Transcription
Hola Uriel, hola comunidad. Tenía muchas ganas de compartir esta historia que nos pasó a mi familia y a mí y que, por supuesto, es muy, muy extraña. Sucedió en Aguascalientes, cerca de la Alameda, en la primera casa en la que vivimos. Cerca de esos rumbos pasaba un río y la zona estaba llena de árboles donde, según contaba mi abuelo, colgaban a las personas que cometían un crimen terrible a principios del siglo pasado.
Desde que éramos niñas, mi hermana y yo recordamos que nos pasaban cosas muy extrañas. Algunas de ellas se las voy a contar en un próximo correo, aunque creo que no me va a alcanzar el tiempo para todas. Y es que en la casa nos asustaban de formas inexplicables. Los muebles y ciertas decoraciones tronaban y se rompían de la nada, como si alguien hubiera aventado un cohete dentro de la casa. Incluso nuestra perrita salía volando como si algo invisible la cargara y la lanzara al aire, y la pobre, aterrada, siempre corría a esconderse debajo de algún mueble.
Otra situación sin explicación, la que les voy a contar hoy, sucedía en el baño. Todos los días, antes de salir de casa para ir a la escuela, cerrábamos bien las puertas y ventanas por seguridad, ya que mi mamá tenía un negocio en un municipio cercano y la casa estaba sola todo el día. Al salir de clases, mi papá pasaba por nosotras y nos íbamos al local de mi mamá. Cuando anochecía, regresábamos a la casa, pero al ir al baño, siempre lo encontrábamos sucio, con excremento negro, como si alguien lo hubiera usado y no hubiera jalado la palanca. Al principio no le dimos mucha importancia, pero con el tiempo se volvió algo constante. Mi papá, ya muy molesto, nos reclamaba a mi hermana y a mí: "¡Son unas sucias! ¿Por qué no le bajan al baño?". Obviamente, nosotras no habíamos ido.
La situación se repitió tantas veces que un día mi mamá, fastidiada de que mi papá se enojara con nosotras, le dijo: "A ver, en lugar de regañar a las niñas, antes de que salgas de la casa, checa que el baño esté limpio". Y así sucedió. Mi papá lo verificó y sí, el baño estaba impecable. Cuando salimos, pero en la noche, al regresar, mi mamá le pidió que fuera a revisarlo otra vez y, para su sorpresa, el baño estaba sucio de nuevo. Mis papás revisaron puertas y ventanas, pero todo estaba cerrado con seguro. No había explicación de cómo sucedía.
Pasaron los días hasta que una noche, a las 3 de la madrugada, mi papá no se podía dormir. Su cuarto quedaba frente a la puerta del baño y algo llamó su atención. Algo se movía. Al mirar hacia afuera, vio un hombre semidesnudo, así lo describe él, con una toalla amarrada a la cintura y el cabello rizado. El hombre entró al baño, pero lo más aterrador es que no abrió la puerta, simplemente la traspasó como un ente. Mi papá, atónito y asustado, despertó a mi mamá y le dijo: "Ya sé, ya sé quién ensucia el baño". Mi mamá, sorprendida, no sabía si creerle o pensar que solo había tenido una pesadilla. Mi papá siempre fue muy escéptico, pero desde ese día comenzó a creer en cosas inexplicables. Meses después, una persona fue a limpiar la casa con velas y cuarzos porque, a partir de entonces, empezaron a ocurrir muchas cosas realmente raras, paranormales. Eso ya se los contaré después. Por lo pronto, muchas gracias por leerme y que tengan muy bonita noche.
[Música]
[Música]
Muy buenas noches a toda la comunidad. Es un gusto para mí volver a llegar a sus oídos con algunas de las historias más aterradoras, más impactantes que nos han enviado ustedes, la comunidad, y que hoy nos llevan hasta un colegio militar que parece esconder muchos entes, muchas historias, algunas difíciles de creer, por supuesto, porque así son las historias de fantasmas. Porque recuerden que todos creemos hasta donde nuestras experiencias nos permiten. Es difícil creer en eso que aún no hemos vivido, en lo que parece fuera de nuestra realidad, pero así empiezan todos y muchos terminan siendo protagonistas de este programa. Así que ten cuidado y déjate llevar por las siguientes historias, pero con precaución. Bienvenido, bienvenida. Estás escuchando Relatos de la Noche.
[Música]
Muy buenas noches, Uriel, y toda la comunidad RDLN. Espero se encuentren de lo mejor. Les mando un afectuoso saludo desde el estado de Puebla, México. Soy oyente del podcast desde hace ya unos años, pero hasta ahora no me había animado a compartir con toda la comunidad algunas experiencias que viví mientras fui Cadete del Heroico Colegio Militar, al sur de la Ciudad de México. Como en muchos de los relatos de compañeros militares que he escuchado en varios episodios, todas las unidades esconden un lado paranormal. En esta ocasión, quiero compartir algunas historias que no solo quedaron como relatos entre cadetes, sino que tuve la oportunidad de vivir en carne propia.
Para empezar, antes de causar alta como cadete, realicé mi servicio militar en una unidad cuyo nombre y ubicación prefiero no mencionar. Durante ese tiempo, había dos sargentos en particular que solían asignarnos las actividades diarias que incluían la revisión de valores militares y otras instrucciones similares. Lo menciono porque es relevante recordar algunas cosas que nos decían con frecuencia: "No, chavos", nos decían, "de verdad, en este mundo hay muchas cosas para las que uno no encuentra explicación y aquí en el ejército se viven experiencias que, como dicen ustedes, parecen del más allá. Hasta el que no cree en estas cosas termina creyendo porque aquí se vive en carne propia". Palabras más, palabras menos, ambos sargentos coincidían en esta idea. Después de sus advertencias, solían contarnos sus propias vivencias y encuentros paranormales ocurridos tanto en operativos como en el mismo regimiento.
Y aquí, aquí comienza mi historia. Hasta ese momento, siempre fui escéptico acerca de lo paranormal. Aunque personas muy cercanas habían contado sus experiencias, nunca las pude creer del todo, o al menos no darle la importancia como un suceso completamente real. Me parecían exageradas o, en el mejor de los casos, coincidencias. Sin embargo, todo cambió cuando terminé mi servicio militar y me di de alta como cadete en el Heroico Colegio Militar. Causé alta el primero de septiembre de 2017. Como todo cadete novato, esperaba que me asignaran una compañía donde pasaría los siguientes cuatro años con mis antigüedades, como se les llama a los compañeros en el ejército. Junto con otros 200 cadetes, aguardamos instrucciones. Cuando llegaron los más antiguos para dividirnos, una vez que me asignaron un alojamiento, solo faltaba integrarme a un pelotón. Cuando llegó mi Sargento de pelotón, nos recibió con unas palabras. Lo último que dijo me sacó de onda: "Aquí pasan muchas cosas y, aunque no sean recientes, se siguen viviendo, o al menos siguen siendo parte de este colegio. Si ustedes no creen, es mejor que comiencen a hacerlo y no me refiero a cuestiones religiosas, eh, sino a creer en lo que están viendo". No entendí a qué se refería en ese momento. Con el tiempo, iba a descubrirlo.
Unas semanas después ocurrió el sismo del 19 de septiembre que devastó gran parte del centro del país. La estructura del colegio también sufrió daños, por lo que nos ordenaron desalojar las compañías y montar campamentos en la Explanada Principal. Durante esas noches, tuve mi primer acercamiento con los cadetes de segundo año. En una de las chilosas charlas informales, uno de ellos comentó algo que reforzó lo que el sargento había dicho el primer día: "Si hasta ahorita no has tenido un encuentro paranormal, aquí vas a tener al menos uno, créeme". "¿Como qué cosas?", pregunté. Mi cabo, ya con ante curiosidad, un cadete de tercer año que escuchaba la conversación, intervino: "Si quieres saber de verdad, te voy a contar sobre el potro boleador y el relevo de guardia". Nos hizo señas para que nos acercáramos y bajó la voz: "Hace años, cuando el colegio todavía tenía las viejas costumbres, existía una disciplina extrema, de verdad. A los cadetes nuevos los educaban a base de golpes, incluso sin motivo. Ese era el sistema". Hizo una pausa. "Un cadete de primer año, un potro, llevaba apenas seis meses aquí. Una noche, su sargento pasó revisión de boleado y su error fue no haber boleado bien sus botines. Un error terrible". Un silencio incómodo se extendió entre nosotros. "Continúa", su sargento lo arrastró a los baños y ahí le metió una tal que lo terminó matando. Y cada que lo golpeaba le gritaba: 'Para que voles bien tus botas, potro, para que aprendas a hacerlo bien'. Y si se los cuento es porque cabe la posibilidad grande de que en algún momento lo vean". Un escalofrío recorrió mi espalda, pero sin dejar de poner atención, le dije: "No sé, mi cabo, no dudo su palabra, pero a mí nunca me ha pasado algo así. Nunca he visto nada raro por aquí". "Ay, potro", respondió con una sonrisa ladeada, "cuando te pase, te vas a acordar de mí, te lo prometo". Yo no le di más importancia, pero semanas después, todo cambió.
Para octubre, ya habíamos regresado a nuestras rutinas. Hacíamos aseo, montábamos guardia, arreglábamos los uniformes y, por supuesto, boleábamos los botines. Eran casi las 12 de la mañana de un jueves. Me había quedado estudiando para una evaluación y, al darme cuenta de la hora, bajé a planchar mi uniforme. Me fui al fondo de los baños, donde solía volear mis botines y conectar mi plancha. Para no molestar a nadie, me puse los audífonos y encendí la plancha, esperando a que se calentara. Entonces noté algo: una figura que se movía entre los lavamanos. Al inicio pensé que era alguien que quería pedirme algo, pero de repente fue como si el aire se tornara frío, un frío seco, intenso, que me caló hasta los huesos. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Algo dentro de mí decía que eso no era normal. La figura avanzó hasta el final del pasillo y entonces la vi claramente. Era un cadete, playera blanca, shorts negro, descalzo. Se sentó con dificultad contra la pared, como si le doliera el cuerpo. Me fijé en sus botines: eran diferentes a los nuestros. Y eso era completamente imposible. No sé cómo, no sé por qué, pero me atreví a hablarle en voz baja: "Oye, ¿tú tampoco arreglaste tus botines?". Su respuesta me heló la sangre: "Si no voleo bien, mi cabo me vuelve a pegar". Su voz sonó hueca, con eco, como si habláramos en un cuarto vacío. Yo había hablado en el mismo lugar y mi voz no sonó así. Un sudor helado me recorrió la nuca. Mi mente trataba de explicarlo. Tal vez alguien me estaba jugando una broma, pero no, sentía que era otra cosa. Me levanté con cuidado, recogí mis cosas y, cuando volví a mirar, ya no estaba. Solo quedaba la esquina vacía. Subí a mi alojamiento con el corazón a mil en los oídos. Decidí que bolearíapor la mañana, cuando ya todos estuvieran despiertos. Colgué mi uniforme en el closet y me metí bajo las cobijas, solamente mirando hacia el pasillo. Cuando estaba a punto de dormirme, escuché la misma voz otra vez, solo que en esta ocasión venía de en medio de mi cama y la de mi compañero: "Yo lo hago por ti, antiguo. Descansa". Toda la piel de mi nuca se erizó. Intenté girarme para ver quién estaba ahí, pero sentí un sueño abrumador, pesado, como si me hubieran drogado. De repente, lo último que alcancé a ver fue al mismo sujeto al fondo del pasillo. Estaba sentado junto a una columna, en la misma postura, sosteniendo un par de botines boleados.
[Música]
A mi compañero de pelotón, quien era creyente de lo paranormal, me dijo que su instructor de tiro, cuando había sido cadete, tuvo un encuentro exactamente igual. "El potro boleador no se ha ido", me dijo con voz baja. "Pero a ver, dime algo, ¿sigue sin creer en fantasmas?". No supe qué responderle. Durante el tiempo que pasé en el colegio, vi al potro boleador al menos dos veces más y cada vez que alguien lo veía, alguien amanecía con sus botines perfectamente boleados. Aún hoy sigo preguntándome por qué lo hacía. No sé si era un favor o, de alguna forma, era una advertencia.
Antes de continuar con las historias que salen de este Colegio Militar, te quiero recordar que te suscribas si no lo has hecho, para que no te pierdas ninguna historia de Relatos de la Noche. Y bueno, si ya quieres ser parte VIP de la comunidad, selecciona tu red social favorita y síguenos también por allá para que también estés al tanto de noticias, firmas de libros, convivencias y más sorpresas que vienen para ti en las próximas semanas y en los próximos meses. En todos lados nos encuentras como @rdlnoficial.
Continuamos en el Colegio Militar. Hay muchas historias que, aunque parezcan simples cuentos de cadetes, han sido vividas por más de uno. Una noche, mientras hablábamos sobre estos temas, un cadete de tercer año me contó algo que se me quedó muy grabado: "Las apariciones aquí en el colegio son más comunes de lo que crees, incluso los mandos lo saben, pero no pueden hacer nada al respecto". Me explicó que uno de los puestos de guardia más temidos eran "Los Cañones", llamado así porque había dos piezas de artillería obsoletas situadas en la cima de una escalinata similar a las de Teotihuacán. Desde hacía años circulaba la leyenda de un ente que aparecía entre la 1 y las 3 de la madrugada, siempre en el tercer relevo de guardia. "Se te pone al lado y te dice que ya llegó para relevar. Si le haces caso y abandonas tu puesto, te metes en una bronca. A más de uno ha sido arrestado por eso", me dijeron, pero nadie sabía quién era esa aparición ni por qué hacía lo que hacía.
Días después, un sargento me contó una historia aún más aterradora: "Oye, hijo", me dijo, "¿a ti no se te ha parecido nada en Los Cañones?". "No, mi sargento", respondí, un poco confundido. "¿Y has oído sobre Levita?". Negué con la cabeza. "Bueno", se frotó las manos con cierta emoción, "para empezar a contarme, te voy a contar sobre Levita y cómo fue que casi me lleva".
Desde aquí, comunidad, narrar su historia en primera persona, tal como él me la contó a mí: "La primera vez que vi algo fue en Los Cañones. Estaba montando guardia, ya muriéndome de sueño. Era la 1 de la madrugada y me costaba mantenerme despierto. Entonces, no sé cómo explicarlo, pero sentí una presencia en mi espalda. 'Antiguo, ya llegué a relevar'. Ni siquiera volteé, solo asentí con la cabeza y me fui. Cuando llegué al cuarto de la guardia, me encontré con los oficiales formando los relevos para iniciar el recorrido. '¿Por qué abandonaste tu puesto?', me preguntó el teniente a cargo. 'No abandoné, mi teniente, ya llegó mi antigüedad a relevárme'. El teniente se quedó callado y luego me preguntó: '¿Cómo era?'. 'Tenía la guerrera fajada en el pantalón y una fajilla de charol negra'. Apenas terminé de decirlo, lo entendí. Ese uniforme dejó de usarse hace muchos años. 'Uy, cadete', dijo el teniente con una mezcla de risa nerviosa y preocupación, 'ya te la voló ese güey, no está vivo'. Aún así, me arrestaron por un fin de semana como castigo, pero eso no fue nada comparado con lo que me pasó dos días después. Verás, por mi castigo, me tocó montar guardia en el pasillo de arriba del comedor. Era extraño que me enviaran ahí, pero no me quejé, no quería perder otro fin de semana sin salir. A las 11 de la noche, recorrí la zona. Todo estaba en calma, al menos aparentemente, porque luego lo vi: una figura que se movía en la oscuridad. El sonido de sus pasos retumbaba en el pasillo. Era un cadete sosteniendo un fusil en su mano derecha, igual que yo, pero algo estaba fuera de lugar. Su uniforme no era como el mío, no era como el nuestro. Vestía un levita, el uniforme de gran gala del Colegio Militar. Mi estómago se hizo un nudo. Nadie usa ese uniforme si no es una ceremonia especial. Mi mente me decía que me fuera, pero mis pies me llevaron hacia él. El cadete se giró y noté algo aún peor: el arma que traía era un mosquetón de madera, modelo que se dejó de usar hace décadas. Tragué saliva y traté de mantener la calma. Siguió caminando sin prestarme hasta que entró al comedor. Corrí tras él, pero cuando crucé la puerta, el lugar estaba vacío. El comedor de noche era un sitio lúgubre, casi no había luz. Sentí como se me enfriaba el cuerpo de miedo. De repente, de pronto, los pasos volvieron a escucharse, esta vez venían de abajo. Me asomé por el balcón que daba a la planta baja y lo vi: caminaba lentamente hacia las escaleras sin mirarme. '¡Alto!', le grité, siguiendo el protocolo de guardia. '¿Quién vive?'. No respondió. Subió las escaleras. Yo esperé que llegara hasta mí para identificarlo, pero nunca llegó. Sus pasos simplemente cesaron de golpe. Esperé un minuto, luego dos, luego cinco. No aguanté más. Bajé las escaleras con linterna en mano, pero no había nadie. Decidí darme la vuelta y reportarlo después, pero entonces lo escuché: una risa grave, gutural, justo detrás de mí. Me giré de inmediato y lo tenía a menos de un metro. Era alto, vestía el levita, pero donde deberían estar sus ojos, solo había dos luces amarillas brillantes. Mi cuerpo se congeló por completo. No tuve tiempo de reaccionar. Su mano me sujetó del brazo con una fuerza brutal. 'Ya te tengo', dijo con voz cavernosa. Su mano era huesuda, pálida, con uñas largas y afiladas. Sentí un tirón y después... pues nada. Simplemente nada. Desperté ya en el servicio médico. Tenía una venda en el brazo y estaba canalizado. '¿Qué hago aquí, mi teniente?', pregunté débilmente. El comandante de guardia me miró con mucha seriedad. Me dijo que me encontraron tirado en el comedor, con la boca abierta, sin respirar y con los ojos abiertos. Me contó que al revisarme, mi piel estaba tan blanca que mis venas se veían, mis labios estaban morados. Además, mi guerrera estaba rasgada del brazo izquierdo y debajo de la tela tenía tres heridas sangrantes. No dos, tres. Desde esa noche, el puesto de guardia fue eliminado. No se volvió a permitir que alguien más montara guardia a solas en esa zona".
Cuando el sargento terminó de contarme, comunidad, se arremangó la manga izquierda. Me dijo que viera, tenía tres cicatrices, tres marcas. Y después de verlas, tengo que ser honesto, algo dentro de mí cambió. No sabía qué otras cosas ocultaba el Colegio Militar. Solo sabía que, tarde o temprano, yo me iba a encontrar algo más.
Así pues, la última historia que quiero contarles, comunidad, es la experiencia más personal. Tuve la oportunidad o la desgracia de vivirla en ese colegio militar. Aunque fue breve, es seguramente la que más me impactó. Eran aproximadamente las 3 de la mañana, la hora en la que todos los cadetes de primer año teníamos la obligación de realizar el aseo del alojamiento. A mi pelotón le asignaron la limpieza del área de los baños y la escalera que subía al mesanine donde hacíamos tareas. Debajo de esa escalera estaba el armero, el almacén donde se guardaban las armas. Otro compañero y yo fuimos los encargados de limpiar ahí, mientras que otros dos lo hacían en la parte superior. Mi compañero barría, juntando el polvo en una esquina. Yo estaba esperando para poder pasar el trapeador. Cuando terminó, me acerqué con mi cubeta. Él estaba a unos 5 metros de mí, aún recogiendo la basura. Me incliné hacia la malla metálica que protegía la entrada del armero y fue entonces cuando lo escuché: un golpe seco, el sonido metálico me sacudió los oídos, como si alguien se hubiera recargado bruscamente contra la malla. Mi primera reacción fue pensar que lo había provocado yo con el trapeador, pero no. Segundos después, el golpe se repitió.
[Música]
Y esta vez vino acompañado de una respiración detrás de mí. Se sentía húmeda, baja, como si alguien estuviera muy cerca. Mi cuerpo se tensó. Había prometido no volver a mirar cosas que no quería ver. Desde mi encuentro con el potro boleador, ya no tenía dudas de que lo paranormal existía, pero tampoco deseaba vivirlo otra vez, enfrentarme con eso. Aún así, volví a escuchar esa respiración y esta vez no pude evitar voltear. Lo que vi, comunidad, me quitó el aliento. A través de los pequeños huecos de la malla, unos dedos huesudos emergían lentamente. Eran largos, pálidos, con la piel pegada al hueso, como si se hubieran momificado. Sus uñas, gruesas y desgastadas, tenían un color entre morado y negro. Y luego, levanté un poco más la vista. Ahí estaba un rostro. No sé si llamarlo humano, porque era completamente blanco, sin facciones, sin labios, sin ojos, solo dos manchas oscuras en su lugar. Pero lo peor fue el olor a putrefacción densa, pegajosa, un hedor que ni siquiera el limpiador de pisos pudo disimular. Entonces, esa cosa metió un sonido, un quejido. No era un gruñido ni una voz, era algo similar a cuando alguien trata de expulsar una flema de su garganta. La piel se me erizó de inmediato y, por supuesto que no me quedé a averiguar más. Salí corriendo y gritando: "¡Güey, vámonos, vámonos!", le dije a mi compañero que seguía juntando la basura. Él ni siquiera preguntó qué pasaba, dejó todo y corrió junto a mí. Cuando llegamos a nuestro pasillo, me preguntó qué demonios había pasado. Todavía temblando, le conté a lo que había visto. Mi comandante de pelotón, que en ese momento se estaba alistando, no se escuchó y se acercó. Su reacción me sacó mucho de onda, me dejó helado. Y es que no se sorprendió: "Y no eres el único que ha visto eso", me dijo con voz seria. "Cada año, al menos uno o dos lo ven". Hizo una pausa y me miró fijamente. "Y no solo en el armero, también en el alojamiento de mujeres". No supe qué responderle.
Estas fueron tres de mis muchas experiencias en el Heroico Colegio Militar. Y aunque fue parte de mi formación, hoy ya no estoy ahí, pero hay cosas que nunca se olvidan. Gracias por escucharme, comunidad. Les mando un abrazo y cuídense mucho.
[Música]
Estas fueron las historias de hoy, comunidad. Y bueno, aprovecho para hacerles la invitación a cualquier persona que tenga muchas historias de un lugar que crean que está particularmente embrujado, poseído o algo parecido, por favor, los invito a reunirlas, ya sean historias propias o de la gente a su alrededor y que no se las hagan saber, porque es muy interesante abordar episodios de este, de esta perspectiva, varias historias sobre un solo lugar como protagonista. Gracias por escucharnos. Mi nombre es Uriel Reyes y nos volvemos a ver en tres días con más Relatos de la Noche.