Transcription
[Música] Yo soy el buen pastor que da la vida por sus ovejas. [Música]
El Señor esté con vosotros. Y con tu espíritu.
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas. Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, dijo el Señor: "¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo enseguida: 'Ven y ponte a la mesa?' No dirá más bien: 'Prepárame de cenar, ciñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú. ¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado?' Lo mismo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: 'Somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que teníamos que hacer.'"
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
No es posible la santidad. No es posible la unión con Dios sino humildad. No es posible.
El demonio está siempre al acecho y cada vez que haces una obra buena, aunque sea una obra pequeña o simplemente el cumplimiento de tu deber, el demonio aprovecha para meterte su veneno y sin darte cuenta empiezas a compararte con los que no hacen esas obras buenas, con los que no cumplen sus obligaciones familiares, profesionales para con Dios y empiezas a sentirte superior. Empiezas incluso sin darte cuenta de que te estás sintiendo así, a considerarte a ti mismo bueno, excelente. Incluso puedes llegar a creer que estás haciéndole un favor a Dios y que Dios te debe mucho o al menos te debe algo.
La soberbia es muy sutil. La soberbia es como esos pájaros que se llaman en España, por lo menos el cuco, porque ponen sus huevos en los nidos de otros pájaros. Y cuando nace su cría, expulsa del nido a los otros pajaritos recién nacidos para quedarse solo y recibir todo el alimento de aquellos que no son en realidad sus padres y que sin darse cuenta están alimentando al asesino de sus pollitos, de sus hijos.
La soberbia es tan sutil que se aprovecha de nuestras buenas obras para separarnos de Dios. Y el Señor que nos ama nos enseña que cuando hacemos algo bueno, no tenemos que pensar que Dios nos debe algo. No hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación. Es lo mínimo que podríamos hacer.
El problema es que muchas veces no hacemos nada bueno o no hacemos el bien, sino que hacemos el mal. Entonces, cuando hacemos algo bueno, no tenemos que decir, aunque no lo digamos, no tenemos ni siquiera que consentir a este pensamiento de soberbia y creer que Dios nos debe algo.
Todo lo que hagamos por Dios, incluso dar la vida, incluso el martirio, si hiciera falta, incluso la persecución, incluso el deshonor, que es el peor martirio que le pueden dar a alguien. Todo lo que hacemos por Dios es poco comparado con lo que él se merece de nosotros o tenemos esta perspectiva que es la justa.
Os repito, no solamente no se puede avanzar en la santidad, sino que no se puede tener una auténtica relación con Dios. Además, eso no significa que no vaya a haber un premio, pero ese premio es gratuito. El Señor nos regala el cielo, no nos compramos el cielo con nuestras buenas obras. Con nuestras buenas obras, lo que hacemos es permitir que Dios nos regale el cielo. Es decir, con nuestras buenas obras lo que hacemos es permitir abriendo la puerta para que pueda llegar el mensajero con el regalo.
Si no tenemos esto muy claro, no entendemos lo que es la gracia de Dios y pensamos que con esas buenas obras estamos ganándonos el cielo y no le debemos nada a nadie, le debemos todo a Dios. Y por eso los santos, todos ellos, han hablado siempre de que lo que hacían era nada insignificante comparado con lo que Dios merecía que comparado incluso con lo que ellos mismos podrían haber hecho si hubieran empezado antes su camino de santidad o si hubieran sido más perseverantes y más generosos y más fieles.
Hay un himno que rezamos en el en el oficio litúrgico, los a veces está en vísperas, otras veces en laudes. empieza diciendo así, hace referencia aquella parábola en la que el Señor se pone a sí mismo como ejemplo del que contrata a distintos obreros en diferentes horarios y les paga a todos lo mismo. Y protestan los que han trabajado más.
"Hora de la tarde, fin de las labores, amo de las viñas, paga los trabajos a tus viñadores. Al romper el día nos apalabraste. Cuidamos tu viña del alba a la tarde. Ahora que nos pagas, nos lo das de balde. Que a jornal de gloria no hay trabajo grande."
Cuando el Señor por su infinita misericordia nos reciba junto a él en el cielo, será de balde. que habremos permitido, viviendo con él y por él y muriendo en gracia, darnos ese regalo, porque él no nos quiere salvar, o mejor dicho, no nos puede salvar si nosotros no queremos ser salvados, pero ese regalo será de balde.
Cuando era un adolescente, todavía un adolescente con 17 años estudiando la universidad y pensando ya que cuando cumpliera 18 me iba a ir al al seminario, como así hice. Quizá en algún momento, sin darme cuenta, desde luego, pero quizá en algún momento el demonio me atacó haciéndome creer que estupendo soy. Voy a dejar mi carrera universitaria. Me voy a enfrentar con mis padres para entrar en un seminario. 18 años. Qué estupendo soy. Era la estupidez de un adolescente. Qué afortunado soy. Qué bendecido soy.
Haber pasado mi vida junto a Dios, pecador como soy, pero haber pasado mi vida junto a Dios, no envidio a nadie. No envidio al que es el obrero de la última hora y que ha llevado una vida de pecado, de juergas, de todo tipo y que en el último instante, quizá por los rezos de su mamá, en el último instante dice a Dios: "Perdóname." Y Dios le perdona, no le envidio. No le envidio.
La bendición es estar con Dios. Y si la bendición es que estar con Dios en el cielo, estar con Dios en la tierra es ya participar del cielo. La bendición es estar con Dios. La bendición es trabajar en la viña del Señor, teniendo la certeza de que aunque diera mi cuerpo a las llamas o al fusilamiento, como les ha sucedido a tantos mártires en mi patria, aunque perdiera mi vida y mi honor por servir a Cristo, eso no es nada comparado con lo que Cristo ha hecho por mí.
¿Se puede comprar la sangre de un hombre? Pues si eso no se puede comprar, ¿cómo se va a poder comprar y pagar la sangre de un Dios hecho hombre? ¿Cómo puedo merecer la muerte de Cristo en la cruz? Insisto, aunque diera la vida no sería suficiente.
Por eso en todos nosotros tiene que haber ese sentimiento de humildad que precede al agradecimiento. Señor, yo no te merezco. He hecho esto y esto y esto que ha estado bien y que quizá otros no han hecho bien y he hecho esto y esto, otro que ha estado mal. Bueno, pero aún así, Señor, aunque hubiera hecho todo bien, yo no te merezco, Señor. No te merezco. Gracias. Gracias, Señor.
Solamente así podemos avanzar en la unión con Dios y en el camino de la santidad, haciendo de nuestra vida un acto de humildad permanente y un camino de agradecimiento.
Que así sea. [Música]