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✅ La HISTORIA DE LA ECONOMIA parte 3 | La Revolución Industrial y el nacimiento del comunismo

Memorias de Tiburón10:40

Transcription

Vamos con la tercera entrega de nuestra serie sobre la historia de la economía mundial. Por si no os acordáis, lo habíamos dejado al inicio de la Revolución Industrial, momento en el que la humanidad cambiaría para siempre.

La introducción de la máquina de vapor y también del telar mecánico aumentaron la producción y eficiencia en diversas industrias como la textil o la metalúrgica. Y los dueños de las empresas estaban forrando. Ya que no sabes quiénes eran los dueños de la mayoría de las empresas, la burguesía. ¿Os acordáis de la burguesía? Sí, esa clase social que estaba formada por aquellos a los que les fue bien con sus negocios en las ciudades. Pues esta gente cada vez quería tener más peso en la economía de los países y muchos de ellos comenzaron a querer también tener más poder político. De esta manera, la burguesía estadounidense se levantó contra la corona británica, la francesa cortó la cabeza al rey y proclamó la república. Y en Latinoamérica, los descendientes de los españoles encabezaron las revoluciones por la independencia. Aunque, a decir verdad, muchos de estos liberales revolucionarios acabaron asumiendo e imitando las antiguas costumbres de la nobleza. Quién lo iba a decir. Bueno, sigamos.

Antes de meternos de lleno con la Revolución Industrial, tenemos que hablar de un escocés que tuvo unas ideas rompedoras. Hablamos de Adam Smith, considerado por muchos el padre del capitalismo, el liberalismo y la economía moderna. Smith decía que los mercados debían ser libres y que la propia voluntad de los individuos de perseguir sus intereses sería la mano invisible que regularía al mercado, ya que había analizado cuidadosamente cómo los precios cambiaban en función de los cambios en la oferta y la demanda. Smith abogaba por la mínima intervención del gobierno en la economía, limitándolo a funciones esenciales como la defensa nacional, la administración de justicia y la provisión de ciertos bienes públicos que el mercado no podía proporcionar de manera eficiente. También era un firme defensor de la libre competencia y criticaba las políticas proteccionistas, es decir, los aranceles. Según Smith, esta era la mejor manera de conseguir un crecimiento económico fuerte y sostenido.

Y por qué os cuento todo esto, porque muchísimos economistas pasaron sus teorías y estudios en las ideas de Adam Smith. Uno de ellos fue David Ricardo, quien fue más allá que el propio Adam Smith e introdujo un concepto clave: la ventaja comparativa. Para David Ricardo, los países tenían que especializarse en lo que mejor saben hacer y comprarle el resto de bienes y servicios a otros países que sean especialistas en ellos. Pero ¿qué pasaba si un país será mejor que el resto produciendo todos los bienes y servicios? Pues, según David Ricardo, aún así cada país debería especializarse en producir los bienes en los que tiene un menor coste de oportunidad, es decir, aquellos que puede producir relativamente más eficiente en comparación con otros bienes. Al hacerlo y luego comerciar con esos bienes, ambos pueden obtener más de lo que podrían producir por sí mismos. Sé que esto es un poco olioso, pero no me quiero detener mucho más, así que quedaos con que el comercio siempre va a beneficiar a los países, aunque uno sea mejor que otro produciendo todo tipo de bienes y servicios.

Pero venga, volvamos a la economía real. La Revolución Industrial comenzó en Gran Bretaña a mediados del siglo XVII y se extendió a lo largo del siglo XIX por toda Europa y Estados Unidos. La Revolución Industrial es el verdadero punto de inflexión en la humanidad. Gracias a ella, el PIB mundial, la esperanza de vida, el progreso científico y casi cualquier indicador económico que os podáis imaginar se disparó. Países como Alemania, Bélgica, Francia o Estados Unidos se unieron a Reino Unido como grandes potencias industrializadas. Se mejoró la industria química, se mejoraron las técnicas de producción de hierro y acero, se inventó el telégrafo. Hasta las técnicas agrícolas sufrieron una revolución. Casi cualquier sector que os podáis imaginar avanzó a una velocidad nunca vista hasta entonces.

La máquina de vapor también permitió crear mejores transportes. Las locomotoras de vapor permitieron mover grandes volúmenes de mercancías y personas a velocidades antes inimaginables, conectando mercados y facilitando el comercio a escala nacional e internacional. Los barcos de vapor, que comenzaron a cruzar los océanos, ampliaron las rutas comerciales y acortaron significativamente los tiempos de viaje, a la vez que podían llevar una carga muchísimo mayor. De repente, era rentable traer ingentes cantidades de materias primas como hierro o carbón de todos los confines del mundo. Esto provocó que las grandes potencias iniciaran una carrera colonial para hacerse con la mayor cantidad de territorios posibles y poder así expoliar los recursos naturales de África, Asia y Oceanía.

Llevo diciendo durante todo el vídeo que poco a poco los campesinos se iban trasladando a las ciudades en busca de un porvenir, pero esta vez la cosa se fue de las manos. En todos los países industrializados, olas y olas de campesinos abandonaron el campo y buscaron trabajo en las nuevas fábricas. Y así es como poco a poco surgió una nueva clase social: la clase obrera. Esta clase obrera estuvo muy fastidiada durante el siglo XIX y también durante los principios del XX. Las condiciones en las minas y en las fábricas eran durísimas. Los sueldos eran tan bajos que hasta las mujeres y los niños se tuvieron que incorporar al trabajo en la industria. Las condiciones de trabajo eran horribles y las jornadas eternas. Hablamos de jornadas de entre 12 y 16 horas al día, 6 días a la semana. Por supuesto, ni hablar de vacaciones. Los entornos laborales eran insalubres y a todo esto hay que añadirle que muchos obreros y mineros morían en su puesto de trabajo por culpa de la falta de medidas de seguridad. Aunque la peor parte se la llevaban los niños, ya que muchos morían de agotamiento o en accidentes por ser utilizados para meterse en sitios muy pequeños o debajo de máquinas.

El de las minas era un trabajo especialmente duro. Los mineros trabajaban en túneles oscuros y estrechos con un alto riesgo de derrumbes y explosiones debido a la acumulación de gases inflamables. La falta de una ventilación adecuada significaba que los mineros tenían que respirar un aire lleno de polvo de carbón, lo que les causaba enfermedades crónicas. Y a estas condiciones ideales de trabajo le tenemos que sumar también las inundaciones y las temperaturas extremas. Un chollo, vamos.

Esta situación provocó que hubiese gente que le diera más al tarro y se comenzara a plantear un cambio de sistema económico. Dos de estos señores fueron Karl Marx y Friedrich Engels. Estos tíos lo pondrían todo patas arriba escribiendo el Manifiesto Comunista. En él, Marx y Engels analizan la historia de la sociedad como una constante lucha de clases. Mirando hacia atrás, entienden que todas las civilizaciones han sido divididas en clases dominantes y oprimidas y que el conflicto entre estas clases es la fuerza que mueve la historia. En la sociedad capitalista, identifican dos clases principales: la burguesía, que posee los medios de producción, es decir, las fábricas, las tierras y el capital; y por otro lado está el proletariado, que no tiene más que su fuerza de trabajo para vender.

Marx y Engels sostienen que el capitalismo, a pesar de sus avances en la productividad y la tecnología, es explotador por naturaleza y que la burguesía extrae la plusvalía del trabajo del proletariado, es decir, la diferencia entre el valor producido por los trabajadores y el salario que reciben. Es explotación. Conduce a la acumulación de riqueza en manos de unos pocos y a la pobreza relativa y absoluta de muchos. Por ello, Marx y Engels proponían una sociedad sin clases sociales y sin propiedad privada, donde los recursos y los medios de producción fueran gestionados de manera colectiva para el beneficio de todos.

Sin embargo, para llegar a este mundo de piruleta, Marx y Engels concluyeron que tenía que haber un periodo de transición en el que los trabajadores tomaran el control del Estado y usaran su poder para abolir las estructuras capitalistas y así construir una nueva sociedad socialista a través de la llamada dictadura del proletariado. Y cómo se llegaba a esta dictadura del proletariado, pues obviamente los burgueses no iban a renunciar a su poder así como así. Hacía falta una revolución violenta por parte de la clase obrera.

Otro que también le dio muchas vueltas a todo esto fue Mijaíl Bakunin, el padre del anarquismo. Bakunin no se andaba con tonterías. Él defendía la destrucción del Estado y de toda autoridad coercitiva para alcanzar un mundo en el que el individuo fuese totalmente libre. En la teoría de Bakunin, el Estado era visto como el mayor enemigo de la libertad humana. Él creía que cualquier forma de gobierno, incluso la más democrática, inevitablemente conduciría a la opresión y la explotación. El poder corrompe y, por tanto, cualquier estructura de poder debería ser desmantelada para permitir una verdadera emancipación de la humanidad. Ah, y también estaba en contra de cualquier religión y abogaba por una visión del mundo basada en la razón y la ciencia. Para Bakunin, la organización de la sociedad debía basarse en asociaciones libres y voluntarias de individuos y comunidades. Y, por supuesto, todas las decisiones se deberían tomar por consenso en asambleas populares. Bakunin también creía en la revolución como herramienta para conseguir este cambio.

Y así es como poco a poco, por culpa de las pésimas condiciones de vida y por culpa del surgimiento de estas nuevas ideas, esta conciencia de clase fue permeando en el proletariado, que empezó a organizarse en sindicatos que utilizaban las huelgas como principal arma para conseguir derechos laborales, aumentar los salarios y mejorar sus condiciones de trabajo. Para preparar el terreno a la revolución, comunistas de varios países formaron la Primera Internacional. Por aquella época, también surgió un movimiento ludista que atentaba contra las máquinas por considerar que estas quitaban el trabajo a la clase obrera.

Y así es como, entre huelgas, intentos de revoluciones, colonialismo e incontables avances tecnológicos y científicos, llegamos a la Primera Guerra Mundial, la primera gran guerra industrial de la historia, en la que murieron millones y millones de soldados. Y sí, la Primera Guerra Mundial es vital para entender cómo se desarrolló la economía en la primera mitad del siglo XX. Pero antes de ver las consecuencias de la guerra, tenemos que ver un evento que ocurrió durante la guerra: hablamos de la Revolución Rusa.

Para contar esta historia, nos tenemos que ir a San Petersburgo, donde Lenin lideró a los bolcheviques para tomar el poder en Rusia, acabando con el Imperio Ruso zarista y ganando una guerra civil que conduciría a la fundación de la Unión Soviética. Por primera vez, la dictadura del proletariado se iba a poner en marcha. Y la verdad que al principio la cosa no fue mal. Lenin murió al poco de tomar el poder y Stalin se hizo con los mandos del país. Industrializó en tiempo récord. Con Stalin, la Unión Soviética se convirtió en la segunda potencia mundial. Eso sí, entre unas cosas y otras, millones de soviéticos murieron de hambre, especialmente en Ucrania, y muchos otros murieron en las grandes purgas de Stalin.

Y con esto llegamos al final de la tercera parte sobre esta historia de la economía mundial. Pronto vendremos con la siguiente, así que si no estás suscrito, hazlo ya para no perdértela. Por lo demás, nada, un saludo y hasta la próxima.