fuerza de la voluntad de uno o varios sobre la de los demás. La verdadera violencia anárquica es la que cesa cuando cesa la necesidad de la defensa y la liberación. Esta no se inspira en el odio, sino en el amor, y es santa, porque tiende a la liberación de todos y no a la sustitución del dominio de los demás por el propio. Los anarquistas no son hipócritas. Es necesario rechazar la fuerza con la fuerza."
Ahora, hablando claro, estas palabras fueron escritas a principios del siglo XX. Hay que tomar en cuenta que entonces había un mayor equilibrio entre las fuerzas en pugna. Incluso una pequeña banda de expropiadores anarquistas podía tener una potencia de fuego mayor que la de la policía. Severino Di Giovanni, un emigrante italiano en Argentina, que dará más de un quebradero de cabeza a las autoridades locales, poseía una pistola fabricada por un compañero artesano que era más potente y precisa que las que tenían en dotación los policías de Buenos Aires. Pero estamos hablando de hace más de un siglo. A partir de la Segunda Guerra Mundial, los Estados y los ejércitos han alcanzado una fuerza física y una eficacia incontrastables para pequeños grupos de valientes. Severino Di Giovanni, en los años 20 del siglo pasado, consiguió tener en jaque a la policía de toda una metrópolis durante más de cinco años. Hoy en día, algo así sería impensable. La violencia represiva del Estado se ha vuelto incontrastable y solo podrían oponerse de masas inmensas de personas, y a lo mejor ni siquiera eso. La violencia, si bien legítima en caso de autodefensa, es cada vez menos eficaz.
Bien, me gusta y comparto todo lo que me estás contando, pero hay una cosa que no entiendo: los jefes, ¿qué hay que hacer para echarlos? El mío, por ejemplo, tiene un primo diputado, ¿y ese cuándo se va?
Bravo, veo que lo ha entendido todo. En serio, es una buena pregunta. Ha dado con el problema enseguida. Es necesario luchar contra el poder en cada momento y en cada forma que tome, tanto colectiva como individualmente.
¿Y cómo? Las soluciones son complejas, no se puede explicar con un solo argumento. Hay que reflexionar sobre cómo el poder influye en la psique de las personas y sobre las consecuencias que provocan en la mente de quienes lo ejercen continuamente. Es sencillo, parecido a lo que le pasa a unos niños que son excesivamente consentidos por sus padres: por la corrupción moral a la que se le somete. Y mayor poder, mayor corrupción, comparable a un niño que pretende poder hacer y obtener todo lo que desea. Y esto es lo que hace el poder con los adultos: los mima, en el sentido que les consiente obtener lo que quieren cuando lo quieren. Y al no ser un adulto inocente como un niño, esta forma de malcriar lleva inevitablemente a los peores instintos humanos: crueldad, arrogancia, histerismo, exactamente como le pasa a un niño mimado que ya no sabe reconocer sus límites y cuanto más tiene, más pretende. Y al final, los vicios acaban por malcriar también a quien no lo es. Por este motivo, no puede existir ninguna forma de gobierno buena, justa, eficiente, como siempre afirman los nuevos poderes que vienen a sustituir a aquellos que decaen. El poder tiene unos rasgos peculiares que se repiten siempre. No existen poderes buenos.
Como afirmaba Errico Malatesta: "Acostumbrar a las personas a ser dependientes de alguien para sobrevivir, en lugar de volverles conscientes y responsables de sus propias decisiones, les hace ser como unos niños, hiperprotegidos y controlados". Quien no tiene problemas de interacción con el prójimo, no está interesado en el dominio. El poder, por su propia naturaleza, atrae a quien no consigue tener una comunicación sana y paritaria con los demás seres vivos, ¿me sigues? Quien no se siente a la altura de los demás, abusa de ellos para encontrar desahogo a sus complejos, o sea, busca un modo artificial de ponerse encima de las personas con las que no consigue tener una relación natural. Pero esta forma artificial de socialización aumenta la inseguridad del que domina, porque no se gana el respeto de sus semejantes gracias a sus dotes naturales o a su carisma, sino que obtiene solo obediencia gracias a la coacción y la intimidación.
Estos trastornos se deben casi exclusivamente a los miedos y las frustraciones que la sociedad capitalista impone por medio de la televisión o la propaganda de masa en general, ¿no crees? Eh... sentémonos. Imagina una sociedad que no estuviera totalmente basada en esta competición desenfrenada, orientada a aplastar al prójimo, sino en la solidaridad. ¿No crees que esto tendría unas consecuencias muy diferentes sobre la psique de las personas?
Entonces, desmitifiquemos esta idea de que los jefes, los empresarios, sean personas superiores que tienen la capacidad de guiar a los demás. Es exactamente lo contrario: el que tiene la necesidad de mandar no es más que un personaje mezquino, lleno de complejos, al que habría que ayudar seriamente en lugar de ponerle a mandar. La primera solución que hay que adoptar para librarnos del poder que nos oprime es mostrar siempre desprecio hacia él, empezando por las personas que nos oprimen a diario, porque de esta forma debilitamos su poder y esto refuerza en los oprimidos el deseo de liberación. Y para mí, esta es una de las soluciones, la básica, de actitud, esa que si la adoptáramos todos, como se suele decir, ya estaríamos en el buen camino.
—Sí, vale, ¿pero estos cómo los echas? ¿Con la violencia? Se necesitaría una revolución, sino, ¿por sí solos no se van?
Claro, esta era la vía prioritaria en los tiempos de Malatesta. La revolución, acción arrolladora y determinante, de masa entonces era algo serio, concreto. Pero ahora sería una ingenuidad darle el mismo peso a la que sucesivamente se transformó en mitología revolucionaria. Podemos atribuir parte de la disgregación de las fuerzas anticapitalistas. Un objetivo permanentemente alejado y cada vez menos concreto, en vez de acercar a las personas, las aleja, las consume y, en vez de convertirse en un aglutinante para los individualismos, se transforma en un escenario para los egos más fuertes, los que luego serán los primeros en pretender de nuevo el poder.
Seguramente volverán épocas más favorables. Pero a día de hoy una sociedad anarquista puede concebirse más fácilmente a través de la ampliación de las áreas de acción libres, ampliar las realidades libertarias que ya existen en la sociedad autoritaria hasta llevarlas a convertirse en el pilar de la vida social. ¿Cuáles son estas realidades? Escuelas libertarias, centros sociales y asociaciones activas entre la población, organizaciones espontáneas que defienden el territorio de los estragos del capital con textos de información autónoma independiente, ocupaciones habitacionales, grupos auto organizados en la red y fuera de ella, asociaciones culturales sin ánimo de lucro. Volviendo a Deleuze: "sólo lo minoritario es realmente anticapitalista; en cambio, todo lo que se convierte en mayoritario, será devorado por el capital y servirá para alimentarlo".
Hagamos un sencillo ejemplo. Una manifestación antisistema de un millón de personas, en realidad, es un evento pop con el que el sistema se complace y de la que trae provecho. Sirve para aflojar la tensión, para dar rienda suelta al malestar de los oprimidos, además de mantenerlos a todos bajo control con pocos miles de hombres armados. Pero si se organizarán en el mismo contexto mil manifestaciones de un millar de personas cada una, su eficacia y su impacto serán bien distintos. Imprevisibles e incontrolables, incluso un nutrido y feroz ejército no será capaz de reprimir eficazmente esta multiplicidad auto organizada. De la misma manera, solo lo que constituye una ruptura podrá escapar de la voracidad esquizofrénica del capitalismo y solo la multiplicación rizomática de estas variopintas rupturas minoritarias y las conexiones entre ellas nos llevará a superarlo. Por lo tanto, no resulta necesario agrandar demasiado las áreas libres, sino más bien crear innumerables conexiones con las otras multiplicidades. Mil manifestaciones distintas ya son revolución; si se conectan entre sí, son aún más, se convierten en un irrefrenable proceso revolucionario.
Y heme aquí en el Piazzale Degli Eroi, siempre en Roma. Errico Malatesta transcurrió en este lugar los últimos años de su vida. Aun hoy hay una placa colgada en el palacio. Los guardias de Mussolini vigilaban al viejo anarquista durante los últimos años de su vida en esta casa y también tras su muerte, acaecida en el verano de 1932. La tumba que ando buscando con tanto afán, también quedaría bajo vigilancia, diligentemente hasta la caída del fascismo. Para que nadie pudiera ir a honrar al difunto. Tal era el temor que tenía el dictador fascista de la influencia del viejo anarquista. Esta placa es significativa, es prueba de la importancia de Malatesta para la gente que pocos días después de la liberación, para conmemorar por fin su muerte como no había podido hacer durante el fascismo, coloca este homenaje en el palacio, donde el anarquista había muerto el mismo día, 12 años antes. Una muestra más del cariño que había dispensado en todos los lugares por los que había pasado.
Aprecio mucho todo lo que me estás contando y, en realidad, lo comparto. Pero si no hay autoridad, ya no hay policía ni jueces. Y si me roban la bicicleta, y si matan a mi hijo o violan a mi novia, ¿qué nos defenderá? ¿Quién hará justicia? ¿Quién castigará a los delincuentes?
Esa también es una buena pregunta. Mira, primero, está ampliamente demostrado que en un contexto de solidaridad e igualdad la delincuencia disminuye drásticamente porque las frustraciones y los complejos que llevan a someter al prójimo desaparecen. Además, las personas conscientes y responsables son las más apropiadas y también las más interesadas en resolver sus propios conflictos, bien individualmente o dentro de las pautas adoptadas por su propia comunidad, también, al fin y al cabo, interesada en no delegar a terceros. Si tu hijo se mete en problema, ¿qué haces? ¿Lo llevas a la policía?
Pero aunque esto sea normal, con la anarquía siempre se plantea un escenario tipo salvaje oeste donde se impondría la ley del más fuerte. Es evidente que conflictos habrá siempre en cualquier tipo de sociedad humana y que frustrados y acomplejados, aunque menos, y enfrentamientos, asesinatos, violencia, seguirán existiendo. Sin embargo, nosotros vivimos en una sociedad tan bien organizada, tan poco conflictiva, ¿no?, donde hay tan pocas guerras y masacres que para qué buscar alternativas. Y además, la justicia es tan eficiente en resolver contrastes y conflictos, sobre todo con la pobre gente.
Es que estamos acostumbrados a pensar siempre dentro del esquema ofrecido por la cultura dominante, que lógicamente se presenta como la única posible, la más avanzada, el único destino de toda la humanidad. Si la historiografía moderna ha definido la Edad Media como los años oscuros, ¿tú qué crees que dirá la gente del futuro de este insulso período histórico? En nombre de la propiedad privada ha sido sacrificado todo: cultura, moralidad, territorio, ambiente, bienestar, socialidad, libertad, felicidad para el desenfrenado bienestar de pocas décadas y para una fracción muy minoritaria de la población mundial. Estamos poniendo en peligro la perpetuidad de nuestra propia especie, además de aniquilar millones y millones de otras continuamente. Y todo este desastre continuo pasa en indiferencia general porque la gente explotada y mal pagada, cuando no directamente masacrada y esclavizada, es víctima de una cultura nefasta, que ha sustituido las culturas populares. Es un hecho que la cultura popular en Occidente es un residuo. En las clases populares es inútil tomar. De los poseedores de la cultura proletaria son los denominados. Se oyen de la ferocidad del capitalismo más...
(*Se empiezan a entremezclar los adiós con los distintos argumentos*)
Pobre guarda, lo he abrumado con mis charlas. Aunque Errico Malatesta no era más escueto que digamos. Los temas difíciles requieren de explicaciones complejas. "El trabajador, obligado durante siglos a esperar y obtener el trabajo, es decir, el pan, de la voluntad y del humor de un amo, acostumbrado a ver continuamente su vida a merced de quien posee tierra y capital, ha terminado por creer que era el dueño, el señor o el patrono, quien le daba de comer y se pregunta ingenuamente cómo podría sobrevivir si los señores no existieran. Así, un hombre que hubiese tenido las extremidades inferiores atadas desde el día de su nacimiento, pero hubiese conseguido moverse y andar, si bien dificultosamente, podría llegar a atribuir la facultad de trasladarse de un punto a otro a sus mismas ligaduras, cuando éstas no hacen sino disminuir y paralizar la energía muscular de sus piernas. Si luego, a la costumbre se agrega la educación recibida del patrón, del sacerdote, del maestro, etcétera, interesados todos en predicar que el gobierno y los amos son necesarios. Si se añade al juez y al agente de policía esforzándose en reducir al silencio a quien piense de otra forma y trate de difundir su pensamiento, se comprenderá como en el cerebro poco cultivado de la masa ha logrado arraigar el prejuicio de la utilidad y la necesidad del amo y del gobierno. Imaginemos ahora que al hombre de las piernas atadas de quien antes hemos hablado, un médico le expone toda una teoría y miles de ejemplos hábilmente inventados, a fin de persuadirle de que si tuviera las piernas libres, que sería imposible caminar y vivir. En este supuesto, el individuo en cuestión se esforzaría en conservar sus ligaduras y no vacilaría en considerar como enemigos a quienes deseasen quitárselas."
Tenemos que librar una batalla decisiva, que es la cultural. Pero nuestro camino está bien definido. La solución es una cultura proletaria de regreso. Una especie de decrecimiento cultural. Para volver al saber de la tierra. Pero no solo hereditario o de instintiva y mera supervivencia, sino consciente. Esto no significa, "¡cuidado!, ¡renunciad a la tecnología!". Sino hacer de ella un uso sabio y compartido. La humanidad puede sacar provecho de la transición por una pubertad inconsciente y confusa hasta convertirse en una joven más consciente y madura, o bien terminar estrellándose ebria en una descabellada carrera hacia la nada. Para avanzar hacia una humanidad nueva que no sea depredadora, si no integrada con sensatez en la naturaleza, todos tienen que reunirse con un único objetivo: trabajar para perpetuar la vida más allá del fin de la tierra misma. Esta es la dificultad, para la que hay que encontrar una finalidad fundadora, un trabajo concreto, que pertenezca a todos. Una sociedad consciente debe plantearse como principal objetivo la superación de las dificultades impuestas por la física a la perpetuación de la vida. Esa vida que apareció en nuestro planeta hace cuatro mil millones de años, una única vez, y que desde entonces se ha renovado en un relevo extraordinario, sin interrumpirse nunca. Y si no es la vida, por lo menos el conocimiento alcanzado, la información de lo que ha sido.
Hablamos de objetivos tan complejos que a lo mejor pueden alcanzarse solo con la suma de todas las potencialidades de cada individuo consciente, variopintas multiplicidades minoritarias, que encuentran un objetivo compartido, un mínimo denominador común, que hermanas a todos los seres humanos para convertirse así en un súper organismo, donde no solo es consciente la masa, si no también cada uno de los individuos libres que la componen. Y es que este es el único fin posible, el gran juego al que hemos sido llamados a participar. Esta fascinante tarea es lo suficientemente ardua y decisiva como para necesitar del esfuerzo y de la colaboración de todos, o bien queremos que lo que ha sido y será hasta el final de los tiempos y lo que hemos aprendido mientras tanto desaparezca en la nada de repente como una burbuja de jabón y nosotros, únicos responsables en un radio de años luz, nos quedemos impasibles mientras nuestra conciencia se disuelve en el olvido.
Hijo del pueblo, te oprimen cadenas y esa justicia no puede seguir. Si tu existencia es un mundo de penas, antes que esclavo prefiero morir. Esos burgueses asaz egoístas, que así desprecian la humanidad, serán barridos por los anarquistas al fuerte grito de libertad. Rojo pendón, no más sufrir, la explotación ha de sucumbir. Levántate, pueblo leal, al grito de revolución social. Vindicación no hay que pedir; sólo la unión la podrá exigir. Nuestro pavés no romperás. Torpe burgués. ¡Atrás! ¡Atrás! Los corazones obreros que laten, por nuestra causa felices serán. Si entusiasmados y unidos combaten, de la victoria, la palma obtendrán. Los proletarios a la burguesía han de tratarla con altivez, y combatirla también a porfía por su malvada estupidez. Rojo pendón, no más sufrir, la explotación ha de sucumbir. Levántate, pueblo leal, al grito de revolución social. Vindicación no hay que pedir; sólo la unión la podrá exigir. Nuestro pavés no romperás. Torpe burgués. ¡Atrás! ¡Atrás! (*BIS*)