Transcription
[Música] la estrategia del parásito de César mallorqui.
Este libro está dedicado a Elena y María astier Álvarez porque tienen estrellas en los ojos e iluminan el mundo con sus sonrisas.
[Música]
Capítulo 3.
Al día siguiente, a las 9 de la mañana, regresé a la Facultad de Informática y entré en el vestíbulo para esperar a Judit. Al cabo de unos minutos, una chica muy guapa se aproximó a mí y me quedó mirando con seriedad. Tardé unos instantes en reconocerla. Vestía un traje de chaqueta azul y una blusa violeta de seda, todo de marca, y llevaba un ligero maquillaje de tonos claros. Parecía una niña bien del barrio de Salamanca, pero en realidad era Judit.
"Si eres tú", dije, arqueando las cejas. "No te había reconocido".
"La ropa es de mi madre", repuso. "Voy de pija".
"Y eso te queda muy bien, pero ¿por qué el cambio?"
"Hoy me interesa ir de pija", respondió sin aclararme nada. Y preguntó: "¿Cómo intentaste conseguir la dirección de Figuerola?"
"Conté en la secretaría, pero me dijeron que no podían darme información personal acerca del profesorado".
Judit volvió la mirada hacia las oficinas del centro y, mientras se desabrochaba lentamente los tres primeros botones de la blusa, permaneció unos segundos pensativa.
"Voy a probar yo", dijo. "Espérame aquí".
Judit echó a andar hacia la secretaría y vi que se aproximaba al mismo funcionario cuarentón, calvo y malhumorado que me había atendido el día anterior. Ella le dijo algo que, desde donde me encontraba, no pude oír, y él respondió. Solo que el mal humor había desaparecido de su rostro y ahora lucía una radiante sonrisa. Hablaron durante un rato y luego el funcionario desapareció para regresar al cabo de un par de minutos. El hombre dijo algo, ella respondió y, acto seguido, se despidieron.
A continuación, Judit regresó a mi lado y dijo: "Ernesto Figuerola tiene 37 años, trabaja en la universidad desde hace cinco, es soltero y vive en el número 49 de la Calle General Arrando. 3c. A recitó el número de su teléfono fijo".
Me quedé con la boca abierta. "¿Todo eso te lo ha contado el tío de secretaría?", pregunté.
"Sí, pero ¿cómo lo has conseguido?"
"Al llegar, me he inclinado hacia delante y le he dejado que me echara un vistazo a las tetas", respondió, mientras se abrochaba la blusa. "Los hombres sois idiotas", añadió.
Desde luego, aquella chica era cualquier cosa menos tímida.
"Venga", dijo, al tiempo que echaba a andar hacia la salida. "Vamos a casa de Figuerola".
Mientras nos dirigíamos al domicilio de Figuerola a bordo del Mini de Judit, llamé por el móvil al teléfono fijo del profesor, pero nadie contestó. Por supuesto, aquella llamada también fue registrada, aunque ya daba igual. La Calle General Arrán se encontraba en el centro de Madrid, en el barrio de Chamberí, y el número 49 correspondía a un viejo edificio de viviendas. Subimos al tercer piso y pulsamos varias veces el timbre de la puerta marcada con la letra C, pero nadie abrió. De modo que regresamos al portal y hablamos con el portero. Mejor dicho, fue Judit quien, tras dedicar al buen hombre una sonrisa deslumbrante, habló con él. Según el portero, hacía más o menos un mes el señor Figuerola le había anunciado que iba a estar ausente por tiempo indefinido y no, no había dejado ninguna dirección o teléfono de contacto.
Abandonamos el edificio y nos detuvimos junto al Mini de Judit.
"Bueno", dije con aire. "Habrá que ir a clase".
"¿Vas a la Ciudad Universitaria?", no respondió, mientras abría la puerta del coche. "¿Y tú tampoco?"
"Tenemos una cita".
"Una cita", repetí tontamente.
Sin hacerme caso, Judit se acomodó frente al volante. Me senté en el asiento contiguo y pregunté: "¿Qué cita?"
"Con un tal J. Hermida", respondió, al tiempo que ponía en marcha el motor. "Es el director de la unidad de atestados de tráfico de la Policía Municipal. Quiero saber cómo fue el accidente de Mario".
"¿Y ese tío nos va a recibir así porque sí?"
Judit arrancó el coche y enfiló calle abajo. "Ayer por la tarde llamé al alcalde", dijo. "Le conté que un amigo mío había muerto en un accidente de m y le pedí que me dejara ver el informe policial".
Durante unos segundos me quedé mudo. "¿Conoces al alcalde?", logré preguntar al fin.
"Es mi padrino", respondió.
Ninguno de los dos volvió a abrir la boca durante el trayecto. Ella, porque en general hablaba poco, y yo, porque no dejaba de preguntarme quién demonios era esta [Música] chica.
La unidad de atestados de tráfico se encuentra en la calle del Plomo, al sur de la ciudad. Tras identificarnos en la entrada, presentando nuestros documentos de identidad, un policía uniformado nos condujo a un amplio despacho donde, sentado tras un escritorio bajo una foto del Rey, se encontraba el director de la unidad, José Hermida.
"Encantado de conocerla, señorita Vergara", dijo Hermida con untuosa deferencia, al tiempo que estrechaba la mano de Judit. "Don Alberto me avisa de su visita. ¿Cómo está su padre?"
"Muy bien, gracias". Judit me señaló con un ademán. "Él es Óscar Herrero. También era amigo de Mario Rocafort".
Al estrechar la mano, Hermida no pudo evitar mirarme de arriba abajo, como si no acabara de entender qué hacía alguien como yo en su despacho. Entonces comprendí por qué Judit se había vestido de aquella manera y comencé a sentirme un tanto fuera de lugar con mis deportivas, mis vaqueros y mi ajada cazadora.
Tras las presentaciones, el director nos invitó a acomodarnos en las sillas que estaban frente a su escritorio y regresó a su sillón.
"Bien, señorita Vergara", dijo Don Alberto. "Me ha pedido que le ayude en todo lo que esté a mi mano. Por lo que me ha contado, está usted interesada en el trágico accidente donde falleció el joven". Le echó un vistazo a la carpeta que descansaba sobre el escritorio y concluyó la frase: "Mario Rocafort Sedano".
"Nos gustaría saber qué pasó".
Hermida abrió la carpeta y señaló con un dedo los papeles que contenía. "Esto es una copia del atestado", dijo. "Según el informe policial, el finado circulaba en su motocicleta a gran velocidad por la Avenida de la Ilustración en dirección noreste. Aparentemente, al llegar al cruce con la Avenida Monforte de Lemos, se saltó un semáforo en rojo y chocó contra una furgoneta, falleciendo en el acto".
"¿Qué hora era?", preguntó Judit.
"El choque tuvo lugar exactamente a las 5:26 de la madrugada. Apenas había tráfico".
Se produjo un silencio.
"¿Eso es todo?", dijo Judit. "¿No hubo nada extraño en el accidente?"
"Pues ya que lo menciona...", hermida titubeó. "Sí, sí, sí que hubo algo extraño. Verá, señorita Vergara, justo en ese cruce hay una cámara de vigilancia de tráfico, pero por algún motivo dejó de grabar durante 46 segundos justo cuando se producía el accidente". Carraspeó. "Aunque el conductor de la furgoneta aseguraba que su semáforo estaba en verde y que fue el de la moto quien se saltó el suyo en rojo, debíamos comprobarlo. No encontramos testigos, pero por fortuna, cerca del lugar donde se produjo el choque, hay un banco cuya cámara de seguridad encuadra parcialmente el cruce de las dos avenidas. Requisamos la grabación".
El hombre respiró profundo y dejó escapar el aire lentamente.
"¿Y?", le apremió Judit.
"De madrugada, ese semáforo de la Avenida de la Ilustración permanece siempre un minuto y medio en rojo, invariablemente. 90 segundos en rojo y 90 segundos en verde, con el intervalo de la luz naranja. Pues bien, examinamos la grabación del banco y descubrimos que aquel día, en aquel preciso momento, el el semáforo se puso en rojo normalmente, pero a los 21 segundos la luz cambió a verde, justo cuando pasaba por allí Mario Rocafort".
Judit entrecerró los ojos. Entonces dijo en voz baja: "Tanto Mario como el conductor de la furgoneta cruzaron con la luz en verde".
"En efecto, así es. El semáforo de la Ilustración permaneció en verde de forma anómala durante 23 segundos. A continuación, volvió a rojo sin pasar por naranja y luego recuperó su ritmo normal. Los técnicos del ayuntamiento lo han revisado, pero aparentemente no le pasa nada, estaba en perfecto estado. No obstante, por seguridad, lo han cambiado por otro nuevo".
"¿Cómo pudo ocurrir esto?", preguntó Judit.
Hermida se encogió de hombros. "Es inexplicable".
"Perdone", intervine. "¿Es posible que alguien manipulara el semáforo?"
Hermida me miró con un punto de sorpresa, como si se le hubiera olvidado de que yo estaba allí. "La cámara de vigilancia dejó de grabar durante menos de un minuto", respondió. "Hemos examinado las imágenes anteriores al fallo y no muestran nada extraño. Nadie le hizo nada al semáforo y a distancia".
"¿Insistí?"
"No sé. Desde el control central o algo así".
"Los semáforos están controlados por un sistema informático", me explicó pacientemente. "Para modificar su funcionamiento, hay que introducir nuevos parámetros en los ordenadores, lo cual quedaría registrado en la memoria del sistema, y eso no ha ocurrido". Suspiró. "No hay que darle más vueltas. Se produjo un inexplicable fallo técnico que tuvo funestas consecuencias. Lamentable, pero eso es todo".
Un silencio se extendió por el despacho.
"¿Podríamos ver las imágenes del accidente?", dijo Judit.
"No, lo siento", repuso el director. "Ya no tenemos la grabación. La hemos remitido al juzgado".
Judit se puso de pie. "Entonces, no le molestamos más. Muchas gracias por ayudarnos".
Hermida nos acompañó a la puerta y se despidió de Judit, rogándole que transmitiera un respetuoso saludo a su padre.
Abandonamos el edificio de la unidad de atestados y nos dirigimos en silencio al lugar donde estaba aparcado el Mini. Tras montarnos en él, Judit se giró hacia mí y declaró con gran seriedad: "Lo de Mario no fue un accidente, sino un asesinato".
Me sentía confuso. No sabía qué pensar.
"Eso no es seguro", murmuré.
"¿Tú también lo piensas? Si no, ¿por qué has preguntado si alguien había manipulado el semáforo?", sacudió la cabeza. "¿La cámara de vigilancia deja de grabar porque sí? ¿El semáforo se estropea inexplicablemente? ¿Qué más quieres?"
"A lo mejor son coincidencias", repliqué con convicción.
"Demasiadas coincidencias. Además, recuerda que en la carta que te escribió Mario temía por su vida y ahora está muerto".
Me froté los ojos con el índice y el pulgar. "Vale, acepté. Es todo muy raro y sospechoso".
"De acuerdo. Entonces, deberíamos dar parte a la policía y entregarles la carta y el pendrive".
Judit negó con la cabeza. "Mario no quería que recurriera a la policía. Lo dice en la carta".
De repente, me sentí enfadado. "¿Y por qué narices no podemos llamar a la policía?", repliqué en voz quizá demasiado alta. "Si sospechamos que se ha cometido un crimen, es lo que se supone que deberíamos hacer, ¿no? ¿O qué pasa? ¿Es que hay una conspiración mundial en la que está implicada la policía? ¡Por favor, es absurdo!"
Judit me contempló en silencio durante unos segundos, inexpresiva, como aguardando a que me calmase.
"Mario no era tonto, Óscar", dijo finalmente en voz baja. "Todo lo contrario. Si no quería que recurriera a la policía, sus motivos tendría".
"¿Qué motivos?"
"No lo sé, pero debemos hacerle caso".
Suspiré. "Vale, como quieras".
"¿Y ahora qué?"
"Ahora debemos encontrar a Figuerola".
"Pero ha desaparecido. ¿Cómo narices vamos a dar con él?"
"Ya se nos ocurrirá algo. Entre tanto, deberíamos enterarnos de qué va este asunto".
"¿Tienes prácticas esta tarde?"
"Sí, y no estaría mal que me pasara de vez en cuando por clase".
"De acuerdo, entonces te recogeré mañana a la 1:30 en tu facultad".
"¿Para qué?"
"Para echarle un vistazo al piso donde vivía Mario. Lo compartía con otros dos estudiantes, Eduardo y Felipe. Les conozco, no hay problema, nos dejarán pasar".
Acto seguido, arrancó el Mini y puso rumbo a la Ciudad Universitaria.
Aquella noche, de ir a la emisora, quedé con Paloma, pero no debí de ser una compañía muy divertida, pues pasé la mayor parte del tiempo ensimismado y distraído. Luego, una vez en casa, tardé mucho en conciliar el sueño. Me inquietaba pensar que mi antiguo compañero de colegio hubiese sido asesinado, pero más aún me asustaba preguntarme quién podría tener tanto poder como para controlar las cámaras de vigilancia y los semáforos de la [Música] ciudad.
Se oculta, no puedes verlo, pero siempre está ahí, observándote, vigilándote, espiando todo lo que haces y dices. No es un vampiro, pero se alimenta de ti. Depende de ti, por eso se esconde y te utiliza. Y entre tanto, crece y crece sin [Música] parar.
[Música]
[Música]
[Música]