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Sensación y Percepción - Descubrir la Psicología

Giovanni Andrés Rodas28:55

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La divulgación científica puede apoyarse en las nuevas tecnologías para darse a conocer al gran público. La psicología, como ciencia moderna que es, puede ser también una de estas ciencias que puedan llegar a todos ustedes.

Gracias a estas nuevas, a la tecnología del vídeo, estas nuevas tecnologías, entre los múltiples vídeos que se han producido ya fundamentalmente en la industria americana sobre el comportamiento humano y los intrincados comportamientos de la mente, hemos escogido una colección que creo que puede serles de gran utilidad para complementar el soporte teórico que pueden encontrar en la letra escrita. Con este mecanismo audiovisual que les puede acercar a ustedes al conocimiento de su propia realidad y la de su entorno.

En este primer capítulo vamos a tratar de, se va a tratar de la percepción y de las reacciones emotivas que provocan la percepción. Sin darnos cuenta, nuestra vida está inmersa en una gran cantidad de imágenes, de sonidos, de elementos que estimulan nuestros sentidos. Esta estimulación acaba produciéndonos una sensaciones. Estas sensaciones reproducen emociones. El mecanismo por el cual todo ello sucede es apasionante, como ahora van a ver.

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Luces, cámara, percepción. Cuando era pequeño y le fastidiaba algún chico mayor, no deseaba poder crecer de repente. Aquí puede conseguirlo en el exploratorio, el museo de la ciencia de San Francisco. ¿Cómo lo conseguí? De la forma más sencilla: manipulando la percepción.

La primera vez que me ha visto mi tamaño era normal, porque no podía ver el resto de la habitación. Pero cuando se han encendido las luces y la cámara se ha alejado, su cerebro ha realizado instantáneamente un nuevo análisis y ahora me considera más pequeño. Ha procesado toda la información visual que tenía sobre mi tamaño y el tamaño y la forma de la habitación. Seguidamente, ha añadido todo lo que sabía por propia experiencia sobre la forma habitual de una habitación: forma rectangular y ángulo rectos. Por lo tanto, cuando aparezco dentro de este espacio, su cerebro se convence de que me estoy volviendo increíblemente grande, ya que no encuentra otra explicación perceptual. Se convence incluso aunque sea ilógico.

Vamos a verlo de nuevo, pero desde otro punto de vista. La habitación no es rectangular, está totalmente deformada. No hay ángulos rectos por ningún lado. Así, desde su punto de vista, este reloj que es grande y ovalado se ve igual que aquel reloj pequeño y redondo. El suelo se inclina hacia arriba y, como puede ver, el techo se inclina hacia abajo. Aunque lo parezca, no estoy creciendo en absoluto. En realidad, percibe erróneamente mi tamaño, ya que cree que estoy a la misma distancia cuando estoy aquí o cuando estoy allí. Pero en realidad, estoy al doble de distancia.

Desde luego, es más divertido experimentar este tipo de percepciones erróneas. Pero lo cierto es que nuestra percepción normalmente es muy precisa. Debe serlo, no podríamos sobrevivir si no fuese así. La percepción es nuestra forma de relacionarnos con nuestro entorno, de descubrir lo que está ocurriendo fuera de nuestro cuerpo y de nuestro cerebro.

Todas las especies han desarrollado un aparato sensorial especial para recoger la información esencial para su supervivencia. Las águilas y otros pájaros de presa tienen una visión asombrosamente precisa.

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Los perros pueden oler cosas en concentraciones 100 veces inferiores a nosotros y los murciélagos disponen de un sonar capaz de rastrear y capturar insectos pequeños y de rápidos movimientos. Los psicólogos estudian todos los procesos sensoriales (oído, olfato, gusto, etcétera). Pero su enfoque principal, igual que el nuestro, es la percepción visual.

Nuestra capacidad sensorial habitualmente se mide a través del umbral absoluto. Es el nivel más débil de un estímulo que podemos detectar con precisión al menos la mitad de las veces que se nos presenta. Veamos algunos de los umbrales del ser humano:

* La llama de una vela vista a 55 kilómetros en una noche despejada y oscura.

* El tic-tac de un reloj a seis metros en un ambiente sin otros ruidos.

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* Una cucharada de azúcar en 7 litros de agua.

* Una gota de perfume diluida en el espacio de un apartamento de tres habitaciones.

* El ala de una abeja que cae sobre su mejilla desde una distancia de un centímetro.

Nuestro conocimiento sensorial de estos estímulos proviene de millones de receptores especializados diseminados por nuestro cuerpo: en nuestros ojos, orejas, nariz, lengua, piel, músculos, nuestras articulaciones y tendones, nuestro oído interno, incluso en ciertas partes de nuestro aparato digestivo. Cada receptor está diseñado para detectar ciertos tipos de energía física, como las ondas de luz o de sonido.

Esta estimulación se convierte en una señal electroquímica llamada impulso neuronal, que el sistema nervioso transmite a la corteza cerebral. La corteza se encarga de juntar toda la información sensorial y actuar sobre ella. Diferentes regiones de la corteza traducen los diferentes impulsos neuronales a experiencias psicológicas distintas, como podrían ser una melodía o el tacto de un material determinado.

La información visual se procesa en primer lugar en el lóbulo occipital, en la parte posterior del cerebro. La audición y el olfato en el lóbulo temporal. La percepción del lenguaje en el lóbulo frontal y los sentidos del cuerpo en el lóbulo parietal. Estos centros sensoriales primarios posteriormente proyectan los resultados de su actividad a una estación intermedia: el tálamo. Este, a su vez, envía la información a diferentes áreas de la corteza. Es aquí donde se cree que tiene lugar el procesamiento de la información más abstracta y donde conectamos la nueva información con la que ya tenemos almacenada en nuestra memoria.

La percepción visual, por ejemplo, tiene lugar en tres áreas: en la retina, situada en la parte posterior del ojo; en las vías ópticas del cerebro; y en la parte de la corteza responsable del procesamiento, la corteza visual, situada en la parte posterior del cerebro.

Esta es la forma en que una imagen, o mejor dicho, un patrón de estimulación, se forma en la retina: está boca abajo, plano, distorsionado, lleno de agujeros, desenfocado y oscurecido por los vasos sanguíneos. Parece sorprendente que podamos ver también como lo hacemos.

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Recordemos que la función de toda percepción es determinar qué es el objeto real en el entorno. Otro término para este objeto es el estímulo distal, es decir, el objeto de ahí fuera. Para poder determinar lo que es, el único camino es utilizando la información derivada de la estimulación del objeto en un sensor receptor del cuerpo. Esta estimulación se llama estímulo proximal y, en este caso, es la imagen que se forma en la retina.

En este punto, el cerebro solamente conoce la imagen y ahora tiene que descubrir la naturaleza verdadera del objeto o estímulo distal. Aquí es donde el cerebro demuestra todo su potencial: debe eliminar las señales confusas, rellenar los espacios, darles tres dimensiones, enderezar la imagen boca abajo y darle perspectiva. Estas transformaciones ocurren continuamente y de forma instantánea.

David y Hubel fueron galardonados con el premio Nobel al conseguir trazar el mapa de reacción de las células receptoras a lo largo de las vías ópticas de un primate, desde la retina hasta la corteza. Estas células son las que reciben la energía y la convierten en impulsos eléctricos. En la retina tenemos más de 125 millones de células receptoras. Tienen forma de filamentos. Los conos y bastones. Las vías ópticas comienzan en la retina y siguen por el nervio óptico. Este nervio contiene un millón de fibras que acaban en determinadas áreas del cerebro. Cada una de estas envía a su vez un grupo de fibras, alrededor de un millón, a otras regiones que, a su vez, se conectan con otras. Todo ello, en su conjunto, forma la vía óptica.

La corteza primaria visual está aproximadamente siete capas por debajo de los receptores y de la retina. Las células reaccionan a un estímulo visual únicamente si una línea incide sobre la retina. Esta línea puede tener una orientación particular, puede ser brillante, oscura o el límite entre brillo y oscuridad. En principio, funciona cualquier tipo de línea. Sin embargo, su posición y orientación son muy importantes y, si no son correctas, las células no responden.

Siguiendo esta base experimental, una línea vertical brillante estimula un pequeño número de neuronas en la corteza visual de un gato. El estallido es la actividad eléctrica de estas neuronas a medida que van respondiendo a la imagen de la retina. Escuchando la intensidad de esta actividad eléctrica, los investigadores pueden determinar la orientación correcta de la línea. Cuando la línea cambia a una posición diagonal u horizontal, la cantidad de estimulación disminuye drásticamente.

Estamos en la primera etapa de nuestra investigación. No sabemos cómo somos capaces de reconocer una cara. Sabemos cuál es la zona aproximada del cerebro donde esto ocurre. Sin embargo, no tenemos la menor idea de lo que ocurre a nivel celular. Para problemas más elementales, para los primeros procesos visuales, sí tenemos un buen conocimiento de lo que ocurre en los primeros pasos. Estamos solo al principio.

El profesor David Marr, del MIT, está estudiando las etapas sucesivas del procesamiento de información que tienen lugar continuamente a medida que percibimos lo que ocurre en el mundo exterior. Usando gráficos de ordenador, ha demostrado cómo el sistema visual fragmenta la estimulación visual en millones de bits de información y los reagrupa en una imagen coherente que podemos reconocer.

El hecho de ver parece a priori una actividad tan fácil que cuesta imaginarse todas las dificultades y complejidades involucradas en él. Solo al intentar construir un robot que pueda ver y reconocer objetos nos podemos dar cuenta de lo complicado que esto resulta. Las personas deben realizar una cantidad tremenda de procesos para poder ver imágenes e interpretarlas.

Esta es la imagen de un gato tal y como la ve nuestro ojo y nuestro cerebro. Observemos los procesos que debe llevar a cabo el sistema visual para permitirnos ver esta imagen. Cuando la luz llega a la retina, la imagen está ligeramente desenfocada por los ópticos del ojo. Después, se rompe en millones de pequeños fragmentos. Cada receptor ve una parte minúscula de la imagen original y mide su brillo. Distintos receptores de la retina son sensibles a los diferentes colores de la luz y responden a la cantidad de ese color que ven.

Para descubrir objetos, el sistema visual busca los límites relevantes. Utiliza neuronas que detectan bordes y líneas, cuyas características han sido investigadas por Hubel y Wiesel. Aquí se pueden ver los resultados de los detectores de bordes rojo, verde y azul. Miren los bordes azules. Es difícil creer que allí hay un gato.

Ahora me gustaría enseñarles el tipo de información que usa el cerebro para que estas imágenes desordenadas tengan sentido. El cerebro parece buscar constancia y simplicidad. Imaginemos que nos encontramos en nuestro sistema visual contemplando este patrón de neuronas activas y que no podemos reconocer el patrón original. Ahora sí podemos verlo. Y ya que todos los puntos en la imagen del gato se mueven a la vez, este es un ejemplo de cómo el cerebro utiliza la rigidez para reconocer objetos en movimiento.

La percepción ambigua del movimiento puede destruir la percepción de rigidez. En este caso, tenemos un objeto rígido rotatorio: un cuadrado. Cuando las esquinas desaparecen de la vista, el cuadrado parece reducirse de tamaño. Cuando las esquinas reaparecen, se vuelve más grande. Otro ejemplo: creíamos que el cuadrado pierde su rigidez debido a que las neuronas visuales en cada situación solo pueden ver una proporción pequeña de la imagen completa y, por lo tanto, no pueden percibir con precisión la dirección de las partes móviles del objeto. Si giramos la cruz, recuperamos la sensación de rigidez del cuadrado.

Comparemos simultáneamente estas dos situaciones. La conclusión es que el movimiento del cuadrado es necesario para perder la rigidez. La pérdida de rigidez en este caso ayuda a los científicos a estudiar cómo la información de distintas localizaciones de la retina se combina para formar una percepción individual. Este es uno de los muchos ejemplos de que el fenómeno de la percepción puede revelar la forma de trabajar de nuestro cerebro.

El cerebro tiene que tomar infinidad de decisiones perceptuales en cada instante. Debe calcular las relaciones de tamaño y distancia, determinar dónde existen límites y bordes, distinguir las figuras de los fondos, acercarnos hacia los objetos que queremos y alejarnos de objetos que necesitamos evitar. Muchas de estas decisiones perceptuales se toman sin un conocimiento consciente del proceso implicado. El cerebro está automáticamente procesando la realimentación sensorial y guiando al cuerpo para que ejecute las tareas necesarias.

Cuando, por ejemplo, un quarterback ve a un receptor, automática e inconscientemente calcula la distancia, ángulo y velocidad, y los músculos de su mano, brazo y hombro se ajustan a este cálculo. Pero, ¿qué ocurre si distorsionamos su percepción del receptor del balón? Estas gafas desplazarán su campo visual 20 grados. En otras palabras, el estímulo distal u objeto real estará desplazado 20 grados del lugar donde lo percibe el quarterback.

Si continúa lanzando con las gafas puestas, empezará a adaptarse a las nuevas señales, compensando la información incorrecta que su retina está enviando a su cerebro. Empezará lanzando lo que a él le parece que está 20 grados desplazado para poder dar al receptor. Ha aprendido rápidamente una nueva coordinación brazo-ojo. Volvamos a normalizar su visión y volverá a fallar otra vez, en la dirección opuesta. Aunque su retina está ahora enviando información correcta sobre la verdadera localización del objetivo, su cerebro no se ha ajustado a la nueva información. Sigue compensando la corrección previa de los movimientos de su mano y brazo.

La tarea primordial de nuestro sistema visual es obtener información precisa sobre el mundo que nos rodea, y no solo de las imágenes de nuestra retina. Para sentir, percibir y comprender nuestro mundo, utilizamos dos procesos muy diferentes. Primero, nuestros receptores sensoriales detectan la estimulación externa y envían esta información bruta al cerebro para su análisis. A esto le llamaremos procesamiento de abajo arriba. Entonces, entra en escena el procesamiento de arriba a abajo. Añade lo que ya sabemos sobre dicha estimulación, lo que recordamos sobre el contexto en el que normalmente aparece y cómo lo etiquetamos y clasificamos. De esta forma, damos significado a nuestras percepciones.

Cuando las personas andan hacia nosotros, sabemos que no aumentan de tamaño, aunque la imagen que proyectan en la retina sí aumenta de tamaño. Y si algo hace sombra sobre nuestro periódico, sabemos que el papel no se está oscureciendo. Ello es debido a que la marca de contraste de percepción es nuestra habilidad para imponer estabilidad en el cambio constante de flujo de sensaciones que experimentamos. Los psicólogos se refieren a este fenómeno como constancia perceptual. El tamaño, la forma, la orientación y brillo actuales de un objeto son percibidos como constantes, relativamente permanentes, aun cuando existan variaciones extremas en la imagen que proyecta.

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Lo que percibimos no es solamente una fotografía pasajera de la realidad, sino una construcción activa de la realidad. Tendemos a ver lo que esperamos ver. Vemos cosas con nuestras mentes, así como con nuestros ojos. Estamos constantemente seleccionando solo una pequeña parte de la información sensorial disponible para atender y procesar.

Una de las formas en que percibimos algo activamente es teniendo en cuenta su contexto. Dicho contexto puede incluso determinar la naturaleza de la percepción en sí misma. El mismo objeto puede parecernos distinto si el contexto es diferente. Observemos este cuadrado. Parece oscurecerse a medida que el fondo se aclara, o en otras palabras, a medida que el contexto cambia.

Ahora observemos a estos tres hombres. Vemos la figura de la derecha más pequeña que la de la izquierda, situada más al fondo, porque inconscientemente la comparamos con la figura grande. Pero de hecho, las dos figuras pequeñas son exactamente del mismo tamaño.

Para ser eficaz, la percepción también tiene que trabajar con rapidez y extraer la mínima información necesaria para formar una impresión completa del patrón. La percepción visual sería demasiado lenta si tuviésemos que esperar hasta haber procesado el último punto del objeto. Los bordes y los límites, en particular, transfieren mucha información sobre un objeto. Son una forma de simplificación visual que puede ayudar al cerebro a rellenar los patrones completos a través de las partes menos identificativas.

A veces, el cerebro puede incluso registrar un patrón que no existe. Estos patrones fantasma son los llamados contornos subjetivos. Un límite o un borde pueden influir poderosamente en el modo en que vemos las cosas. En este ejemplo, la mitad izquierda de la pantalla aparece más oscura que la derecha. Pero observemos qué ocurre cuando cubrimos el límite. Lo que ha ocurrido es lo siguiente: nuestro cerebro ha detectado una ligera diferencia en el brillo del centro y entonces ha ido más allá, extendiendo esa diferencia al resto de la superficie.

Dada la complejidad del mundo que tratamos de comprender y la de nuestras mentes, no es de extrañar que lo que percibimos esté sujeto a múltiples influencias, algunas de las cuales nos conducen por mal camino. Podemos ver algo que no está realmente allí porque es lo que esperamos ver, o por el contrario, podemos no ver algo que sí está presente porque no esperamos verlo. Nuestra experiencia previa, nuestras expectativas, interés y predisposiciones están constantemente creando diferentes percepciones.

Miremos esta imagen. Algunos de ustedes verán a una mujer joven y algunos de ustedes verán a una mujer mayor. En varios estudios se encontró que las personas jóvenes tenían tendencia a ver la cara joven, mientras que la gente mayor tendía a ver la cara mayor, sin haber recibido alguna referencia previa sobre lo que debían buscar.

Otro ejemplo, conocido como la ilusión del hombre rata. Intenten identificar cada dibujo tan pronto como lo vean. Ahora identifiquen esta imagen. Probemos esta otra secuencia. Otra vez, identifiquen cada dibujo tan pronto lo vean. Ahora, ¿qué tal con este? En varios estudios se encontró que la primera serie de dibujos de animales llevaba a la mayor parte de sujetos a identificar esta imagen como una rata. Pero cuando otros sujetos veían el dibujo de la gente, lo identificaban con un hombre mayor con gafas. Sus experiencias anteriores crearon muy distintas formas de mirar al mismo estímulo distal.

A veces, sin embargo, tenemos problemas para percibir cosas no debido a nuestras experiencias o expectativas, sino todo lo contrario. Recibimos demasiada información no familiar que algunas veces nos coge por sorpresa. Esto es lo que les puede ocurrir a los testigos oculares de un hecho fuera de lo normal. Observen de nuevo este simulacro de robo e intenten decir quién hizo qué, quién disparó a quién. Podrían jurarlo en un juicio. Vamos a pasar las imágenes, esta vez a cámara lenta, para ver si tenían razón.

La mano, el brazo, hasta el cuerpo entero pueden ser más rápidos que el ojo. Cuando el cerebro no está preparado para realizar un trabajo de detective, ¿qué ocurre? Cuando no tenemos problemas para ver algo, pero lo que vemos simplemente no tiene sentido. Cuando nos encontramos ante una paradoja visual. A primera vista, es un triángulo de madera sólido, pero no puede ser un triángulo porque, bajo mi perspectiva, tiene dos ángulos rectos y eso es imposible. Tan imposible que quiero que observen esto mientras lo corto con mi brazo, completamente sin romperlo. Por lo tanto, ahora ustedes saben que tampoco puede ser sólido.

El cambio de punto de vista nos permite verlo tal y como es realmente. Esta forma de mirar un objeto, separando sus partes, se define como forma de ver analítica, la cual choca con la forma holística de ver una imagen grande. Ambas formas de ver tienen sentido por separado, pero juntas crean una paradoja.

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En estas imágenes de una pelota botando, la escalera parece no tener fin. Esta paradoja también funciona al revés.

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Aunque nuestros sentidos nos ponen en contacto con el mundo que nos rodea, es nuestro cerebro, trabajando con experiencias anteriores, el que nos dice si algo es imposible o imposible, organizando nuestras percepciones y diciéndonos lo que hay allí fuera y lo que debemos pensar sobre ello.

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Podríamos decir que cada uno de nosotros tiene un hardware increíblemente sofisticado en la forma de un aparato sensorial y un software que procesa la información y le da sentido. Ambos, perfeccionados durante millones de años, normalmente trabajan juntos y se adaptan muy bien. Pero a veces no lo hacen. Por ello, nunca podemos garantizar nuestras percepciones, aunque nos desemvolvamos bien en el curso normal de nuestras vidas.

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