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V DOMINGO ORDINARIO, CICLO A

Ignacio Fernández10:41

Transcription

Ustedes son la sal de la tierra, más si la sal deja de ser salada, [música] como no sirve de sal ni de nada, es arrojada la calle [música] y pisada. Ustedes son la luz del mundo. Toda [música] ciudad se ve si es encumbrada. Hace una luz que se enciende en la casa, alumbra todos al ser levantada. Ustedes son [música] la sal de la tierra.

La palabra de Dios de este domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano. No podemos instalarnos en una vida cómoda ni llevar una vida cristiana, hecha de gestos vacíos. Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

El profeta Isaías nos dice en la primera lectura: "esto dice el Señor, parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos." Hay que compartir el pan con el que tiene hambre. Hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos. Hay que vestir al desnudo. Hay que dar y darse uno mismo.

En la ley de Dios no cabe el egoísmo. No cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su billetera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así, no somos cristianos. Si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros. No, no nos engañemos. Es posible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. No es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el bautismo, ni la penitencia, ni la misma eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

Hay que dar, pero dar no solo pan, porque no solo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa y sobre todo hay que dar nuestra comprensión: ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve, juzgar como se juzga a un ser querido con benevolencia. Saber disculpar, disimular, callar, desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho sin respetar la buena fama del prójimo.

No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo en su primera carta a los corintios nos recuerda que ser luz es identificarnos con Cristo. Después de más de 2000 años de evangelio, nuestra civilización cristiana todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en el trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etcétera. Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la locura de la cruz y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás. Habría que preguntarnos hoy, ¿quién tiene razón? ¿nuestros teóricos salvadores del mundo formados en las más importantes universidades del mundo o San Pablo formado en la Universidad de Jesús?

Todos deberíamos ser instrumentos humildes a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo. Dejemos que sea el Espíritu de Dios a través nuestro que actúe en el mundo para que la palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

El evangelio de San Mateo vemos como Jesús exhorta a sus discípulos a que no se instalen en la comodidad y les pide que sean la sal que da sabor al mundo y también los exhorta a que sea luz para que podamos vencer las oscuridades del sufrimiento, del egoísmo, del miedo que hay en nuestra vida. Dios nos propone un proyecto de liberación y de salvación para que hagamos un mundo nuevo de felicidad y de paz. Si queremos hacer esto, hemos de dar testimonio con palabras y gestos concretos de nuestra fe para que el reino de Dios se haga una realidad en nuestro mundo.

Ser cristiano debe de ser para nosotros un compromiso serio y exigente que nos obligue a dar testimonio incluso en los ambientes adversos de nuestra fe. No podemos sentirnos satisfechos simplemente porque venimos a misa el domingo y cumplimos algunos ritos que la iglesia nos pide. Hemos de día a día ser sal que da sabor, que aportemos una mayor riqueza de amor y de esperanza a la vida de aquellos que caminan a nuestro lado. No podemos ser cristianos insípidos instalados en la mediocridad, sino que hemos de llevar alegría, entusiasmo, optimismo, esperanza a los demás.

En medio de tanto egoísmo, desesperanza, de una vida sin sentido que viven muchas personas, hemos de dar testimonio de un mundo nuevo de amor y de esperanza. Ser cristiano es también ser una luz encendida en la noche del mundo, alumbrando los caminos de la vida, de la libertad, del amor, de la fraternidad. Hemos de ser luz para muchas personas que viven en la superficialidad y en una vida sin sentido. Hemos de ser luz para este mundo que quiere prescindir de Dios y que quiere poner sus esperanzas en los bienes materiales. Hemos de ser luz para todas esas personas que se encierran en sí mismas, creyendo que así son felices. Hemos de ser luz para que muchas personas amplíen sus horizontes para fijarse en Dios y en los demás y no solo en ellos mismos.

Como cristianos, no podemos esconder nuestra fe en la vida privada. No podemos actuar desde la sombra para que no nos vea. Tenemos que hacernos presentes en la vida pública para que todo el mundo se dé cuenta de nuestra presencia. Seremos pues luz cuando practiquemos el bien, cuando demos ejemplo de vida cristiana, no solo aquí en la iglesia, sino en cualquier lugar. No lo olvidemos. No nos avergoncemos de lo que somos y somos sal y luz del mundo.

Queridos amigos, les deseo pues a todos ustedes un feliz domingo, día del Señor y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre todos y cada uno de ustedes. Feliz domingo. Feliz día del Señor.